Infinito

Seis:

El hombre volvió dentro, revisó que la escopeta estuviera cargando e inició la caminata por las cercanías. Las trampas para osos tenían presas distintas.

Él se detuvo más de una vez advirtiendo sonidos cercanos, pero siguió caminando cuando no registró ninguna amenaza real.

A unos metros, en un claro de tierra reseca y despoblada, un cuerpo pequeño yacía bajo el sol directo. De espaldas a la dirección en que él hombre se encontraba.

Naranja, gris y negro.

Llegó hasta el animal. Le apoyó la punta del arma en la escápula y empujó. El cuerpo cedió a la presión inclinándose en la dirección marcada, pero solo como un efecto de la fuerza aplicada. No hubo ningún otro movimiento que correspondiera a un impulso propio. En cuanto el granjero retiró la punta de los cañones, el espécimen volvió a su posición original para quedarse inerte.

Miró con más atención el cuerpo. El lomo y el vientre tenían heridas profundas hechas por otro animal. La carne expuesta, la sangre alrededor de las heridas manchando el pelaje, seca y todavía húmeda al centro.

Lo rodeó.

Los ojos cerrados.

Miró alrededor una vez más, a la izquierda, un rastro de sangre avanzaba hasta alcanzar el animal desplomado. El claro sobre el que estaba no resultó diferente a la visión anterior; la tierra se había ennegrecido. Apoyó el empeine del zapato sobre la mancha casi circular, lo movió a los lados, la tierra seca debajo se levantó en una nube incipiente. Seca, tierra seca.

Apoyó la rodilla en el suelo, estiró la mano. Vigiló el hocico por un segundo mientras acercaba la extremidad antes de renunciar a dicha observación. Los dedos aplicaron la fuerza medida, suficiente para abrir uno de los ojos.

Marrón oscuro, no ámbar, no naranjas, marrón oscuro.

Dejó la escopeta que había cambiado de lado y que todavía sostenía en la mano izquierda, en el suelo. Levantó al animal para acomodarlo entre los brazos. Liberó el derecho sujetando todo el peso sobre el antebrazo izquierdo y la mano encima de la grupa.

El cuerpo que seguía sin estar rígido, cedió ante el pecho, el hocico de lado, las patas flexionadas hacia adentro, la camisa se manchó de sangre.

Recuperó el arma, se puso de pie e Inició el camino de regreso.

Al atravesar la puerta, primero apoyó al zorro encima de la mesa. Comenzó el ruido en el armario de las herramientas. Junto al mango largo de la pala, una repisa tenía a un lado y entre otras cosas, el cuchillo de caza. Él lo miró fijo, la hoja gris plata de filo óptimo, pero desvió la vista, el objeto no fue movido. Pasó por el lado del cachorro de vuelta sin cubrirlo en sombra; yendo al exterior con el instrumento de excavación en la mano. El sol a través de la ventana junto a la mesa hacía que el pelaje del animal brillara en diferentes puntos con la brisa que corría en la cocina y le movía los pelos que habían permanecido limpios.

La sombra cubrió al animal cuando el granjero pasó frente a la ventana de regreso al interior de la cabaña.

Volvió a cargarlo para llevarlo detrás.

El cuerpo fue depositado dentro del hoyo en las mismas condiciones en que fue encontrado. La pala se mantuvo firme a un lado del hombre, sostenida por la mano.

Los celestes mirando a la criatura con detenimiento. Los ojos cerrados, la nariz sin humedad, los bigotes. El lanugo acumulado en partes de pelusa débil.

Lo cubrió. Palada tras palada.

Él regresó dentro. La pala junto a las demás herramientas otra vez. El cuchillo de caza que fue apartado para acceder a un tarro de metal y forma rectangular detrás. El granjero llevó el objeto sobre la mesada, hurgó en el interior y quitó sobres de papel que acomodó sobre la superficie después de revisarlos. Tomó los que se ajustaban por fecha. La época de siembra recomendada.

Se agachó frente a la tumba más reciente. Marcó surcos con el dedo sobre la tierra removida y abrió los paquetes para poner las semillas dentro. Cubrió todo de nuevo.

De pie otra vez, la negritud de la tierra frente a sus ojos. Abandonó la observación con el inicio del caminar lento hacia la puerta principal. Reconoció el perímetro desde allí.

Movimientos y colores reconocibles se pasearon entre las malezas que le habían cubierto hasta las rodillas las veces que él las atravesó. Un puñado de la misma especie estaba oculto en partes. Observando de vuelta.

Les dio la espalda cuando los pasos sonaron en dirección al interior. Las manos se limpiaron de todo rastro de tierra en el lavabo del baño.



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En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

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