Inalcanzable

Capítulo 9

El primer día de clases de marzo tenía esa energía caótica y vibrante de siempre: pasillos abarrotados de ingresantes con cara de perdidos, centros de estudiantes repartiendo folletos que nadie iba a leer y grupos de amigos reencontrándose después de las vacaciones.
Para mí, en mi segundo año, el campus ya era territorio conocido. Pero hoy la rutina tenía un objetivo muy claro.
Luna tenía su primera clase teórica terminaba a las diez y media en el edificio central. Me armé con un café doble para llevar, me colgué la mochila de un solo hombro y me senté en uno de los bancos de madera a esperar.
No tardé mucho en verla aparecer. Caminaba entre la marea de gente cargando una carpeta nueva bajo el brazo y una mochila que parecía pesarle media vida. Llevaba una blusa blanca y el cabello recogido en una coleta alta que se movía al ritmo de sus pasos rápidos. Se veí un poco abrumada, mirando los números de las puertas con esa concentración seria que le ponía a todo cuando se ponía nerviosa.
Me puse de pie de un salto, me interpuso sutilmente en su camino con una sonrisa de oreja a oreja y le tendí el vaso de café.

-buenos días, ingresante. Veo que sobreviviste a la primera hora del apocalipsis académico

Le dije con tono burlón.
Luna frenó en seco, dio un pequeño salto por la sorpresa y, al reconocerme, dejó escapar un suspiro de alivio que se transformó de inmediato en una sonrisa inevitable.

-¡Julián! Me asustaste

Dijo, negando con la cabeza, aunque aceptó el vaso de café con los ojos brillando de agradecimiento.

-y no hables del apocalipsis, porque el profesor de Introducción al Derecho nos acaba de dar una lista de lectura de quinientas páginas para la semana que viene. Siento que me quieren jubilar el primer día
-tranquila, para eso estoy yo, tu guía turística oficial en este manicomio

Bromeé, caminando a su lado mientras retomábamos el paso hacia la zona de los casilleros.

-además, el secreto de sobrevivir a primer año no es leer todo, sino saber qué partes ignorar con elegancia. Eso te lo enseño en el almuerzo

Durante los siguientes minutos, me dediqué exactamente a eso: a hacerla reír. Le solté un par de imitaciones patéticas de los profesores más odiados de la facultad y le inventé teorías ridículas sobre la procedencia de las empanadas de la cantina. Ver cómo la tensión de los libros y la universidad nueva se le desvanecía del rostro para dejar paso a carcajadas limpias era una pequeña victoria personal que disfrutaba muchísimo.
El plan de acercamiento iba sobre ruedas. No había presiones, no había interrogatorios, solo dos personas pasándola bien en medio del caos estudiantil.
A eso de la una de la tarde, terminamos sentados en el césped de la colina principal, aprovechando que el sol de marzo todavía regalaba una tregua cálida. Compramos un par de sándwiches y nos acomodamos bajo la sombra de un árbol.
Luna sacó el teléfono de la cartera, abrió la aplicación de cámara y suspiró mirando la pantalla.

-bueno, tengo que cumplir con el ritual obligatorio de primer año antes de que me odien mis amigas por no subir nada

Anunció, preparándose para hacer una foto.

-sonrisa corporativa para la posteridad
-¿Una foto sola? Qué aburrido, Winster

Dije de inmediato, acercándome de golpe a su lado y rodeándole los hombros con un brazo antes de que pudiera enfocar.

-las historias de Instagram con más de quinientos likes requieren al menos un poco de carisma masculino en el plano

Luna soltó una carcajada espontánea por la sorpresa, inclinando la cabeza hacia mi hombro.

-eres un egocéntrico insoportable, Julián

Se burló, pero en lugar de correrse o apartarme, ajustó el ángulo del teléfono y estiró el brazo.

-a ver, pon cara de que sobreviviste al primer día

Le reté.
En lugar de posar serios, nos contagiamos la risa en plena toma. En la pantalla del teléfono salimos los dos con una naturalidad brutal: yo apretándola un poco más contra mí con una sonrisa de triunfo, y ella con los ojos medio cerrados de la risa, el cabello al viento y el vaso de café medio vacío sobre el pasto.
Luna revisó la vista previa de la historia con una media sonrisa divertida, escribió un texto rápido de "Sobreviviendo al día 1 con el guía oficial" y le dio a publicar.
Me quedé mirándola un segundo más de la cuenta mientras el teléfono volvía a caer sobre el césped. El sol le iluminaba las pestañas y tenía esa chispa de tranquilidad en los ojos que tanto me gustaba ver.
El tipo de la parrilla podía estar a cientos de kilómetros intentando calcular su vida perfecta en otra ciudad. Pero en ese instante, bajo el cielo de la facultad, la historia que se estaba escribiendo en las redes y en la vida real, la compartía conmigo. Y yo no pensaba moverme ni un solo casillero.

***

El ritmo del último año de la carrera era una máquina de picar carne comparado con el arrastre lento de los primeros días, pero la verdad es que esa semana me importaba más bien poco lo que el profesor de Derecho Civil estuviera explicando sobre contratos atípicos. Mi mente estaba en otro lado. O, mejor dicho, en las coordenadas exactas de los edificios donde Luna cursaba su primer año.
Teníamos horarios completamente distintos, y las facultades estaban separadas por un par de cuadras de distancia, pero el campus tenía algo de laberinto estudiantil que facilitaba las emboscadas tácticas.
A eso de las once de la mañana, mientras el profesor de Civil I dictaba un fallo histórico del año noventa, yo ya tenía planeada mi propia jurisprudencia para el receso. Me escabullí del aula antes de que terminara la clase, aprovechando el bulto de la gente que salía a estirar las piernas, y caminé a paso firme hacia el pabellón de Humanidades.
Sabía que el aula 204 solía vaciarse a las once y cuarto. Me aposté contra la columna de mampostería del pasillo central, con las manos en los bolsillos de la campera, esperando el inconfundible murmullo de la marea de ingresantes saliendo al trote.
No tardé en verla. Luna venía cargando una pila de fotocopias que amenazaba con desmoronarse en cualquier segundo, discutiendo algo con una compañera de cursada sobre un autor que parecía odiar tanto como yo la materia de historia constitucional.
En cuanto pasó por al lado de la columna, saqué una pequeña margarita silvestre que había arrancado de los canteros del jardín central y se la deslicé con delicadeza entre las páginas de su carpeta abierta.
Luna frenó en seco, casi chocando contra la chica de al lado. Bajó la vista, vio la flor blanca asomándose entre los apuntes de sociología, y luego levantó la mirada buscando al culpable.
Me encontró recostado contra la pared, con una sonrisa de suficiencia que no me molesté en disimular.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.