[Narrado por Cameron]
El sonido de la pelota rebotando contra el piso de madera pulida del gimnasio solía ser mi mejor anestesia.
Doble turno de entrenamiento, tres horas de gimnasio de pesas y una pila de libros de finanzas esperándome en el escritorio del departamento que compartía con Evan. Esa era mi rutina perfecta, el esquema rígido que me había impuesto para no dejar un solo grieta por donde se pudiera filtrar la voz de Luna, el olor a su perfume de vainilla o el recuerdo amargo de esa última noche en el porche.
Ella había querido distancia. Había elegido la seguridad, la paz de su familia y los años de amistad sobre lo que sentíamos. Y yo, tragándome el orgullo y el deseo, le había entregado exactamente eso. O al menos eso intentaba convencerme a mí mismo cada vez que apretaba los dientes durante una serie pesada de sentadillas.
-¡Buena jugada, Cam!
Gritó Mateo, el base del equipo, tirándome una toalla al rostro mientras caminábamos hacia la zona de vestuarios.
-estuviste implacable en el uno contra uno hoy, hermano
Añadió Tomás, empujándome el hombro entre risas.
-se nota que las vacaciones te sentaron bien
-solo necesitaba sacar un poco de tensión acumulada
Respondí con una media sonrisa seca, pasándome la toalla por la nuca empapada de sudor.
Nos metimos al vestuario entre bromas ruidosas, el eco de los calzados contra el cerámico húmedo y el vapor de las duchas funcionando a toda potencia. Me desaté los cordones de las zapatillas deportivas, me quité la camiseta pegada al cuerpo y solté una carcajada corta ante un comentario absurdo de Tomás sobre el entrenador. Por un par de minutos, la anestesia del esfuerzo físico funcionó. Me sentía cansado, limpio de pensamientos y con el control de mi vida de vuelta en las manos.
Me acerqué a mi casillero, agarré la botella de agua y saqué el teléfono del bolsillo interior de la mochila para revisar la hora antes de entrar a la ducha.
La pantalla se iluminó de golpe.
Una notificación de Instagram brilló en el centro de la pantalla. Un simple ícono que indicaba que la cuenta de Luna había publicado contenido nuevo en sus historias.
Me congelé en el lugar. El bullicio del vestuario, los chistes de mis compañeros y el sonido del agua cayendo a unos metros parecieron alejarse a una distancia infinita. Sostuve el teléfono con la mano firme, sintiendo un impulso contradictorio en el pecho: la parte racional de mi cabeza me gritaba que bloqueara la pantalla y me metiera a la ducha, la otra parte, la impulsiva y obsesiva que nunca había logrado apagar del todo, me obligó a deslizar el dedo.
Toqué el círculo de su foto de perfil.
La primera historia era una imagen tranquila del patio central de su facultad, con el sol de marzo filtrándose entre las copas de los árboles y los textos de las materias sobre una mesa de madera. "Día 1. Deséenme suerte", decía el texto escrito en la esquina. Sonreí de forma automática, sintiendo un leve orgullo apretándome el pecho. Se veía tranquila, madura, empezando esa etapa que tanto había planeado.
Pasé a la siguiente historia. Era una foto de su escritorio, con un par de resaltadores y una taza de café humeante.
Y entonces toqué la pantalla una vez más.
La risa que todavía flotaba en mi garganta se extinguió de golpe, congelándose en un aire helado que me vació los pulmones.
En la pantalla iluminada, la imagen ocupaba todo el encuadre. Era una foto tomada en el césped del campus, bajo el sol brillante de la tarde. Luna estaba riéndose a carcajadas, con el cabello medio despeinado y los ojos achinados por la diversión.
Pero no estaba sola.
A su lado, rodeándole los hombros con un brazo con una confianza exasperante, estaba el tipo de la piscina. Julián. Tenía la cara pegada a la de ella, sonriendo con esa estúpida suficiencia de quien se cree el dueño de la escena. Y sobre la imagen, escritas con la tipografía despreocupada de la aplicación, destacaban las palabras: "Sobreviviendo al día 1 con el guía oficial".
La mandíbula se me apretó con tanta fuerza que escuché un chasquido sordo en los oídos.
Los músculos de mi brazo se tensaron hasta que los nudillos me quedaron completamente blancos alrededor del teléfono. La anestesia del entrenamiento se desintegró en un segundo, reemplazada por una ola de calor violenta, amarga y destructiva que me subió desde el estómago directamente a la garganta.
