Inalcanzable

Capítulo 8

La brisa fresca de los primeros días de marzo indicaba que la tregua de las vacaciones había terminado. Las mochilas, los cuadernos a estrenar y las inscripciones a las materias marcaban el pulso de una rutina completamente nueva. Para mí, el inicio de la universidad representaba un territorio inexplorado, un lienzo en blanco en el que desesperadamente necesitaba volcar mi atención para no pensar en el vacío que habían dejado Evan y Cameron al marcharse a sus residencias.
Por eso, cuando el teléfono vibró a mitad de la tarde con una invitación de Julián para salir a tomar algo antes del comienzo formal de las clases, no dudé en aceptar.
Nos encontramos a las ocho en un bar con mesitas sobre la acera en el centro. El lugar estaba lleno de estudiantes que, al igual que nosotros, apuraban las últimas horas de libertad. Julián ya me esperaba sentado en una mesa del fondo, vistiendo una chaqueta de cuero ligera y con el cabello ligeramente desordenado hacia un lado.
En cuanto me vio acercarme, su rostro se iluminó con esa sonrisa franca y cálida que tenía la capacidad instantánea de relajarme los hombros.

-hola, ingresante

Saludó, poniéndose de pie para recibirme con un beso en la mejilla que se prolongó un segundo más de lo habitual.

-te ves muy bien
-hola, veterano

Bromeé, acomodándome en la silla de enfrente.

-espero que estés listo para darme el recorrido de supervivencia por el campus, porque estoy convencida de que me voy a perder el primer día

Julián se echó a reír, un sonido claro que contagió a la mesa de al lado, y pidió una jarra de cerveza artesanal y una porción generosa de papas con cheddar para compartir.
La conversación fluyó con una ligereza que me pareció un bálsamo. Con Julián no había fantasmas del pasado ni tensiones acumuladas, era divertido, atento y tenía una capacidad increíble para hacerme reír. Me contó los secretos mejor guardados de la facultad, desde qué profesores eran implacables en los exámenes finales hasta en qué puesto del centro de estudiantes vendían el peor café de la ciudad.

-te lo juro, si compras ese café, tu primer parcial está oficialmente condenado

Decía entre risas, inclinándose sobre la pequeña mesa de madera para enfatizar su advertencia.

-anotado

Respondí, riendo tanto que tuve que llevarme una mano al pecho.

-prometo mantenerme alejada de la cafetera de la planta baja

En medio de una de mis carcajadas, al estirar la mano para tomar una papa frita, mis dedos rozaron los suyos sobre la mesa. No fue un toque casual que se retira de inmediato, Julián mantuvo su mano allí un instante extra, rozando la yema de su pulgar contra mi muñeca en una caricia suave, pausada, que hizo que la risa se me detuviera en la garganta.
Alcé la mirada y me encontré con sus ojos fijos en los míos. Ya no había la neutralidad de la tarde en la piscina, cuando aceptó mi negativa con elegancia. Había algo más profundo, una chispa latente que desafiaba mi firme intención de mantenerme al margen.

-¿De verdad no hay ninguna posibilidad de...?

Preguntó en un susurro divertido, pero cargado de un matiz honesto, sin romper el contacto visual.
Sentí un cosquilleo inesperado en el estómago. Julián era atractivo, maduro y estaba allí, presente, dedicándome toda su atención sin rodeos ni secretos.

-dije que no estaba disponible para salir formalmente con nadie, Julián

Le recordé, intentando que la voz me sonara firme, aunque el roce de sus dedos en mi piel volviera el ambiente un poco más denso.

-lo sé

Asintió él, dedicándome una sonrisa de lado que le marcó un hoyuelo en la mejilla.

-dijiste no estar disponible para 'salir'. No dijiste nada sobre pasarla bien, ser amigos y ver qué pasa con el tiempo

El juego de palabras me sacó una media sonrisa. Julián no estaba presionando, simplemente estaba dejando una puerta entreabierta con una inteligencia sutil.

***
Decidimos caminar hacia la plaza principal cuando el bar empezó a cerrar. La noche estaba despejada y el aire nocturno nos envolvió mientras caminábamos a paso lento por la vereda. El trayecto estuvo lleno de bromas tontas y de pequeños roces "accidentales": la curva de su brazo rozando el mío al caminar juntos, su mano rodeando mi cintura unos segundos para esquivar a un grupo de gente en la esquina, y sus miradas de reojo que se quedaban fijas en mis labios cada vez que me detenía a hablar.
Eran gestos calculados pero dulces, pequeñísimos roces que desbordaban la frontera de una simple amistad de facultad.
Al llegar a la puerta de mi casa, nos detuvimos bajo la luz dorada del farol del jardín.

-gracias por la noche. Hacía mucho que no me reía tanto

Admití, mirándolo de frente mientras jugaba con las llaves entre mis dedos.
Julián dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume. Extendió la mano y acomodó un mechón de mi cabello detrás de la oreja, dejando que sus dedos rozaran la línea de mi mandíbula con una lentitud deliberada.

-fue un placer

Murmuró, inclinándose despacio.
Por un segundo pensé que me besaría, y el corazón me dio un vuelco desordenado. Sin embargo, se detuvo a un milímetro de mis labios y depositó un beso largo y cálido en mi mejilla, justo en la comisura.

-que tengas un excelente primer día mañana. Nos vemos en el campus

Susurró cerca de mi oído antes de dar media vuelta y alejarse caminando por la calle iluminada.
Me quedé en el escalón de la entrada, tocándome la mejilla donde todavía sentía el calor de su piel, con la extraña y reconfortante sensación de que, tal vez, el futuro no tenía por qué ser tan complicado.

[Narrado por Julián]
Doblé la esquina de la calle de Luna y el sonido de mis propios pasos sobre la vereda fue lo único que me acompañó durante dos cuadras. La brisa nocturna de marzo estaba empezando a refrescar, pero yo todavía sentía el calor de su piel grabado en la yema de mis dedos.
Giré la llave de mi auto, me subí al asiento del conductor y me quedé un par de minutos con las manos apoyadas en el volante, mirando hacia el parabrisas.
Tenía un sabor de boca jodidamente bueno.
Saqué el teléfono del bolsillo. Un par de mensajes de mis compañeros del equipo de básquet pidiéndome que pasara por el departamento de Nico a tomar una última cerveza antes del inicio del cuatrimestre. Puse primera y manejé las diez cuadras que me separaban del centro.
Cuando entré al departamento de Nico, el lugar era el caos habitual de un domingo por la noche previo a las clases: cajas de pizza vacías sobre la mesa ratona, la consola encendida con un partido de FIFA en pausa y un par de latas de cerveza chorreando condensación sobre la madera.




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