—Suprema…
La palabra retumbaba en su cabeza una y otra vez. La luz empezaba a abrirse paso entre sus párpados pesados. Su corazón latía lento; el cuerpo le pesaba tanto que no era capaz de moverse. Parpadeó un par de veces e hizo un sonido bajo para que la Sombra supiera que había despertado.
Sus labios se habían teñido de un gris que contrastaba con la palidez de su piel. Debajo de los ojos se formaron dos surcos profundos y oscuros. Las uñas se le habían puesto azules. El aire intentó entrar en sus pulmones de golpe. El cuerpo respondió: apenas pudo tomar impulso para girarse y escupir todo el líquido pegajoso. Un poco se escapaba también por su nariz. Se quedó con la cabeza a unos centímetros de la tierra, sosteniéndose con un hombro apoyado en el suelo.
—Le pedí que no te hiciera daño —la voz de la Sombra le hacía vibrar la mente—. Pero ya te había atacado.
Otra oleada de tos y sangre salió a la tierra.
—¿Le pediste…? —masculló, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¿Cómo?
La Sombra dudó en responder. Mavia se arrastró hasta la pared y recargó el peso de la espalda sobre ella.
—Podemos comunicarnos a distancia entre nosotras —respondió la criatura.
—¿Qué tan lejos?
—Un par de kilómetros.
No tuvo fuerzas para seguir preguntando. La imagen de su hermana sentada en ese palco estaba tatuada en sus párpados. El rostro aburrido, la orden de matarla… no tenía sentido. ¿Cuánto poder tenía Arturo sobre ella? ¿Qué historia le había contado?
—Gracias… —pudo susurrar.
Se quedaron en silencio el resto de la noche. La Sombra vigilaba el pecho de Mavia; temía que dejara de elevarse. Al amanecer, un grupo de soldados apareció en la celda. Otra vez llevaban una de esas camillas para trasladar muertos.
—¿A quién culparán esta vez? —preguntó la Sombra cuando los soldados se marcharon.
Un mal presentimiento apretó su pecho cuando las rondas de tortura empezaron. La voz joven que gritaba a la distancia parecía cada vez más familiar. Durante días, tuvo la sensación de que gritaba su nombre.
—Sombrita, tengo una idea para salir —le dijo en cuanto pudo formular una frase completa.
La criatura la miró intrigada.
—Anoche… con la tormenta… el agua casi apaga los barrotes, el brillo tembló. Estoy segura de que si les arrojas lo suficiente, se apagarán y podrás salir.
—¿Crees que una taza alcance? —respondió esta, pensando en el único líquido que le daban en todo el día.
—Tendrás que intentar.
Arturo no creyó la palabra de sus guardias cuando le dijeron que Mavia seguía con vida. Bajó a las mazmorras para verlo con sus propios ojos.
—¿Quién te ayudó? —gritó desde la puerta. No iba a acercarse a la celda después de lo que pasó la última vez—. ¿Quién te curó?
Nadie la había curado esta vez. Las heridas seguían abiertas y sangraban de a ratos. Estaba segura de que pronto se infectarían.
—¿Quién crees?
Arturo le arrojó tierra de una patada.
—El traidor de Laya fue ejecutado por ayudarte, junto con el Costurero. No hay nadie tan estúpido como para acercarse aquí después de eso.
—Pues ahí tienes… nadie me ayudó.
—¿Estás jugando conmigo? —Dobló la espalda para inclinarse hacia la celda, manteniendo la distancia—. ¿Crees que esto es un juego?
Mavia apretó la mandíbula.
—No sé qué es esto, Arturo. ¿Por qué no me lo dices? ¿Cuál es el punto? ¿Qué estás esperando conseguir?
El rey abrió los ojos hasta que su iris estuvo rodeado de blanco. Tenía las fosas nasales dilatadas y le temblaban las manos. Los soldados sudaban detrás de él, apretando las empuñaduras de sus espadas. Con los dientes apretados y la nariz levantada, le dijo:
—Desde la carne no podré quebrarte la esencia. Eso me queda claro. Pero tienes un corazón latiendo en el pecho. Eso te hace igual a cualquier otro mortal.
¿Quebrarle la esencia? ¿Ese era el punto de la tortura? El rey se acuclilló a tres pasos de los barrotes.
—Algo interesante que recuerdo de la hermana de mi esposa es que solía perder la cabeza cuando se desbordaban sus emociones. Aunque no importa, ¿verdad? No eres ella.
Mavia lo miró aburrida. Cómo le hubiera gustado arrancarle la lengua y dársela de comer a las ratas.
—Pero sé algo sobre ti también. Sé que tienes personas que te importan… —Curvó los labios en una sonrisa que destilaba maldad.
La Suprema ladeó la cabeza, confundida. ¿Hablaba de Zen? Arturo se puso de pie y dio un par de pasos atrás sin apartar los ojos de ella. Hizo una seña con la mano. La puerta chilló al abrirse. A la Suprema se le cortó la respiración.
Colgando de los brazos de dos guardias, con la cabeza apenas levantada para ver a dónde lo llevaban y arrastrando los pies en la arena… el pequeño Aren entraba en la habitación.
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Editado: 21.10.2026