Infinito

Cinco:

La pradera mostraba otra mañana regular. Los arbustos se agitaban con la brisa. Un par de pequeñas orejas naranja y negro aparecieron en las cercanías. Un hocico se alzó por sobre las malezas y registró el aire.

El granjero parado en el umbral de la cabaña miró a la derecha. Los negros cañones de la escopeta asomaban por la endija entre el marco y la hoja de la puerta.

La vista volvió al frente. Los ojos marrón oscuro lo miraban a unos cinco metros de distancia. La postura del animal de reducidas dimensiones estaba tranquila, agazapada en el límite de la vegetación y el claro frente a la cabaña.

El hombre giró el cuerpo a la izquierda, dio un par de pasos para después agacharse frente a la mesada y sacar la olla desde el rincón donde la cubría la oscuridad. La tapa fue removida.

Dentro estaban los restos de la carne de liebre que había cazado la trampa para osos.

Volvió a la puerta, el cachorro no se había movido del lugar.

Introdujo la mano tomando la mayor cantidad posible, movió fuera. Las orejas del animal se volvieron rectas en altura, el hocico se despegó del suelo sin dejar de apuntar en esa dirección. El granjero midió la distancia.

Arrojó la carne tan cerca de él como le fue posible. El zorro huyó al principio. El hombre no se movió ni apartó la vista.

Segundos después, las orejas volvieron a moverse entre la vegetación, el hocico también, la nariz percibió el aroma cercano. El zorro abandonó las hierbas para tomar la carne.

Con notable velocidad, tomó los pedazos dispersos, la acumulación apresurada dentro de las fauces y después se perdió entre las malezas otra vez.

El granjero miró la separación impuesta entre ambos por el arma detrás de la placa de madera, luego la olla casi vacía que sostenía la mano y al final, las hierbas que se movían agitadas por el acto de masticar y engullir. La criatura no había ido muy lejos.

El zorro se relamió. La postura se resintió y agachó cuando un ruido cercano lo alertó. Emprendió el escape. Lejos, cada vez más lejos hasta que desapareció de la vista.

Los días siguientes se sucedieron en la misma acción. Restos de una presa que viajaban lejos, el mismo animal que las tomaba y se perdía en la pradera para comerlas.

Sin llamado, sin búsqueda, solo la atención de registrar las cercanías y encontrar la mirada marrón oscura de vuelta. La repetición de restos cayendo cerca de él y la huida. Siempre la distancia segura, siempre la huida después de romperla apenas un poco para tomar lo ofrecido.

Con el correr de los días los pares de orejas se sumaron. Ámbar, naranjas, naranjas, ámbar. Y esos ojos en el lugar de siempre, la postura cerca de la tierra, la concentración en la olla de barro; ausente de la exaltación alrededor en la compañía de la misma especie.

Pequeño, demasiado pequeño.

La distancia debía cambiar. La vista del hombre se posó a la izquierda de los animales, nada podía poner un tope. Libre, espacio libre. Primero tomó el pedazo de carne más grande y lo arrojó en la misma dirección que había observado antes. Los zorros grandes corrieron todos detrás de él. La vista volvió al cachorro. La grupa se elevó y las patas empezaron el movimiento sin generar avance ni retroceso. La mano entró a la olla otra vez, un nuevo pedazo de carne cayó más cerca, el cachorro abandonó su posición para tomarlo y huir.

La distancia se acortó sin que lo salvaje fuera reemplazado ni disminuido por la costumbre. La manada en persecución del alimento arrojado lejos. El cachorro y el granjero en observación mutua, la toma de lo dado y el escape.

Los días siguieron pasando para reafirmar las acciones, la lógica detrás. Los zorros llegando. Los celestes recorrieron los animales entre la maleza. Inquietos.

Pero algo cambió:

Ámbar, naranja.

Naranja, ámbar.

Registro, nada más que registro sin un solo pedazo de carne que les pasara por encima a los predadores.

El sol iluminó el prado otra vez después del cambio anterior. La mirada reconocible permaneció ausente en horas que ya se habían vuelto veintisiete desde la última vez que lo vio, esperando al margen del resto.



#1440 en Otros
#234 en Relatos cortos

En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.