Infinito

Dos:

La oscuridad se empezaba a disolver mientras el cielo en el horizonte se mezclaba entre el celeste e incipientes capas inferiores de naranja.

Las luciérnagas todavía eran visibles encendidas, itinerantes sobre un campo de flores cercano. Las aves se movían apenas a salvo entre las copas de los árboles; todavía presas del letargo.

Y debajo, entre los últimos rastros de la oscuridad crepuscular…

Un grito desgarrador cruzó la distancia agitando todo lo que encontró a su paso, causando el movimiento y hasta la huida de otros. Provocando también que los ojos celestes se abrieran a la vida. Se mantuvo quieto entre las cobijas, de lado cuando llevó el iris en dirección al sonido.

Unos pocos gritos más se sucedieron, cada vez más débiles y ahogados ante los gruñidos del causante. Se hizo el silencio.

Él se despojó de las cobijas. Los pies absorbieron el frío del piso. El cuello se movió en un movimiento circular que cambió de lado al completar el recorrido.

Las medias y luego los zapatos de trabajo.

Acomodó las cobijas hechas de pieles naranjas, grises y moteadas unidas las unas a las otras por los bordes a través de un grueso hilo marrón. Un nuevo sonido lo alcanzó por la espalda. Las gallinas se quejaron; él cerró los ojos, los oídos buscaron mapear la situación. Todo se tranquilizó afuera, normalidad.

La puerta de la cocina se abrió. Como cada día en que permanecía así hasta la noche siguiente mientras él estuviera en la propiedad.

Los celestes recorrieron la cercanía y viajaron a la distancia. El aire agitó las fosas nasales y él abandonó el interior del hogar.

Caminó hasta el pozo de agua, lanzó el balde amarrado al fondo, lo escuchó caer, tiró de la cuerda hasta subirlo, lo desató y lo llevó dentro.

Lo apoyó sobre la mesada de la cocina para llenar un jarro de agua. Cargó la cocina con leña, agregó papel y le acercó la llama de un largo cerillo. El jarro quedó encima de todo.

El rostro se posicionó frente al espejo añejo de bordes despintados en la pared del rústico baño. Apoyó el balde a un lado.

El espejo se desplazó siendo movido a la derecha para darle acceso al interior, las bisagras pivotantes mostraron rigidez en el ruido que acompañó el movimiento, el dorado de la unión se había vuelto plata. Dentro, un tarro de espuma, una brocha y una navaja de afeitar que fueron a parar dentro del lavabo. El espejo regresó a la posición original. Un temblor recorrió la superficie cuando el sonido de la traba encajando se sucedió.

Cuando la extendió, la luz entrando por la pequeña ventana a la derecha del hombre, recorrió la afilada hoja. La observó y la dejó de nuevo abajo. Tomó el tarro de espuma y la brocha para remover la mezcla. La mitad inferior del rostro y el cuello se tiñeron de blanco.

Movimientos de presión y cuidado revelaron despojo otra vez con la aspereza del metal, la piel y la mezcla en contacto simultáneo y arrastre. La mano se sacudió con velocidad sobre el contenedor cerámico. La carga de la navaja cayó dentro, el blanco de la espuma de afeitar apenas podía distinguirse del de los vellos descartados. La cabeza se levantó lo suficiente, los celestes miraron el reflejo con la dificultad del nuevo ángulo, la luz le golpeaba las irregularidades de la piel ya limpia en la mejilla derecha y el descenso todavía blanco del cuello, y la hoja pasó al ras por el cuello. La mano con el filo se le alejó un momento, el efecto óptico fusionó ambas cosas, la saliva bajó por la garganta.

Las gallinas se movieron erráticas cuando el granjero entró al recinto poco después. Las aves se calmaron pronto tomando distancia de él. Recogió cada huevo y lo llevó dentro.

Un nuevo cartón de huevos se llenó. Las puertas del armario dedicado se abrieron. Los cartones de varios días estaban llenos.

Retiró el jarro con el agua hirviendo del fuego, le agregó café, azúcar y lo mezcló apenas. Lo bebió de pie frente a la puerta. La pradera le devolvía sonidos y movimientos en el verde desde todas las direcciones.

El tarro casi vacío fue a parar dentro de la pileta de la cocina. Cayó de lado por la fuerza del impacto. El líquido oscuro se derramó. Todavía quedaban algunos granos de café y azúcar sin disolver por debajo de la fina película humeante que los cubrió.

Él fue detrás de la cabaña. Bajo un techo de chapas improvisado y de una manta negra que la cubría, asomó la motocicleta. La llevó al frente. Puso la carga en el carro que le aseguró detrás. La puerta se cerró. La llave dorada dio un solo giro.

En la altura por detrás de la cabaña apareció el inicio de un viaje de velocidad contenida por el camino rupestre que lo unía todo. La visión se amplió en la altura alcanzando nuevos horizontes. Más allá, atravesando los árboles y los campos ajenos, el pueblo se percibía como la variedad de tonos visibles, construcciones de formas irregulares y pequeñas manchas coloridas moviéndose entre ellas.



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En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

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