Inalcanzable

Capítulo 22

[Narrado por Luna]
El motor del auto de Julián arrancó con un zumbido suave en la entrada de mando.
Nos despedimos en el porche con un abrazo largo, cálido y dolorosamente sincero. Él debía regresar temprano a la universidad para pasar por la secretaría académica y coordinar la documentación que su padre necesitaba para los trámites de la pasantía. No hubo discusiones ni lágrimas dramáticas, solo la madurez de dos personas que acababan de poner las cartas sobre la mesa con una honestidad desarmante. Al separarnos, me rozó la mejilla con los nudillos y me dedicó una última sonrisa serena antes de subir a su vehículo y perderse tras la arboleda del camino.
Me quedé unos segundos apoyada contra el marco de la puerta, respirando el aire fresco de la mañana, intentando asimilar el peso de la conversación. Me sentía extrañamente liviana, como si una armadura de cristal que me había cubierto durante meses finalmente se hubiera desintegrado.
Cuando volví a entrar a la casa, el silencio matutino se había disipado por completo.
Un alboroto de voces, risas y choque de vajilla llenaba la cocina. Mis padres y los de Cameron ya estaban despiertos, terminando de tomar café mientras preparaban los bolsos térmicos. Evan cruzaba el pasillo cargando tres reposeras plegables bajo el brazo, mientras Cameron terminaba de acomodar en un rincón varias cajas de pesca de plástico verde y cañas telescópicas.

-¡Hasta que apareciste, bella durmiente!

Exclamó mi madre, con una tostada en la mano.

-pensamos que te ibas a ir a la ciudad con Julián.
-no, solo me despedía. Él tenía que hacer trámites por lo de la facultad, pero yo me quedo el resto del día

Respondí, caminando hacia la mesada para servirme un vaso de agua.

-¡Perfecto! Porque acabamos de organizar una salida doble como en las viejas épocas

Anunció el padre de Cameron con entusiasmo, levantando la taza de café.

-nos vamos todos al muelle del río a pasar el día. Salida familiar completa.

-¿Al muelle del arroyo seco?

Pregunté, parpadeando con sorpresa.

-a ese mismo, enana

Intervino Evan, dejando las reposeras en el piso con un golpe seco.

-ya le dije a papá que yo no pienso enganchar las carnadas vivas. Eso te toca a ti o a Cameron

Me giré despacio hacia la mesa de la cocina. Cameron estaba inclinado sobre una de las cajas de pesca, desenredando un tanza transparente con paciencia. Llevaba una remera gris gastada y una gorra de béisbol puesta hacia atrás, una imagen que me catapultó de golpe quince años al pasado.
Al sentir mi mirada, levantó la cabeza.
Me sostuvo la vista durante un segundo. Luego, arrugó la nariz con ese gesto tan suyo, me dedicó una miradita irónica cargada de complicidad y dejó ver una sonrisa maliciosa que le dibujó un hoyuelo en la mejilla izquierda.

-espero que esta vez te acuerdes de trabar el carrete, Winster

Soltó en un tono burlón, recordando el día que tiré su caña favorita al fondo del agua por no sostenerla con fuerza.

-no tengo ganas de tirarme al río a bucear para rescatar tu equipo otra vez

Una risa espontánea y fresca me brotó del pecho antes de que pudiera frenarla.

-¡Tenía siete años, Louis! ¡Y el pez era gigante!

Protesté divertidamente, cruzándome de brazos pero incapaz de borrar la sonrisa que se me había instalado en el rostro.

-un bagre de diez centímetros no es un pez gigante, Luna

Acotó Evan desde la puerta, haciéndole un choque de manos a Cameron.
En ese instante, en medio del murmullo de la cocina, las bromas cruzadas y el olor a protector solar mezclado con café caliente, una ola de nostalgia pura me envolvió por completo. Volver a ese muelle significaba regresar al único lugar del mundo donde las cosas eran simples. Un tiempo lejano en el que no existían las decisiones difíciles, ni los sacrificios, ni los secretos guardados en la casita del árbol. Un tiempo en el que no había problemas ni corazones rotos por ningún lado.
Miré a Cameron una vez más. Él seguía sonriendo, guardando los anzuelos en la caja, despojado de toda la rabia que lo había consumido durante el año. Estaba allí, entero, maduro, guardando la distancia justa para no abrumarme, pero estando presente de una manera que me erizaba la piel.

-bueno, basta de chistes

Interrumpió mi padre, tomando las llaves de la camioneta de la repisa.

-ayuden a cargar los termos y las sombrillas en la caja de la camioneta que el sol ya está apretando
-voy a buscar mi gorra arriba

Dije, sintiendo que el corazón me latía con un ritmo ansioso y renovado.
Subí las escaleras de a dos peldaños. Mientras buscaba mi visera en el placard de mi vieja habitación, me miré al espejo del ropero. Las dudas de las semanas anteriores se habían evaporado. Sabía que el día en el río no iba a ser fácil, que las miradas con Cameron iban a seguir cargadas de esa electricidad inevitable y que tarde o temprano tendría que afrontar lo que sentía.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría después. Agarré mi gorra, bajé corriendo los escalones y me sumé al caos feliz de las dos familias rumbo al río.

***

El muelle de madera crujía bajo nuestros pasos como si guardara la memoria de todos los veranos de nuestra infancia. El agua del arroyo corría mansa, reflejando el sol ardiente de la tarde mientras los sauces llorones dejaban caer sus ramas sobre la orilla.
El día transcurrió en una especie de tregua perfecta. Mis papás y los de Cameron se instalaron bajo la sombra de unos árboles con las reposeras y el equipo de mate, dejándonos a los tres la punta del muelle para pescar.
Por unas horas, el tiempo pareció detenerse. Cameron y yo no desaprovechamos ni una sola oportunidad para convertir a Evan en el blanco de todas nuestras burlas.

-a ver, pescador profesional

Dijo Cameron, apoyado contra la baranda con una mano en el bolsillo y una sonrisa de lado.




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