[Narrado por Cameron]
El sonido de la puerta principal al cerrarse a mis espaldas resonó en el pasillo como el disparo de un arma.
Me quedé parado en medio del departamento a oscuras, sosteniendo la mochila deportiva en la mano derecha y un bolso de viaje raído en la izquierda. El silencio era absoluto, espeso y sofocante. No estaba el murmullo de Evan estudiando en la mesa del comedor, ni el aroma al café que solía preparar por las mañanas, ni las risas lejanas que alguna vez llenaron estas paredes cuando la vida era más sencilla.
Había perdido.
Había perdido a Luna. Había perdido a Evan. Y, en el camino, me había convertido en un desconocido violento al que ni yo mismo podía tolerar frente al espejo.
Caminé despacio hacia la ventana del balcón. La ciudad se extendía abajo en una marea de luces amarillentas y tráfico distante. Apoyé la frente contra el cristal frío, sintiendo el cansancio acumulado de meses aplastándome los hombros.
Las palabras de Evan todavía me quemaban por dentro, calando más profundo que cualquier herida física: "Te desconozco, hermano." Pero las que de verdad me estaban destruyendo la cabeza eran las de Julián en la terraza, retumbando como un eco implacable: "Eso no es amor... Eso es egoísmo puro. Deberías aprender a dejarla ir."
Apreté los dientes hasta que me dolieron los músculos de la cara. Una parte de mí quería rebelarse. Quería gritar que nadie conocía a Luna como yo, que nuestro vínculo estaba grabado a fuego desde que éramos niños, que el amor que sentía por ella no era una simple etapa que se borraba con un par de meses de distancia. Los sentimientos por Luna no se habían ido. No se iban a ir jamás. Ella seguía siendo el centro de mi universo, el motivo de cada uno de mis impulsos, la única mujer que lograbas desarmarme con una sola mirada.
Pero la realidad, cruda y helada, me dio una bofetada final.
El problema nunca había sido la intensidad de lo que sentía. El problema era en lo que me había transformado para intentar retenerla. La había asustado. Había usado la culpa como un arma. Había lastimado a las personas que ella quería y había destruido la paz que tanto le había costado construir. Eso no era cuidar a alguien, era arrastrarla a mi propio infierno.
Me alejé del ventanal y dejé caer los bolsos al suelo. Pasé por el vestidor, junté lo último que me quedaba y dejé el juego de llaves del departamento sobre la barra de la cocina, junto a una nota breve para Evan en la que solo escribí dos palabras: Perdón, hermano.
***
A las ocho de la mañana del día siguiente, caminé con paso firme hacia la oficina del entrenador de en el polideportivo de la universidad.
El entrenador Martinez estaba sentado detrás de su escritorio, revisando planillas de jugadas con una taza de café en la mano. Levantó la vista al verme entrar y frunció el ceño al notar las ojeras oscuras y la palidez de mi rostro.
-Louis
Dijo, dejando la taza a un lado.
-¿Qué pasa? El entrenamiento empieza en media hora
-no voy a entrenar hoy, entrenador
Respondí. Mi voz sonó rasgada, baja, pero extrañamente serena. Era la primera vez en semanas que no sentía la necesidad de gritar.
-necesito ausentarme del equipo por lo que queda del cuatrimestre
El entrenador se reclinó en su sillón, mirándome con una mezcla de sorpresa y severidad.
-Cameron, eres el escolta titular. Estamos a tres semanas de los playoffs universitarios. No puedes bajarte del barco ahora, ¿Qué carajo te está pasando?
-no estoy bien
Admití. Decir esas tres palabras en voz alta me costó un esfuerzo sobrehumano, pero sentí cómo un pequeño peso se desprendía de mi pecho.
-mi cabeza no está en la cancha. Si me quedo, le voy a hacer más daño al equipo que si me voy. Necesito arreglar mis cosas
Martinez me sostuvo la mirada durante varios segundos. Evaluó mi postura, la firmeza amarga de mi decisión, y finalmente soltó un largo suspiro, asintiendo lentamente con la cabeza.
-tomate el tiempo que necesites, Louis. Pero si no vuelves con la cabeza limpia, no busques tu camiseta de nuevo
-entendido. Gracias, entrenador
Salí del gimnasio sin mirar atrás.
Una hora después, estaba en la terminal de ómnibus de la ciudad. Compré un pasaje de ida hacia un pequeño pueblo costero a pocas horas de allí, un lugar donde no conocía a nadie y donde nadie sabía mi nombre. No era una huida cobarde, era un retiro necesario. Necesitaba tocar fondo a solas, aprender a respirar sin el fantasma de Luna persiguiéndome en cada esquina y entender quién era yo cuando no estaba luchando contra el mundo.
Me subí al micro y me senté junto a la ventanilla. Mientras el vehículo ponía en marcha el motor y se alejaba lentamente de la plataforma, saqué el teléfono de mi bolsillo. Miré la pantalla durante un largo momento. Entré al chat de Luna, vi su foto de perfil una última vez y, con los dedos temblando ligeramente, bloqueé su número y borré el historial. No porque dejara de amarla. Sino porque, por primera vez en mi vida, entendí que amarla de verdad significaba darle la oportunidad de ser feliz, incluso si esa felicidad no me incluía a mí.
Apoyé la cabeza contra el vidrio, cerré los ojos y dejé que el camino me llevara lejos.
[Narrado por Luna]
El olor a café recién pasado y el murmullo de los ventiladores de techo se habían convertido en la banda sonora de nuestras últimas semanas. Diciembre nos había caído encima con una ola de calor sofocante y una montaña de libros de Derecho que amenazaba con aplastarnos.
Estaba sentada en la mesa del comedor de mi departamento, rodeada de resúmenes marcados con resaltador amarillo y fichas de jurisprudencia. Frente a mí, Julián leía concentrado un manual de Derecho Financiero, con los anteojos negros calados en el puente de la nariz y la remera gris sin mangas pegada al torso por la humedad del ambiente.
Se detuvo un segundo, levantó la vista y me pilló mirándolo.