Infinito

Cero:

El hombre regresó del pueblo dejando la motocicleta a un lado de la puerta principal. Poco después, regresó desde dentro de la cabaña, miró en dirección al gallinero. Todo estaba en orden. De nuevo dentro.

Llevó a cabo el guardado de las provisiones que había traído. Se detuvo un momento, sacó el pañuelo del bolsillo trasero en el pantalón para secarse la frente, lo guardó y continuó con la tarea.

Dos cajas de municiones para la escopeta fueron al armario de las herramientas. Cuando cerró la puerta, observó la propia sombra proyectada encima de la rústica placa de madera. El horario y la ventana al otro lado de la mesa, detrás de él, causaron el efecto.

Una vez que terminó con eso, el granjero caminó hasta el borde de la cama y giró para sentarse de frente a la puerta principal. La pradera se extendía a la luz de la media tarde.

Apoyó las manos a los lados del cuerpo y respiró con el pecho elevándose más de lo normal. Había pasado un minuto en la respiración profunda sin que se volviera estable ni la frente dejara de sudar.

Se puso de pie por los sonidos que llegaron desde el gallinero. Los gritos agudos se acumularon y escalaron en intensidad. El movimiento de las aves se volvió frenético.

Los celestes se centraron en la escopeta tras la puerta, el alboroto afuera se intensificó todavía más y él se puso de pie.

El cuerpo se movió a los lados de manera breve y errática. El granjero agachó un poco la postura y extendió las manos a los lados, con las palmas en dirección al piso.

El escándalo fuera no dio tregua.

El dio dos pasos mirando el piso, se sujetó el pecho. La mano se cerró, la postura volvió a reducirse.

Fue inmediato.

Fulminante.

El cuerpo sacudió el polvo del piso de madera al desplomarse y causó el vuelo de algunas moscas sobre la mesa, junto a la que él cayó.

La cabeza quedó en dirección a la izquierda, la puerta del armario de herramientas estaba a un metro de distancia. Los ojos del hombre permanecieron abiertos.

Los ruidos del exterior cesaron.

Las moscas volvieron a asentarse sobre la mesa y a moverse por ella con la probóscide pegándose a cada mancha roja entre las grietas de la madera.

El exterior mostrado por la puerta principal, a tres metros de los insectos, se volvió una mancha luminosa de colores unificados hacia el centro y degradados a los bordes.

La imagen se volvió nítida cuando atravesó a una de las moscas para volver a la puerta. Una húmeda y negra nariz se asomó junto al marco. Se contrajo, los bigotes se movieron. La cabeza fue movida hacia adelante, un ojo naranja apareció al borde la puerta.

La mirada se mantuvo fija, quieta sobre el hombre en el suelo. El viento agitaba la vegetación cuando el animal avanzó un poco más, dando el primer paso dentro.

Una de sus patas negras sobre el piso de madera. Silencio, quietud, observación.

Cuando el primer zorro entró del todo a la cocina, fue seguido por cuatro más de su especie. Se mantuvieron a distancia del granjero. En ese momento, solo las sombras de los animales en el piso y en formación triangular, estaban más cercanas a alcanzarlo. La pata negra del que se mantenía en el centro se movió adelante y de nuevo atrás.

Poco después, ellos avanzaron sin nuevos retrocesos.

Lo alcanzaron.

Las narices negras olfatearon la ropa, el rostro.

Uno se acercó a la mano de palma expuesta.

La nariz del animal chocó con la mano del hombre, tan cerca que le contagió la humedad. El animal alejó la cabeza escasos centímetros, una gota transparente resbaló por el dedo que había olfateado.

El hocico se abrió y encajó ese mismo dedo entre los dientes blancos, afilados. La piel y la carne no resistieron la presión de la mordida y se desgarraron.

Otras patas negras y naranjas en altura, cruzaron frente a los celestes abiertos y a la sombra en la puerta. El vientre agitado del animal, la cola al ras del piso.

El primero olfateó una vez más la carne expuesta frente a él y giró para alejarse del resto. Se sentó en el umbral de la puerta. La cabeza se movió a la derecha por un sonido exterior.

Se relamió en repetidas ocasiones que quitaron la sangre en el exterior del hocico.

La cabeza volvió al centro, los colores de la pradera opacados en la luz del día que perdía intensidad. Los sonidos que provenían desde varias direcciones.

A la espalda del zorro, los sonidos siguieron concentrados en el mismo punto. La ropa se rasgó mientras la imagen en sombras sobre la puerta del armario de herramientas seguía cambiando. Justo como cambiaban las posiciones de los animales ante un gruñido de advertencia entre ellos.

El lejano siguió con la mirada al frente, el alboroto detrás persistió, intenso, ininterrumpido. El movimiento de las orejas comenzó.

Adelante, atrás, a los lados.



#1440 en Otros
#234 en Relatos cortos

En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.