Infinito

Tres:

Cuando sucedió el regreso, más plumas estaban desparramadas frente al gallinero. La tela que lo cubría mostraba signos de ataque y persistencia. Una mandíbula se había aferrado a él y tirado hacia afuera. El aire pasaba libre de obstrucciones entre la madera de la puerta y los quince centímetros hasta la posición donde quedó el alambre rasgado. Pelos naranjas y negros en dirección a las puntas se movían con la brisa, enganchados en el filo del panal metálico.

El granjero se acercó a la puerta del gallinero, miró los pelos y los tomó. Quedaron atrapados entre el dedo índice por debajo, en dirección al cielo y el pulgar por encima. Inició el movimiento del superior que los apretó contra las huellas digitales, la textura fue percibida y luego la fricción continúa los separó. El pulgar ganó distancia dejando que cayeran. La hierba los recibió, pero no se mantuvieron cerca. El viento los alejó de la vista hasta perderse. Se realizó el conteo, las gallinas estaban tranquilas, no había cuerpo dentro, faltaban dos más.

La llave giró dentro de la cerradura en la dirección contraria a la pasada y la puerta fue abierta redirigiendo el aire. La luz ingresó junto a la sombra del hombre. En una proyección más rápida de la que los celestes pudieron seguir. Un momento después, solo la luz quedó sobre el piso, revelando partículas de polvo presentes en micro destellos encima de líneas rojas que se habían colado entre las vetas de la madera. La sombra se achicó, retrocedió de vuelta al exterior hasta desaparecer.

En orden, el carro acoplado a la motocicleta fue vaciado con paciencia. Separando el contenido y el destino de almacenamiento según su propósito y prioridad.

Tela metálica nueva y alambre para fijarla. Bolsas de víveres no perecederos y productos de higiene. Los primeros acomodados frente al recinto de las aves, los segundos puestos sobre la mesa de la cocina sin urgencia de control.

Tomó la escopeta y comenzó la caminata. Una por una las trampas para osos dispuestas en las cercanías del hogar fueron revisadas. La cabeza cubrió alguna de ellas con el sol a la espalda.

Dos estuvieron cerradas, una encerrando el cadáver de una liebre adulta y la segunda lo que quedaba de otra. Lo que no habían podido desgarrar los dientes del animal que la encontró antes y se marchó en el abandono de los restos inaccesibles. Algo de pelo gris y carne.

En las cercanías, no hubo nada más que pudiera capturar el foco.

Regresó sobre los pasos y se agachó frente a la trampa que mantenía la presa intacta, la abrió y la retiró. Cruzó el prado con el animal colgando de la mano izquierda desde las patas traseras y la escopeta sujeta desde el mango en la derecha, en el equilibrio variable del movimiento. La punta de los cañones flotaron sobre la vegetación, en el ascenso y el descenso por efecto de la gravedad que tiraba hacia abajo una y otra vez con cada paso.

Arrojó la liebre sobre la mesa, devolvió el arma al lugar designado de siempre, tras la puerta principal y tomó el cuchillo de caza desde el armario de herramientas. Se secó el sudor de la frente con el pañuelo del bolsillo trasero. Observó las orejas del animal, las heridas que los dientes de la trampa causaron en el cuerpo. Repitió el oficio.

El sol se ocultaba. El naranja ya asomaba en el horizonte detrás de la cabaña. El granjero salió por la puerta principal. El prado se agitaba. Otras formas animales más robustas y altas se movían cerca de la línea de árboles antes de la tierra vecina más inmediata.

La tela del gallinero fue reparada. Un proceso rápido que no admitió duda. Las aves dentro no se movieron.

El fuego de la cocina se encendió. La luz exterior ya no podía competir con la interior. Una lámpara de queroseno sobre la mesa, otra en la mesada donde cocinaba y una más junto a la mesa de noche del rectángulo en que la cabaña contenía su hábitat.

Los aullidos en la noche, algunos gritos lejanos. La puerta se cerró.

La ventana a la derecha del granjero reflejando el movimiento de la cuchara yendo hacia la boca. Los labios juntos, la expulsión de aire, el vapor del alimento siendo desviado de la fuente. Los celestes miraron la cuchara, la similitud de un cubo de carne marrón entre jugo y algunos vegetales. Siguió comiendo.

Una olla encima de la cocina con el fuego que siguió ardiendo debajo. Burbujas en ella hacia el final de la cena. El plato y la cuchara dentro de la pileta.

Un trapo abrazó la agarradera metálica y levantó el líquido hirviendo contenido dentro, lo transportó al baño. Se despojó de las prendas. Un banco de madera como asiento. Un trapo distinto que se mojó y recorrió el cuerpo con fuerza. El jabón. El agua que cayó en medidas cantidades para arrastrarlo todo bajo los pies. El líquido contaminado que escurría entre los espacios de la tarima que cubría el piso. La puerta abierta a la espalda y la luz desde la mesa de noche que impactó en ella y se volvió iluminación difusa al interior.

Los celestes se fijaron en la pequeña ventana; las gallinas volvieron a la calma después de una breve molestia.

En la oscuridad del exterior, sobre la línea perimetral, el sonido de los grillos y demás insectos fue superado por pequeñas ramas en el suelo siendo quebradas por el peso de las patas. Los ojos de la criatura vieron primero la tenue luz de la pequeña ventana en el baño apéndice de la cabaña. Cambió a la izquierda; allí estaba el gallinero adherido a la pared ciega de la cocina. Las blancas, marrones y negras descansaban dentro mientras un hocico se abrió. La lengua colgó en el jadeo; gotas de saliva se acumularon en la punta y cayeron frente a las patas delanteras ante la atenta observación de las aves.

La tela de una toalla quitó la humedad. Nuevas prendas cubrieron el cuerpo. La cubeta con parte de agua en el interior, cargada de jabón, fue vaciada sobre el piso de la cocina. Movida sobre la superficie con una escoba hasta formar una capa de humedad uniforme.



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En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

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