Cuando despertó, la luz ya invadía la cabaña a través de las ventanas y la holgura de la puerta. En las paredes no había relojes, en la mesa de noche tampoco; solo la base circular de la lámpara de queroseno se apoyaba sobre la madera rústica hacia la esquina más lejana a la cabecera. Volvió al armario de las herramientas después de abandonar la cama y alistarse con movimientos que se aceleraban en la secuencia. Los celestes recorrieron las indicaciones de cuidado escritas en los sobres de semillas que había plantado el día anterior.
Buscó en la parte baja del recinto. De allí sacó una regadera de un verde que se volvía pálido en la extensión del metal. La observación de un giro, en la distancia de un brazo estirado y con la mano sosteniendo la agarradera superior, reveló óxido cubriendo los bordes de la base, las uniones de lo sujetado y del pico.
El balde de madera cayó hasta el fondo del pozo, ante el impacto, el agua adquirió la dureza de un muro que se fragmentó en chorros que salpicaron y humedecieron las paredes. Tras alcanzar la estabilidad, el líquido se volvió permeable, el balde se ladeó y se llenó hasta hundirse. La cuerda atada a la manija metálica se tensó y lo arrastró fuera junto a la carga, de vuelta a la superficie.
La fuerza aplicada fue cada vez mayor hasta que sucedió el principio del resultado; el movimiento tuvo sonidos de fricción y de resistencia sostenida. Cuando cedió del todo, el giro de la tapa creó una nube de óxido y tierra alrededor del objeto visible a contraluz. Retiró la cubierta y la llenó a un cuarto de la capacidad total. La levantó y la inclinó al tiempo que la hacía girar manteniendo el ángulo. El líquido bañó las paredes interiores sin fugas visibles en el exterior.
Terminó el llenado del depósito y se dirigió a la parte trasera. Mojó la tierra que se volvió más oscura. Bajó la regadera y observó.
Nada.
Días de repetición, los primeros brotes.
Semanas, débiles tallos empezaron a alzarse por encima del suelo.
Meses, la manta de flores se extendió sobre la tumba.
Una masa uniforme de colores y texturas atrayendo insectos que caminaban encima, y abejas que se metían dentro de las flores para resurgir con las patas llenas de polen.
Todo lo demás permaneció. El naranja y negro repetido se camufló entre el verde de la maleza y el amarillo de las lejanas flores silvestres frente a la cabaña.
El granjero, como tantas veces anteriores durante aquel período de tiempo, vio la manada de zorros allí, viéndolo de vuelta y solo les dio la espalda una y otra vez.
Ningún otro pedazo de carne cruzó entre el cielo y la tierra en dirección a ellos.
La escopeta siempre se mantuvo cargada y al alcance tras la puerta.
El granjero regresó dentro después de ignorar a los animales una vez más, abrió el mueble distinto que guardaba provisiones, junto la pared, en el espacio entre los pies de la cama y la mesa. Allí quedaba muy poco. Debajo, los cartones llenos de huevos se habían acumulado más de lo normal.
Poco después, salió y regresó desde la parte trasera con la motocicleta y el carro que le aseguró detrás. Con movimientos precisos, lentos, realizó varios viajes al interior hasta poner toda la carga dentro.
Lanzó un vistazo al perímetro. El movimiento de las orejas para unos, la nariz olfateando el aire para otros y la mirada fija para unos cuantos más, seguía ahí.
Buscó la escopeta tras la puerta, apoyó el mango en el hombre, acercó la mira, el celeste izquierdo se cerró.
El índice sobre el gatillo. El ritmo de la respiración se redujo.
La tierra y la hierba se desprendieron a centímetros de una pata trasera. Bajó el arma y observó a la jauría escapando, perdiéndose entre los árboles.
El arma humeante quedó con los cañones frente al piso. Ellos terminaron de perderse en la distancia. Devolvió la escopeta a su lugar y cerró la puerta. La llave dorada dentro de la cerradura giró una vez.
Se acomodó en el asiento. El casco negro le cubrió las canas dejando el rostro al descubierto y las antiparras le protegieron los celestes.
Se paró sobre un pie para dar arranque en un recorrido rápido de la pata. La mano tiró el acelerador hacia atrás en repetidas ocasiones hasta que el ritmo del motor se estabilizó. La primera marcha. Partió.