El alba lo despertó con el alboroto del gallinero. El hombre tomó la escopeta sin siquiera perder tiempo en ponerse los zapatos, revisó el interior, cargada. Salió.
Los pasos firmes en la dirección, el sonido de la vegetación siendo aplastada por ellos cuando se colaban entre los dedos de los pies.
Le siguió la puerta del gallinero, las aves con el sonido penetrante y agudo contagiado, el aleteo frenético y las plumas flotando por el movimiento sin tregua al interior.
La puerta se abrió y los pies entraron, la mano sosteniendo el arma negra con mango de madera, con mecanismos de metal dorado, se quedó inerte. El detenimiento de la observación localizando la amenaza. Sobre el rincón, el pequeño que había sido dejado atrás en el escape.
El cazador color cobrizo y negro con partes de pelusa gris, al notar la presencia del hombre, huyó en la dirección contraria hasta encontrar nada más que un tope sin salida.
El sonido de los pasos que hacían crujir y también vibrar el piso mientras los ojos del animal parecían un poco más fuera de órbita por la distancia reducida.
La luz se concentró en la punta de la escopeta, y luego viajó por el cañón cuando él la levantó y le apuntó.
El ojo izquierdo que se cerró, el derecho que se centró, el dedo pulgar que hizo retroceder el seguro, el índice que abrazó el gatillo.
Los ojos del zorro no se apartaron del hombre. Eran marrón oscuro, no ámbar, ni naranjas, marrón oscuro.
El animal que no podía dejar de moverse, empujando hacia atrás, seguía haciendo tope en la madera de las uniones y la tela metálica que cerraba el espacio.
Su hocico abierto y los dientes afilados expuestos. Mordía el aire cuando la garganta emitía el sonido ahogado y repetido. Las orejas retraídas.
El ojo celeste del granjero registró cada movimiento del animal antes de presionar un poco más el gatillo. El límite de la resistencia antes de la acción por diseño.
La luz recorrió el camino inverso, volviendo a la punta de la escopeta. El pecho se desinfló vaciando el aire de los pulmones. El dedo se retiró del gatillo y la mano apretó el mango del arma.
Los ojos marrones miraban a los celestes y bajaban a la luz entre las pantorrillas del hombre. La pradera detrás.
Pelajes de similar color se movían en la distancia con orejas que se agitaban y ojos atentos a la situación. Ámbar, naranjas, naranjas, ámbar.
El granjero dio un paso al lado, la puerta quedó libre. Miró a la criatura por última vez. Las uñas del animal se clavaron al suelo cuando inició el escape.
El hombre abstraído de la criatura, observó todo lo demás. Las gallinas volvían a acomodarse en el nido. Todas menos una. Colmillos en su cuello le habían causado la herida mortal.
Cerró la mano alrededor del pescuezo herido para levantar al ave. Cerró la puerta del gallinero y comenzó el camino de vuelta a la cabaña.
Se detuvo un momento y giró en dirección a la pradera. El cachorro estaba entre los adultos, los hocicos abiertos, en dirección al cielo. Choques entre ellos sin daños causados. Un empujón que anuló el equilibrio, causó la caída y el posterior ruedo por la hierba mientras las narices negras seguían el movimiento en cabezas bajas.
El camino al interior se retomó. El ave mutilada cayó encima de la mesa. Se dirigió al armario de las herramientas. Una vez más reparó la cerca metálica.