"Prefiero conservar nuestra historia y la paz de mi familia antes que arriesgarlo todo..."
Las palabras de Luna en el porche rebotaron en mi cabeza como una burla cruel. Me había pedido distancia a mí por miedo, me había exigido madurez para no poner a su hermano en el medio, y ahí estaba, menos de dos semanas después, sonriéndole al mismo idiota en el césped de la universidad, mostrándoselo al mundo entero sin un solo rastro del miedo que decía tener.
-¿Cam? ¿Todo bien, hermano? Te quedaste petrificado
Preguntó Tomás desde la puerta de la ducha, notando mi silencio repentino.
No respondí. Apagué la pantalla de un golpe seco, dejando el vestuario sumido en un tono negro. Guardé el teléfono en la mochila con una lentitud peligrosa, sintiendo cómo la rabia contenida me quemaba el pecho por dentro.
Giré la llave de la ducha y me metí bajo el chorro de agua congelada sin quitarme el pantalón corto de entrenamiento, dejando que el agua me empapara la cara mientras apretaba los puños contra los azulejos fríos de la pared.
El verano había terminado, pero la guerra dentro de mi cabeza acababa de empezar. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas exactas intentando convencerme de que la disciplina le ganaba al impulso.
Seguí la rutina al pie de la letra: gimnasio a las seis de la mañana, clases de finanzas hasta el mediodía, biblioteca por la tarde y entrenamientos de básquet nocturnos hasta que las piernas me temblaban de agotamiento. Evan y yo habíamos establecido una dinámica funcional en el departamento del campus, él concentrado en sus materias de ingeniería y yo en mi propio infierno personal.
Pero la disciplina se desmoronaba cada vez que cometía el error de desbloquear el teléfono antes de dormir.
Había intentado no mirar, de verdad que sí. Pero el algoritmo de las redes sociales es una trampa mortal cuando quieres desintoxicarte de alguien. Varias veces al día, la foto de perfil de Luna aparecía en la parte superior de la pantalla con el círculo rosado encendido. Historias de ella en la biblioteca, tazas de café sobre apuntes subrayados... y, como un reloj suizo, Julián.
Una tarde era un video corto de ella riéndose mientras él le robaba una papa frita en la cantina, otra, una foto de una flor de mierda sobre su cuaderno de sociología con una etiqueta diminuta a su cuenta. Luna lo mencionaba abiertamente, sin rodeos, con una soltura que me quemaba las entrañas.
Anoche, acostado en mi cama con la luz de la habitación apagada, el impulso volvió a ganarle a la razón.
Toqué la etiqueta con su nombre de usuario en la última historia de Luna. El perfil de Julián era público. Entré.
Lo que vi terminó de pulverizar los pocos restos de autocontrol que me quedaban.
Su perfil no era solo el de un compañero de facultad simpático, era un catálogo abierto de su intento descarado por meterse en la vida de Luna. Historias destacadas tituladas "Campus", repletas de fotos de los dos caminando por los pasillos, videos de ella desprevenida y selfies en la colina de césped. Pero lo que disparó mi furia hasta un nivel destructivo no fueron las fotos, sino los comentarios en las publicaciones de él.
Allí estaba Luna, comentándole frases irónicas, chistes internos sobre café feo y profesores infumables, acompañados de emojis que jamás me imaginé que volvería a ver dedicados a alguien más.
"Se supone que eres mi guía, no un distractor profesional", le había escrito ella en una foto donde Julián posaba frente al edificio central.
"Si me salvas de la comida de la cantina una vez más, te gano un alfajor", decía otro comentario de hacía dos días.
Eran las mismas bromas ligeras, la misma complicidad sin peso que ella solía usar conmigo cuando éramos adolescentes, antes de que todo se volviera denso, prohibido y sofocante. Ver a ese imbécil disfrutando de la versión de Luna que a mí me estaba vedada por "respeto a la familia" me convirtió la sangre en veneno puro.
Un calor violento me nubló la vista. La impotencia, los celos y la rabia acumulada durante semanas se concentraron en un solo punto detrás de mis ojos.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que crujió el protector de pantalla. Con la mano libre, impulsado por una reacción física incontrolable, le di un golpe seco y agresivo a la lámpara de noche que estaba sobre la mesa de luz. La estructura de metal voló contra la pared con un estruendo metálico antes de chocar contra el piso, haciendo saltar la bombilla en pedazos.
La luz del pasillo se encendió al instante.