Inalcanzable

Capítulo 21

Caminar de regreso con briznas de pasto todavía enganchadas de manera imperceptible en la ropa fue como cruzar un portal. Pasamos del refugio de madera y la risa limpia en el césped a la luz cegadora de las guirnaldas y al ambiente tenso que habíamos dejado en la mesa.
Julián se puso de pie en cuanto nos vio aparecer. Tenía la mirada cargada de una ansiedad evidente, el rostro rígido y la boca entreabierta, listo para dar la explicación que la irrupción de mi salida le había cortado.

-Luna... por favor, ¿Podemos hablar un segundo a solas?

Pidió en voz baja, dando dos pasos hacia mí apenas me acerqué a mi silla.
Le dediqué una mirada tranquila, pero firme. La tormenta que llevaba dentro hacía cinco minutos se había transformado en una claridad fría.

-ahora no, Julián

Respondí con tono suave, sin agresividad pero con una determinación que no le dejó margen para insistir.

-estamos en familia. Luego hablamos

Julián apretó los labios, claramente incómodo, pero terminó asintiendo y volviendo a su lugar. Cameron, haciendo gala de la madurez que le había prometido a mi hermano, no dijo una sola palabra. Se deslizó con elegancia hacia su silla al lado de Evan, sirviéndose un poco de vino como si no hubiera pasado nada.
Decidimos, por el bien de la noche y del esfuerzo de mis padres, aplicar la técnica milenaria de fingir demencia.
Mi madre, detectando el cambio de aire y la disposición de todos por mantener la fiesta en paz, aprovechó la oportunidad para tomar el control de la conversación. Levantó su copa y comenzó a rememorar los viejos tiempos, cuando las dos familias pasábamos los veranos enteros encerrados en esta misma casa.

-¿Se acuerdan de la Navidad en la que estos tres se creyeron que Santa Claus les había dejado las bicicletas en el techo?

Se rió mi madre, mirando a mi padre.

-Evan y Cameron tenían ocho años, Luna seis. Tuvimos que sostener la escalera entre los dos porque Evan quería subirse en pijama a buscarlas a medianoche

La mesa entera soltó una carcajada.

-¡Cameron me juraba que había escuchado los renos arriba de la chapa!

Exclamó Evan, dándole un codazo a su amigo.

-me insistió tanto que casi me caigo de la ventana por hacerle caso
-yo no juré nada, Winster, tú tenías ganas de estrenar la bici y me usaste de escudo

Se defendió Cameron con una sonrisa de lado, levantando las manos.
Nuestras miradas se cruzaron sobre el centro de la mesa. Fue una chispa rápida, un destello de complicidad que me encendió el pecho. Cameron me sostuvo la mirada durante dos segundos eternos, y una sonrisa diminuta, casi imperceptible para los demás, se le dibujó en la comisura de los labios. Recordaba, exactamente igual que yo, que en realidad habíamos sido él y yo los que planeamos la incursión al techo mientras Evan dormía la siesta esa tarde.
Mi padre se sumó a las historias, recordando el año en que intentamos hacer una casa de madera en el peral y cómo terminó con los tres llenos de pintura verde hasta en las orejas.
A medida que las anécdotas fluían, la atmósfera se volvió sorprendentemente cálida. Mis padres se reían a carcajadas, recordando los líos en los que los metíamos de pequeños. Evan intervenía con sus comentarios sarcásticos de siempre, y la dinámica de la mesa recuperó esa magia familiar que parecía perdida para siempre.
Entre historia e historia, el triángulo cómplice se mantenía activo. Evan me guiñaba un ojo desde el otro lado cuando mi padre exageraba algún detalle, y yo le devolvía una mueca divertida. Pero las miradas más intensas, las que de verdad me hacían perder el hilo de lo que estaba escuchando, eran las que intercambiaba con Cameron.
Cada vez que mis padres nombraban alguna travesura que solo él y yo sabíamos cómo había terminado realmente, Cameron me miraba de reojo. No había tensión destructiva ni reclamos silenciosos, era la conexión pura de dos personas que se conocían desde antes de tener memoria. Una mirada suya bastaba para traducir lo que estaba pensando, y ver su rostro relajado, libre por un momento de la rabia que lo había consumido los últimos meses, me devolvía una paz que no sabía cuánto extrañaba.
Julián, a mi lado, intentaba sumarse a la conversación a veces, riéndose de las historias y acotando comentarios educados. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero era evidente que se sentía un espectador en una obra de teatro cuya primera parte no había visto. Su mano buscó la mía por debajo de la mesa un par de veces. Se la sostuve con afecto, pero la calidez de mi agarre ya no era la misma.
A las doce en punto, las copas se alzaron en el centro de la terraza.

-¡Salud! ¡Feliz Navidad!

Exclamaron mis padres.
Los abrazos se sucedieron en una ronda caótica. Abracé a mis padres y a Evan con fuerza. Cuando llegó el turno de Julián, nos dimos un abrazo apretado y un beso en los labios, pero sus ojos me buscaron con la pregunta tácita flotando en el aire.
Finalmente, quedé frente a Cameron. El murmullo de los festejos a nuestro alrededor pareció atenuarse. Éramos él y yo, bajo las luces doradas del jardín.
Cameron dio un paso al frente y me envolvió en un abrazo sobrio, respetuoso frente a la mirada de todos, pero el calor de sus brazos me atravesó la ropa.

-feliz navidad, artista

Dijo cerca de mi oído, con una voz profunda que me erizó la piel.

-feliz navidad, deportista

Respondí, separándome despacio y sosteniéndole la mirada una última vez antes de que la noche continuara.
La cena terminó en paz, pero la tregua tenía fecha de expiración. La conversación con Julián seguía pendiente, y la verdad que llevaba guardada en el corazón ya no podía esperar mucho más.

[Narrado por Julián]
El olor a café recién pasado era el único rastro de vida en la casa a las ocho de la mañana.
Los demás aún dormían, agotados por los brindis y la trasnochada de Nochebuena. La luz del sol matutino entraba de lleno por el ventanal de la cocina, iluminando las briznas de polvo que flotaban en el aire y la mesa de la terraza que, a diferencia de la noche anterior, ahora lucía desierta y en un silencio absoluto.
Serví dos tazas. No tuve que darme la vuelta para saber que ella había bajado la escalera. El suave sonido de sus pasos descalzos sobre la madera del pasillo era inconfundible.
Luna apareció en el umbral de la cocina, envuelta en un abrigo liviano, con el pelo suelto y despeinado y los ojos ligeramente hinchados por el descanso. Tenía esa belleza limpia y frágil de las primeras horas del día.




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