Inmortal

55.

El cuerpo de Mavia tembló mientras se le aceleraba el corazón.

El rostro del niño estaba tan hinchado que no podía abrir un ojo. Desde la nariz se formaban costras negruzcas que le llegaban hasta el mentón; vestigios de una hemorragia nasal reciente. Tenía puesto un vestido de arpillera cuyo color no era distinguible con toda la sangre y suciedad que lo cubría. La piel de los brazos y las piernas estaba llena de cortes y de moretones azules, verdes y violetas. Algunos dedos no tenían uñas; Mavia agradeció en silencio que, al menos, no le faltara ningúno.

Una pupila vacía se cruzó con la furia creciente de una Suprema. Encendiendo la chispa desde el fondo del dolor.

—Mavia… —susurró el pequeño con la voz áspera de tanto gritar.

Sintió cómo se le estrujaba el corazón. No eran imaginaciones suyas: Aren había estado llamándola durante días. Le estuvo pidiendo ayuda y ella… ella apenas lo oía.

—Lo reconoces, ¿verdad? —Arturo tomó el rostro del niño y lo levantó con brusquedad.

El pequeño hizo una mueca de dolor en respuesta.

—No tengo idea de quién es ese niño.

Pensó que, si lo negaba, tendría una oportunidad de sobrevivir. Si no mostraba interés, si no reaccionaba, si fingía que no le importaba, tal vez… tal vez… El rostro del niño se ensombreció al oírla; su única esperanza negaba su existencia. La Sombra permanecía en silencio, observando. Tenía un mal presentimiento.

—¿No? —Arturo sonrió, divertido—. ¿En verdad no sabes quién es?

La Suprema mantuvo un rostro sereno e imperturbable, sin importar que el corazón quisiera salirsele del pecho.

—Bueno. Entonces no te importará que mis soldados se sigan divirtiendo con él —continuó Arturo.

El cuerpo de Mavia vibró con una desesperación única. Nueva. La impotencia de no poder romper las cadenas aumentaba al compás de repetir «no» en su mente mil veces por segundo.

Los soldados dejaron caer al pequeño en la tierra. Gimió de dolor cuando sus pulmones se comprimieron de golpe contra el suelo. Un par de lágrimas se le filtraron por los párpados. Los soldados vieron cómo se tensaron los músculos de la Suprema; vieron cómo arrastraba las cadenas hasta el borde de la celda. Uno dudó, pero la orden del rey fue clara. El otro parecía ansioso: era el mismo al que la Sombra le había cortado la oreja.

—Como todos los días —les recordó el rey, acercándose a la puerta. Descansó la espalda contra la piedra y cruzó los brazos sobre la barriga—. Adelante.

—¡No! —exclamó Mavia—. No se atrevan a tocarlo.

Cerró los dedos alrededor de un barrote; deseaba poder arrancarlo del suelo. Los soldados temblaron en el lugar. Miraron nerviosos a su rey, sabiendo que estaban jugando con fuego. Con un movimiento de cabeza, Arturo ratificó la orden.

El soldado sin oreja tomó al niño de las muñecas y lo arrastró hasta estar frente a frente con Mavia. Aren lloraba con los ojitos cerrados y su cuerpo temblaba mientras cerraba las manitos sobre el vestido. A la Sombra se le rompió el corazón; era demasiado cruel, demasiado oscuro incluso para una Criatura de la Noche.

El soldado miró a Mavia con una sonrisa lasciva dibujada en la cara.

—No lo toques —ordenó ella con tono amenazante.

Pero un león enjaulado no da miedo. El segundo soldado estaba inmóvil frente a la puerta. Un sudor frío recorrió su nuca mientras miraba a su compañero.

—Hazlo —lo incitó Arturo— o no recibirás tu paga.

Con los labios temblorosos y la duda marcada en cada paso, el soldado se unió a su compañero.

—¡Retrocede! No lo toques —gritó Mavia.

Eso era lo que Arturo quería: que se desesperara. El soldado miedoso le dio una patada en las costillas. Aren gritó. Este siguió pateándolo una y otra vez mientras Mavia le gritaba que parara. Lo amenazó de muerte a él y a toda su familia. Era todo lo que podía hacer: gritar.

La desesperación se volvió terror cuando la expresión del soldado cambió. No era una simple sonrisa lo que se formó en su rostro; era una expresión macabra nacida de un deseo oscuro.

—¡Suprema! —gritó la Sombra en su mente.

Mavia la miró con los ojos desorbitados. La criatura sostenía el cubo que había estado usando para sus necesidades. Lo entendió al instante. Se movieron tan rápido que nadie vio lo que pasó hasta que fue tarde.

Mavia gateó veloz hasta su propio cubo y lo tomó al tiempo que la Sombra se ponía frente a ella en su celda. Con una sincronización improvisada, arrojaron los desechos de ambos cubos sobre los barrotes de la Sombra. Una buena parte de los desechos de Mavia rebotó sobre sus propias rejas, bañándola en orina y excremento. Otra parte llegó a su destino.

Cuatro de los barrotes se apagaron, dejándola deslizarse entre ellos. La luz del sol le quemó la piel al cruzar la parte iluminada por la ventana, pero el dolor no la detuvo. Reptó hasta el soldado sin oreja y le cortó el cuello en menos de un segundo. La sangre salió a borbotones.

Antes de que este cayera muerto, la Sombra ya se había lanzado contra el segundo soldado. Este apenas estaba volviendo la vista del baño de inmundicia cuando las garras de la criatura le atravesaron el corazón. Arturo reaccionó un poco más rápido; trató de desenfundar la espada, pero la Criatura de la Noche lo interceptó por el codo y lo empujó hacia abajo. Le clavó los dientes en el cuello y, antes de que pudiera gritar, le arrancó la garganta. Cayó de rodillas al suelo y luego se desplomó por completo.

El silencio reinó un momento, rompiéndose solo con los sollozos de Aren, que era incapaz de abrir los ojos. Mavia contempló con un ligero disfrute cómo las luces verdes salían de los cuerpos inertes.




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