"Cosas raras"
Salí del instituto con pasos lentos, fingiendo que tenía a dónde ir.
Las nubes, espesas y bajas, cubrían el sol. Caminaba por el sendero del bosque, donde había visto a Draven por última vez. Era estúpido. Lo sabía. Era el lugar donde habían ocurrido las desapariciones y a pesar de que me prometí no exponerme al peligro, quería volver a verlo. Aunque no dijera nada. Aunque solo se quedara ahí, en silencio. Mirándome como si fuera la única cosa que no entendía.
El viento helado se colaba por el cuello de mi abrigo. El bosque murmuraba a los lados, pero yo no tenía miedo. O al menos eso me repetía.
Ya casi llegaba al viejo puente cuando vi a alguien.
Un hombre.
Me miró y sonrió. Había algo... sucio en esa sonrisa.
No parecía de Willow Creek. Ropa oscura, sucia, barba mal rasurada, una mochila raída colgando del hombro. Se apoyaba contra la baranda como si le perteneciera el lugar.
Me hice la valiente y seguí mi camino ignorando su presencia. Pero por dentro estaba asustada, más con lo que ya me había pasado.
—¿Perdiste algo, bonita? —dijo, al verme pasar.
No respondí. Mi corazón comenzaba a dar señales de miedo.
Aceleré el paso, pero él se enderezó y comenzó a seguirme.
—No seas maleducada. Solo quiero conversar. No hay muchos lugares tan tranquilos como este… para conocerse mejor.
Apreté los puños. Seguí caminando. El bosque a los lados parecía cobrar vida.
Estaba pasando otra vez. ¿Por qué no le hice caso a mi madre... Y a Scarlett? No debí venir aquí. Pensé, demasiado tarde.
—No tengo tiempo —dije, con firmeza.
—Yo sí. Y me caíste bien —respondió, y lo sentí más cerca.
Cuando intenté correr, me sujetó del brazo. No fuerte… pero lo suficiente para que entendiera que podía hacerlo peor.
—Suéltame —espeté atemorizada.
Él sonrió. Pero no tuvo tiempo de decir nada más.
Una ráfaga de viento. Un estremecimiento en el aire. Y de pronto… el hombre ya no estaba tocándome. Estaba contra el suelo.
Draven lo había hecho. No lo vi llegar. Solo lo vi ahí.
De pie. Imponente. Frío como una maldición.
—¿Qué crees que estás haciendo? —murmuró.
Su voz no era alta. No necesitaba serlo. Tenía filo suficiente para cortar el alma.
El hombre intentó levantarse, aturdido, pero Draven ni siquiera se movió. Solo lo miró. Y bastó.
—Vuelve a tocarla —dijo, con una calma inhumana— y te rompo cada hueso.
El hombre huyó. Sin mirar atrás.
Yo me giré hacia Draven… pero no encontré alivio en su rostro. Estaba enfadado.
—¿Qué haces aquí otra vez? —espetó. Su mirada era hielo. Su mandíbula de piedra.
—Caminaba —mentí, mal. No podía sostenerle la mirada.
—¿Otra vez sola? ¿Después de que te advertí que no vinieras al bosque?
—No iba al bosque, solo… al puente.
—¿Y crees que eso lo hace diferente? El puente está en el bosque —Draven alzó la voz por primera vez. Una chispa de emoción se filtró: enojo… y algo más—. ¿Y si yo no hubiera estado?
Me dolía su tono. Pero más me dolía lo que callaba.
—Pero estabas —dije.
Silencio.
Él dio un paso hacia mí. Su presencia me rodeó, intensa, abrumadora.
—¿Por qué vuelves? —preguntó, más bajo ahora. No era una acusación. Era casi… desesperación.
Lo miré. Y no mentí esta vez.
—Porque quería verte.
Draven parpadeó. Solo una vez. Pero fue como si le hubieran golpeado el pecho. Se quedó quieto. Sus manos, apretadas en puños a los costados, temblaban apenas.
—No deberías querer eso —susurró. Su voz había perdido dureza. Ahora solo quedaba un peso triste.
—No lo puedo evitar —dije. Y era verdad. Lo sentía en los huesos. En la piel. En el aire que cambiaba cuando él estaba.
Él bajó la mirada. Por un instante, lo vi dudar.
Algo se quebró en su expresión. Un hilo de rabia, de impotencia. Y también miedo. No de mí.
De sí mismo.
—Entonces eres más tonta de lo que pareces —hizo una pausa—. No puedo protegerte de todo —murmuró—. Ni de mí.
El silencio pesaba cuando él se giró para irse.
Sus pasos eran lentos, pero determinados.
Lo parecía. Pero esta vez, algo lo detuvo antes de que pudiera desaparecer como siempre.
—¿Por qué siempre te vas? ¿Por qué huyes?
No se giró al instante. Solo apretó los puños a los costados.
—No estoy huyendo —dijo con la voz tensa—. Estoy evitando hacer una estupidez.
Entonces se giró, y vi el destello rojo en sus ojos.
No era furia, no exactamente. Era algo más profundo.
—¿Cómo qué? ¿Salvarme?
Él dio un paso hacia mí, lento, pesado. No tenía esa calma controlada de siempre. Había algo contenido en su expresión. Algo que luchaba por mantenerse bajo control.
—Como hablar contigo más de lo necesario —dijo en voz baja, casi como una confesión—. Como quedarme.
Tragué saliva.
—Entonces… ¿por qué te quedas? Dijiste que no podíamos ser amigos.
Draven bajó la mirada, exhaló despacio y luego volvió a alzarla, clavándola en la mía con una intensidad que me hizo olvidar cómo se respiraba.
—Porque no puedo evitarlo.
Sus palabras me atravesaron.
El viento agitó las ramas sobre nosotros. Y durante un segundo, solo se oyó eso.
Él no se movía. Solo me miraba como si estuviera peleando con cada impulso de su cuerpo.
—¿Estás enfadado porque volví a pesar de que me advertiste?
—Estoy… —cerró los ojos un segundo, como si le costara decirlo—. Estoy frustrado.
—¿Por qué?
Cuando abrió los ojos, el rojo en sus pupilas ardía un poco más.
—Porque si sigues viniendo… si sigues tentándome a aparecer…
Se interrumpió. Su mandíbula se tensó.
—¿Temes lo que podrías hacerme?
Draven negó apenas con la cabeza.
—Temo lo que podrías hacerme tú a mí.
Esa frase me dejó sin aliento.
No me tocó. No se acercó más. Pero algo cambió en su postura. Relajó los hombros, y por un instante, su expresión fue distinta.