Inalcanzable

Capítulo 18

[Narrado por Julián]
El eco del beso aún flotaba en el aire de mi departamento. Tener a Luna acurrucada a mi lado en el sillón, con una taza de té entre las manos y la cabeza apoyada en mi hombro, parecía casi un milagro. Su respiración tranquila, rítmica, me daba una paz que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Después de la vorágine de la fiesta, los gritos de la lluvia y los fantasmas que la perseguían, esa tarde se convirtió en nuestra primera cita oficial. Sin disfraces, sin excusas de grupos de estudio, sin miradas sobre el hombro para ver si alguien nos juzgaba.
Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja con suma delicadeza, sintiendo cómo se acurrucaba un poco más contra mi pecho.

-aún no puedo creer que hayas corrido tres cuadras solo para darme ese beso

Murmuré, soltando una risita baja que le hizo vibrar el hombro.
Luna se erguí ligeramente, mirándome de reojo con un rubor dulce pintándole las mejillas. Tenía los ojos brillantes, claros, despojados por primera vez de la angustia que solía cargarlos.

-no te burles

Protestó, aunque una sonrisa genuina le curvaba los labios.

-dejé de pensar por un segundo y me dejé llevar. Tenías razón en todo lo que dijiste en el auto, Julián. Me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo huyendo de lo que de verdad quiero
-¿Y qué es lo que de verdad querés, Winster?

Pregunté, buscándole la mirada.
Luna dejó la taza sobre la mesa ratona y se giró para quedar de frente a mí. Me tomó la cara con ambas manos, repitiendo el gesto que había desencadenado todo un par de horas atrás, pero esta vez con una pausa pausada, madura y hermosa.

-a ti

Respondió sin dudar, con una firmeza que me aceleró el corazón.
Nos quedamos así durante un largo rato, hablando de tonterías, compartiendo un sándwich a medias y riéndonos de cosas ridículas mientras el sol de la tarde se filtraba suavemente por el ventanal del balcón. Era una burbuja perfecta, un refugio de cristal donde solo existíamos los dos.
Sin embargo, la realidad siempre encuentra la forma de colarse por las grietas.
A eso de las siete de la tarde, el teléfono de Luna vibró sobre la mesa. Un mensaje de su grupo de la facultad. Al ver la pantalla, la sonrisa de Luna se atenuó ligeramente y soltó un pequeño suspiro.

-Economía Política... los parciales finales son en dos semanas

Comentó, pasándose la mano por la nuca con cierto cansancio.

-si no apruebo este turno, se me atrasa toda la cursada del año que viene
-bienvenida al mundo universitario real

Bromeé con suavidad, aunque no pude evitar notar cómo la leve tensión regresaba a sus hombros.

-yo también estoy hasta el cuello con Derecho Financiero. Se vienen semanas difíciles de encierro y café feo
-sí... semanas difíciles

Repitió ella en un susurro, mirando la pantalla del teléfono.
Sé que no solo pensaba en los exámenes. Había algo más pesado flotando en el ambiente. La sombra del pasado no se evaporaba solo porque nosotros nos hubiéramos dado una oportunidad. Los finales de año implicaban el regreso inevitable a casa para las fiestas, los almuerzos familiares, el cruce con Evan... y, por supuesto, la presencia ineludible de Cameron en el mismo círculo.
A pesar de la paz que nos rodeaba en esa habitación, sabía que el mundo exterior nos esperaba con sus propias garras.

-hey

Le dije, tomando su mano y entrelazando mis dedos con los suyos.

-una cosa a la vez, ¿Sí? Mañana nos sentamos en la biblioteca, te armo un resumen de Economía que te va a salvar la vida y nos preocupamos por los finales. Lo demás... lo resolvemos juntos cuando llegue el momento

Luna me miró, y la duda en sus ojos se disipó al instante, reemplazada por una gratitud profunda.

-gracias

Murmuró, apoyando la frente contra mi cuello.

-de verdad, gracias por hacer que todo sea tan simple
-no es simple

Corregí con tono sincero, besándole la sien.

-pero vale la pena

Nos quedamos abrazados en la penumbra del departamento mientras la noche terminaba de caer sobre la ciudad. Sabía que se avecinaban días intensos, cargados de estudio, distancia y conversaciones pendientes que tarde o temprano tendríamos que abordar. Pero al sentir el calor de su mano apretando la mía, me di cuenta de que no me importaba lo que viniera después; mientras tuviéramos esta certeza, estábamos listos para enfrentar cualquier tormenta.

[Narrado por Cameron]
El sonido de la puerta principal al cerrarse a mis espaldas resonó en el pasillo como el disparo de un arma.
Me quedé parado en medio del departamento a oscuras, sosteniendo la mochila deportiva en la mano derecha y un bolso de viaje raído en la izquierda. El silencio era absoluto, espeso y sofocante. No estaba el murmullo de Evan estudiando en la mesa del comedor, ni el aroma al café que solía preparar por las mañanas, ni las risas lejanas que alguna vez llenaron estas paredes cuando la vida era más sencilla.
Había perdido.
Había perdido a Luna. Había perdido a Evan. Y, en el camino, me había convertido en un desconocido violento al que ni yo mismo podía tolerar frente al espejo.
Caminé despacio hacia la ventana del balcón. La ciudad se extendía abajo en una marea de luces amarillentas y tráfico distante. Apoyé la frente contra el cristal frío, sintiendo el cansancio acumulado de meses aplastándome los hombros.
Las palabras de Evan todavía me quemaban por dentro, calando más profundo que cualquier herida física: "Te desconozco, hermano." Pero las que de verdad me estaban destruyendo la cabeza eran las de Julián en la terraza, retumbando como un eco implacable: "Eso no es amor... Eso es egoísmo puro. Deberías aprender a dejarla ir."
Apreté los dientes hasta que me dolieron los músculos de la cara. Una parte de mí quería rebelarse. Quería gritar que nadie conocía a Luna como yo, que nuestro vínculo estaba grabado a fuego desde que éramos niños, que el amor que sentía por ella no era una simple etapa que se borraba con un par de meses de distancia. Los sentimientos por Luna no se habían ido. No se iban a ir jamás. Ella seguía siendo el centro de mi universo, el motivo de cada uno de mis impulsos, la única mujer que lograbas desarmarme con una sola mirada.
Pero la realidad, cruda y helada, me dio una bofetada final.
El problema nunca había sido la intensidad de lo que sentía. El problema era en lo que me había transformado para intentar retenerla. La había asustado. Había usado la culpa como un arma. Había lastimado a las personas que ella quería y había destruido la paz que tanto le había costado construir. Eso no era cuidar a alguien, era arrastrarla a mi propio infierno.
Me alejé del ventanal y dejé caer los bolsos al suelo. Pasé por el vestidor, junté lo último que me quedaba y dejé el juego de llaves del departamento sobre la barra de la cocina, junto a una nota breve para Evan en la que solo escribí dos palabras: Perdón, hermano.




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