Inmortal

53.

La puerta de madera se abrió en el otro extremo de la arena. Desde la profundidad del túnel, un sonido conocido se desparramó en el aire. Un siseo, acompañado de un gruñido bajo, precedía el avance de dos óvalos amarillos.

Por un segundo, Mavia pensó que la habían puesto a pelear con su compañera de celda. Respiró aliviada cuando las complexiones físicas no coincidieron. La criatura mostraba los dientes y gruñía en advertencia. Las antorchas de las paredes se fueron apagando a medida que se adentraba en la arena; no querían darle ninguna ventaja a Mavia.

Ella miró a su contrincante con algo parecido a la lástima. ¿Cuánto tiempo llevaría encerrada? ¿Cuántas veces la habrían torturado o usado para pelear? Suspiró, cansada. La piel alquitranada de su oponente se veía contaminada con múltiples pliegues grisáceos: demasiados testigos del dolor al que era sometida a diario.

—Tienes que matarla si quieres probar que dices la verdad —Lara habló con tono aburrido. Ni siquiera despegó el mentón de la mano.

Mavia pensó que su hermana estaba tan segura de su inocencia que había tramado esa prueba para darle una oportunidad. Era ridículo. Aflojó los dedos alrededor de la empuñadura. Las vibraciones del metal saltando sobre la arena detuvieron el avance de la Sombra.

—No tengo nada que probar —dijo mirando a los ojos de Arturo.

Él se removió en el asiento. De repente, era la silla más incómoda de todo el reino. Tomó un largo trago de vino. La Sombra parecía estar esperando una orden; lo miraba con el cuello estirado y entrelazaba las garras delante del pecho.

—Morirás entonces —respondió el rey.

Apenas vio lo que pasó. Una presión conocida se abrió paso sobre su abdomen. Cerró los dedos alrededor del brazo de la Sombra. El mar dorado bajo sus pies se oxidó al contacto con el espeso líquido rojizo. Algunos murmullos salieron de las tribunas, nada que pudiera entenderse. Hydna miraba la escena con las manos cerradas sobre los apoyabrazos a sus costados; los nudillos se le pusieron blancos de tanta fuerza.

Arturo tenía la mandíbula apretada y se frotaba la mano sobre la pierna. El nerviosismo de esos dos contrastaba con la calma de Lara.

La Sombra retrocedió un par de pasos mientras Mavia caía de rodillas. La sangre goteó desde las garras de la criatura. La Suprema jadeó; sus pulmones se llenaron de sangre.

—¿Qué estás esperando? —le preguntó Lara a la criatura—. Mátala de una vez.

Pero la Sombra no obedeció. Se quedó quieta mirando a la Suprema Mayor. Mavia apenas levantó la cabeza para devolverle la mirada. La piel sobre los ojos de la criatura nocturna se curvaba hacia arriba mientras que sus labios lo hacían hacia abajo.

—Un combate digno de una Suprema… —la falta de aire entrecortó las palabras.

Su corazón latía aceleradamente a la vez que la sangre se aglomeraba a su alrededor. La criatura miró a la tribuna, luego otra vez a Mavia. Dejó salir un grito agudo que hizo temblar el coliseo. Los presentes tuvieron que cubrirse los oídos para soportarlo; no pudieron evitar el mareo que les causó.

Para cuando volvieron a prestar atención, la criatura ya no estaba frente a Mavia. Había reptado por la pared hasta terminar en medio de ellos. Los guardias no respondieron lo bastante rápido. Mató a tres nomos antes de que pudieran ponerse de pie.

Balus fue la primera en salir corriendo, respaldada por cuatro guardias que la cubrieron lo mejor que pudieron. Cifren fue alcanzada por una de las garras de la Sombra mientras esta atacaba al guardia que la protegía; le hizo un corte profundo en el brazo. Hegel la ayudó a levantarse.

Mavia escuchaba el caos, pero solo tenía ojos para Lara. Seguía en el mismo lugar. Se le había endurecido la mirada; su expresión era sombría. La Suprema Mayor perdió el conocimiento unos minutos después de que el alboroto empezara. Lo último que escuchó fue el grito de Hegel cuando la Sombra le atravesó el corazón.




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