Una tormenta atroz azotaba el cielo. Las gotas producían un eco entre las piedras que se volvió ensordecedor con el pasar de las horas. Mavia apenas podía escuchar sus propios pensamientos. El agua empezó a filtrarse por las rendijas de la ventana, formando un charco cuyo tamaño fue aumentando junto con la intensidad de la tormenta. Se extendió tanto que rozó apenas la celda de la Sombra.
Los barrotes al rojo vivo titilaron ligeramente. La Sombra no pareció darse cuenta. Se estiró todo lo que pudo entre los barrotes de su jaula para alcanzar el charco. Con la punta de los dedos, arrojó unas cuantas gotas sobre la celda contigua. El metal se puso ligeramente más oscuro mientras el agua se evaporaba. Lo hizo un par de veces más, hasta que la Sombra se dio vuelta a mirarla.
—¿Qué estás haciendo, Suprema? —La voz de la criatura apenas era audible.
Mavia le hizo señas con las manos para que esperara. No quería gritar por miedo a que un guardia la escuchara. Le indicó a la Sombra que prestara atención al barrote, pero la criatura no lograba entenderla. Antes de que pudieran comunicarse, un grupo de guardias irrumpió en la habitación.
Por primera vez, no los habían escuchado acercarse. Sacaron a Mavia de la celda con los tobillos y las muñecas encadenadas. Era extraño que se la llevaran por la noche; las rondas de tortura empezaban por la mañana y terminaban en la tarde, antes de que se pusiera el sol. Le dedicó una sonrisa tranquila a la Sombra antes de que la arrastrasen por el pasillo. Esta gruñó en voz baja, como si tratara de intimidar a los guardias.
No la llevaron a la sala de torturas. La llevaron al coliseo.
Era una arena que en gran parte se usaba para entrenar soldados o realizar campeonatos de nombramiento. Algunas veces, sobre todo en festividades, la usaban para combates de entretenimiento. Cuando Mavia vio la mesita de armas colocada a su izquierda, no tuvo dudas de por qué la habían llevado. Recorrió el lugar con la mirada. La escasa luz provenía de los cientos de antorchas distribuidas a lo largo de las paredes de la arena y entre los pasillos de la tribuna.
En el palco real estaba Arturo, sentado en una silla exageradamente grande, girando una copa de vino en el aire. A su lado estaba Lara, portando una corona dorada con tres picos de cuatro centímetros que sostenían diamantes del tamaño de un huevo de codorniz. La miraba aburrida, con un codo apoyado sobre el brazo de la silla y el mentón sobre la mano. El enojo le hizo cosquillas a Mavia en la boca del estómago.
Siguió mirando la tribuna. El corazón le dio un brinco cuando empezó a reconocer caras: Tiono, rey de los gigantes; Balus, representante de las hadas; Cifren, reina de los nomos; Hegel, rey de los elfos. Todos, con sus respectivos séquitos y guardias, colmaban las gradas. Solo faltaban su padre, el Rey de los Dragones, y el Rey de los Kelpies.
Su madre apareció en el palco real. Caminó con una elegancia brutal y se sentó al lado de Lara después de que Arturo le besara la mano. No parecía tan tranquila como su hija mayor. El silencio fue atroz hasta que Arturo alzó la voz.
—Te debes estar preguntando qué haces aquí —se acercó un poco al borde del palco—. Dado que has jurado y perjurado ser la Suprema Mayor, hemos decidido reunir a los miembros de la Alianza para juzgarte como es debido.
Mavia lo miraba como un león a su presa. Una gota de sudor frío recorrió la frente del rey; la voz le temblaba al final de cada oración.
—Entre todos decidimos que lo más justo es darte la oportunidad de probar quién eres. Para eso preparamos un combate digno de una Suprema. Si lo ganas, tendrás tu libertad junto con una disculpa. Pero si pierdes… bueno, el combate es a muerte de todos modos.
—Ya ha probado que no es quien dice —la voz de Cifren hizo eco entre las piedras—. La mujer que yo conocí ni siquiera hubiera puesto un pie en esa arena.
—El pelo tiene el color correcto, pero Mavia no tenía marcas rojas en la piel —Hegel se unió a Cifren. Ambos la miraban con asco desde las alturas—. Y no parecen ser heridas.
—¿Son heridas, querida? —le preguntó Balus.
Mavia no respondió. Los miró con toda la furia que no había podido sentir durante años. El hada se estremeció en su asiento. La habitación volvió a quedar en silencio. El miedo empezó a contagiarse, a saltar entre ellos como un gato por los árboles. Todos pensaban lo mismo, pero ninguno iba a decirlo en voz alta: no podían permitirse pensar que se habían equivocado.
La sentencia ya estaba dictada, pero el verdugo todavía tenía las manos atadas. Mavia caminó hasta la mesita. El ruido de las cadenas era todo lo que se oía. Tomó una espada corta y la balanceó en el aire un par de veces. Se paró junto a la mesa a esperar que su contrincante entrara en la arena.
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Editado: 21.10.2026