Inalcanzable

Capítulo 15

[Narrado por Julián]
Vi a Luna cruzar la puerta vidriada hacia el calor del salón. Estaba temblando, y no era solo por el frío de la noche. Tenía la espalda rígida, los hombros hundidos y se limpiaba las lágrimas con un movimiento rápido y furioso antes de que sus padres la vieran. Verla así me revolvió las entrañas. Ella no se merecía esto. No en su cumpleaños, no después de todo lo que había luchado por estar tranquila.
Me quedé solo en la terraza con Cameron.
La atmósfera era tan densa que el aire costaba respirar. Cameron soltó un bufido despectivo, clavándome una mirada que pretendía ser intimidante. Era el tipo de mirada que solía paralizar a los rivales en la cancha, una mezcla de rabia contenida y arrogancia. Se acomodó la camisa oscura con un gesto brusco y dio un paso para pasar por mi lado, directo hacia la salida, como si yo fuera transparente.
No lo dejé pasar.
Me planté frente a él y estiré el brazo, frenándolo con la mano abierta firme sobre su pecho. El impacto fue seco, brusco, deteniéndolo en seco. Sentí la tensión de sus músculos bajo la tela de la camisa; estaba como una cuerda de violín a punto de cortarse.
Cameron clavó sus ojos en los míos, oscuros y peligrosos. Se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo mi espacio personal, con la mandíbula tan apretada que temí que se le rompiera un diente. Me sacaba media cabeza de altura y unos cuantos kilos de músculo, pero en ese momento, me importaba un carajo.

-sácame la mano de encima

Siseó, con una voz que era puro veneno.

-si no quieres que la fiesta de tu noviecita termine antes de tiempo

Le sostuve la mirada. No parpadeé. No retrocedí. Sentía la adrenalina corriéndome por las venas, pero mantuve la voz calmada, fría y profunda.

-no me asustas, Louis

Le dije, usando su apellido con deliberada frialdad.

-tu numerito de matón de barrio no funciona conmigo. Ya lo vi en la lluvia, y lo vi allí adentro. Me tienes cansado. Y ahora me vas a escuchar

Él soltó una risa seca, incrédula. Se quedó quieto, aceptando el desafío, pero manteniendo esa postura de depredador a punto de saltar.

-¿Ah, sí? ¿Y qué tienes para decirme tú?

Se burló.

-¿Me vas a dar consejos de cómo ser un buen amigo de la familia?
-sé todo, Cameron

Solté, sin rodeos.

-lo que pasó entre ustedes el verano pasado. Luna me lo ha contado. No todo, porque ella es demasiado leal para exponerte, pero lo suficiente. No creas que tienes un secreto que te hace especial

El sarcasmo se le borró de la cara al instante. La sorpresa y una grieta de vulnerabilidad aparecieron en sus ojos por un microsegundo, antes de que la rabia volviera a cubrirlo todo.

-¿Y qué?

Rugió, dando un paso más hacia mí, obligándome a sostener el brazo firme para mantener la distancia.

-¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Le vas a contar a Evan para que nos odie a los dos?
-no soy como tú

Respondí, clavando cada palabra.

-yo no uso la culpa ni el drama para manipular a la gente. A Luna la quiero de verdad. Me gusta quién es ella ahora, su risa, su inteligencia... la paz que me da y la que yo le puedo dar a ella

Le confesé la verdad a la cara, sin anestesia. Sentí cómo su pecho subía y bajaba más rápido bajo mi mano. Mis palabras le dolían más que el puñetazo que me había dado en la facultad.

-pero miranos...

Continué, bajando la voz hasta un susurro cargado de verdad.

-mírate a ti, y mírame a mí. Los dos estamos parados en la misma terraza, en el cumpleaños de la misma mujer. Tenemos el mismo amor por ella, Cameron. Los dos. Ella es el centro de nuestro mundo

Hice una pausa dramática, asegurándome de que cada una de mis palabras calara hondo en su orgullo herido. Él me miraba, respirando con dificultad, escuchando.

-pero hay una sola diferencia entre tú y yo

Sentencié.

-una sola. Y es la más importante de todas. Yo, al menos, sé aceptar cuando me dicen que no

Sentí que se paralizaba bajo mi mano.

-Luna te pidió distancia

Continué, sin piedad.

-te pidió madurez. Te pidió paz, ¿Y que haces tú en lugar de respetarla? Viniste a quinientos kilómetros para armar un escándalo en la puerta de su facultad, a pegarme a mí, y a zamarrearla a ella bajo la lluvia. Y ahora vienes aquí, a su propia fiesta de cumpleaños, a llenarla de culpa y a hacerla llorar en la terraza. Eso no es amor, Cameron. Eso es egoísmo puro. Es obsesión. Si tanto dices que la amas, deberías de aprender a respetar su decisión, aunque te parta el alma. Deberías aprender a dejarla ir

Me quedé mirándolo a los ojos unos segundos más. Había logrado clavarle la daga de la verdad donde más le dolía. Ya no era el matón intimidante, era solo un tipo destrozado, enfrentado a su propio reflejo roto.
Bajé la mano de su pecho, dándole un último empujón leve.

-tu familia te espera adentro

Caminé hacia la puerta vidriada, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. No me giré. Sabía que se había quedado ahí parado, solo en la oscuridad de la terraza, bajo el cielo frío de la noche, con mis palabras retumbando en su cabeza.

***

Las despedidas al final de la noche siempre tienen ese aire a cansancio satisfecho.
Terminamos de juntar los últimos regalos de Luna, mi auto quedó cargado con bolsas y cajas, y nos despedimos de sus padres y de Evan con abrazos apretados. Cameron ya se había ido hacía un par de horas, esfumándose en la penumbra de la noche sin llamar la atención de nadie.
La idea original era llevar a Luna de regreso a su departamento cerca del campus, pero a pedido expreso de ella, sumamos a Valentina y Sofía al trayecto. El camino de vuelta a la ciudad universitaria iba a ser largo, y la presencia de sus mejores amigas era la excusa perfecta para diluir la densidad que aún flotaba en el aire tras la fiesta.
Fue un viaje genial.
Durante los primeros cuarenta minutos, el auto fue un caos de música fuerte, risas contagiosas y comentarios sobre los momentos más absurdos de la noche. Sofía imitaba las caras de los tíos de Luna bailando, mientras Valentina buscaba en su teléfono las fotos donde salían con los ojos medio cerrados. Me la pasé interviniendo con bromas por el espejo retrovisor, disfrutando de ver a Luna en el asiento del acompañante, con el cuerpo relajado y la cabeza apoyada en el respaldo, dejándose llevar por la corriente de afecto de sus amigas.
Dejamos a Sofía primero y, diez minutos después, a Valentina. Los abrazos de despedida fueron largos y llenos de ese cariño protector que solo las verdaderas amigas saben dar.
Cuando la puerta del auto se cerró tras la partida de Valen y me incorporé nuevamente al tráfico de la avenida, el bullicio que había llenado el habitáculo se evaporó de golpe.
Se hizo un silencio ligero pero profundo.
Las luces amarillentas de los faroles pasaban a un ritmo constante sobre el parabrisas, iluminando intermitentemente el perfil de Luna. Ella miraba hacia afuera, con las manos juntas sobre el regazo y el pañuelo de la fiesta doblado entre sus dedos.




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