Lo dudó durante más tiempo del que le gustaría admitir. Seamos sinceros, era una cobarde. Siempre huía, lloraba y esperaba que alguien más la rescatase. Sybill tenía razón, era una princesa. Así que lo mejor sería terminar todo ahí mismo, correr a buscar a su caballero en brillante armadura y regresar al palacio. Si el autor reescribía el final, pues... no importaría mucho, ¿verdad? La volverían a rescatar. No había forma de que el autor la dejase allí... ¿Cierto?
"Cálmate de una vez", se regañó.
Sus ideas iban más rápidas que su corazón mientras se paseaba por la estancia. Tenía que regresar. ¿Tenía, verdad? ¿Qué otra opción le quedaba? No había ni la más mínima posibilidad de que ella sobreviviese a salir del reino. ¡Por poco la secuestran dos guardias! ¿Y se suponía que iba a sobrevivir a un bosque lleno de brujas, un valle lleno de monstruos y un hermoso lugar llamado el reino oscuro? No señor, ni siquiera se lo pensaría.
—Necesitaremos comida para dos semanas. Es lo que tomará llegar al primer pueblo.
Sin embargo ellos estaban planeando una excursión como dos niños pequeños. Sybill no había adorado la idea, incluso propuso dejarla morir si alguien los atacaba, cosa que no hizo precisamente que Ariadne se sumase con entusiasmo a la aventura. Gideon objetó que entonces todo sería para nada y que el autor podría ponerla a ella en peligro. La discusión se había extendido y al final empezaron a planear toda la travesía, sin siquiera consultarle.
Era la princesa, tenía que servir para algo ese título.
—No puedes llevar una carreta. Sin protección, los bandidos las descuartizarán en un segundo.
—Pero hay que considerar el agua.
—Hay un río un poco más al sur. Tres días de camino.
Aquello se estaba saliendo de control. Ariadne avanzó hacia ellos, se detuvo, volvió a intentarlo pero era como si un muro invisible la detuviese. Ese muro se llama miedo.
—Tengo que comprar flechas, la ballesta está en buen estado, pero me falta munición.
—Tengo un contacto que puede ayudarte.
—Podría ser suficiente. ¿Me ayudarás con los caballos?
—La pregunta es: ¿Cómo planeas sacarla a ella del Reino? ¿Tienes idea de qué pasaría si alguien la reconoce? Los cuentos son impredecibles.
—Podemos ponerle una capucha. Va a estar controlado.
Ambos estaban tan concentrados en su conversación, que solo el ruido sordo de la puerta cerrándose les hizo detenerse. Por un segundo compartieron un par de miradas ante el increíble silencio que les envolvió por los próximos minutos. Entonces, y solo entonces, Sybill habló.
—¿Dónde está Arya?
Ariadne corría como si no hubiese un mañana. Perdida entre la multitud mientras se alejaba paso a paso de aquella maldita choza. E incluso aunque se ganó varios insultos, empujones e improperios, no se detuvo. Corrió hasta olvidarse de dónde estaba, pero muy consciente de hacia dónde quería ir.
—¿No podías vigilarla durante dos minutos?
Sybill ya estaba buscando su daga, dispuesta a salir corriendo detrás de ella. —Tú eres quien la está asustando constantemente.
—¡Maldición!
Su pie se encontraba a un paso del umbral cuando la mano de Gideon se aferró a su brazo haciendo que perdiese el equilibrio.
—¿Qué haces, imbécil? —le recriminó, librándose de su agarre y lista para golpearlo.
Pero Gideon apuntó con gesto tranquilo hacia la mesa.
—Ella no es muy inteligente.
El manuscrito estaba ahí.
Mientras tanto Ariadne buscaba desesperadamente la Plaza. Recordaba haberla visto hoy con Sybill y estaba segura de que algún guardia aparecería. Los caballeros la estaban buscando, así que si lograba encontrar uno podría llamar su atención, pedirle ayuda.
"Porque eso había resultado tan bien la última vez".
—Cállate —le dijo a sus pensamientos y siguió corriendo.
Rebasó sin problema los primeros tramos de los callejones, golpeando a más de una persona en el proceso hasta que la luz se filtró entre las casas permitiendo que el cielo azul se vislumbrase por completo. No era la plaza, no tenía idea de dónde estaba. Era un camino amplio que se extendía a lo largo en todos los sentidos y, un poco más lejos de allí, la puerta. ¿Estaba en la entrada de la ciudad? Sentía su pecho arder con cada respiración mientras forzaba a sus pies a seguir avanzando. Alguno de esos caminos conduciría a casa.
—¿Eh, tú? Alto ahí —gritó una voz—. ¡Eh!
Pero Ariadne la ignoró y continuó su trote, sintiendo cómo la persona tras ella corría también. Sus piernas temblaron al esforzarse por dar más de sí, antes de que un garfio de dedos largiruchos se cerrase sobre su brazo frenándola en seco.
—Quieta ahí.
Observó aterrada a aquel sujeto escuálido y arrugado como una pasa. Con una torcida nariz afilada que apuntaba a aquella horripilante boca desdentada. El señor, porque eso era, sonreía ampliamente mientras apretaba sus largiruchos dedos alrededor del brazo de la chica.
—¿Majestad? Sí eres, ¿verdad? Claro que sí, claro que sí.
El hombre soltó una risa seca que le erizó la piel.
—No sé de qué habla —se apresuró a decir ella intentando soltarse.
—¡Oh! No debe temer, no, no debe —aseguró mientras la acercaba—. Yo sé muy bien, tengo ojos, es la princesa. Yo la conozco, majestad. Yo la he buscado.
Ariadne tragó, intentando soltarse; sin embargo, para alguien tan mayor y enclenque, tenía una fuerza abrumadora.
—Ya le comenté que no sé de qué habla.
—Yo ya estuve en su cuento, princesa. Sí estuve, fui de ayuda... mucha ayuda, verá. Podría reconocerla donde fuese, porque el autor, gran autor, así lo quiere. Puedo ayudarla, puedo ser de mucha, mucha, mucha ayuda otra vez. Sí, señor.
Las uñas negras del hombre se aferraban a su piel mientras daba pequeños tirones, pero Arya solo podía ver sus ojos, aquellos tenues ojos grises tan amplios y eufóricos como los de un niño que encuentra un tesoro.
#1889 en Fantasía
#374 en Magia
#5973 en Novela romántica
cuentos de hadas, princesas y dragones, príncipes princesas romance
Editado: 04.10.2026