Inmortal

56.

La criatura de la noche escudriñó entre las ropas de los muertos buscando las llaves que liberaban a Mavia. Sus manos se movían con una desesperación contenida que incrementaba a cada segundo.

—No están —concluyó.

Trató de romper las cerraduras con las garras. Volaban chispas con cada choque contra el metal, pero no se formó ni una grieta.

—Olvídalo —le pidió Mavia—. Llévate al niño. Ponlo a salvo. Yo voy a estar bien.

La Sombra lo pensó un momento. Era imposible.

—Es de día, Suprema. No puedo salir con él a cuestas. No en la ciudad.

Maldición. La Sombra podía deslizarse bien sola, pero con Aren… no podía reptar, no podía afinarse ni pegarse a las paredes. Necesitaba espacios amplios, sombras anchas. El eco de unos pasos apresurados se escuchó lejos por los pasillos. Tenían poco tiempo antes de que alguien supiera que el rey estaba muerto.

—Úsame… usa mi cuerpo. —Recordó cómo las Sombras poseían los cuerpos humanos durante la guerra. Podía hacerlo con el suyo también.

Vio la duda en sus ojos. Vio el miedo. El medio paso atrás que dio la Sombra la hizo temblar. Se sobresaltó sutilmente cuando la criatura se deslizó entre los barrotes de su celda. Los ojos amarillos se clavaron en los suyos como si tratara de ver algo más allá de ellos. Estaban tan cerca que podía rozarle la piel con la nariz.

La criatura desvió la atención a las cadenas de dianitra. Si no podía cortarlas, de nada serviría entrar en el cuerpo de Mavia. La agarró del brazo con una mano y con la otra sostuvo la cadena. Aren había dejado de llorar.

—No puedo romperlas sin cortarte el brazo.

Ella también lo había pensado. Parecía que estaban en un callejón sin salida.

—Las llaves tienen que estar en la mazmorra. Las buscaré.

Se fundió con las sombras de la habitación antes de que Mavia terminara de pedirle que esperara. Ella no podía proteger a Aren si aparecían más soldados. Los nervios la hicieron temblar cuando unos pasos lejanos se escucharon del otro lado de la puerta. Se preguntó si la sangre de Arturo habría pasado por debajo de la madera, si se habían escuchado ruidos extraños o si alguien se estaba preguntando por qué no volvieron a subir.

Contuvo la respiración mientras trataba de escuchar qué pasaba del otro lado de las paredes de piedra. El corazón le martillaba el pecho con fuerza. Un estremecimiento la hizo aferrarse al metal de la celda. Exhaló cuando los pasos parecieron seguir su camino sin detenerse en la habitación. Los segundos se volvieron minutos de espera pesada y agobiante.

—¿Tus hermanos están aquí también? —le preguntó al pequeño en un susurro miedoso. No quería que nadie más la escuchara.

El pequeño negó con la cabeza. Bien, solo tenía que preocuparse por sacarlo a él. En otro momento le preguntaría cómo llegó ahí, qué querían de él y dónde lo encontraron. En ese momento no; no quería agobiarlo a preguntas cuando apenas podía respirar.

El corazón de Mavia casi se detuvo cuando la puerta se movió unos centímetros. Al volverse a cerrar, unos destellos plateados se movieron por la tierra seguidos de una mancha negra. La Sombra había vuelto con las llaves. Con todas ellas.

—No sabía cuál era, así que traje todas —le dijo mientras soltaba el puñado de llaves en la tierra.

Mavia tomó una y la probó. Luego otra y otra. La Sombra hizo lo mismo. Tenían que hacerlo lo más rápido posible; la falta de las llaves no iba a pasar desapercibida mucho tiempo. El rostro de la Suprema se iluminó cuando uno de los grilletes se abrió en manos de la Sombra. Esta pareció sonreír. Con la misma llave, grisácea y del tamaño de un dedo pequeño, soltaron los cuatro grilletes.

Cuando el último cayó al suelo, Mavia tomó la cabeza de la Sombra entre sus manos.

—Hazlo —la orden fue rotunda. Ni un ápice de duda o miedo salieron de esa mujer.

A lo lejos empezaron a sonar las campanas de alarma.

—Tvam svatantrah asi. Recuerda esas palabras o no podré salir.

Mavia asintió. Repitió las palabras en voz alta una vez y luego varias mentalmente. La Sombra se convirtió en una nube de partículas negras. Flotaron en el aire formando un cilindro de dos puntas. Se metió en el cuerpo de Mavia por la nariz y la boca. Su cuerpo tembló un poco hasta que toda la nube fue introducida. Luego se relajó. Sus ojos grises desaparecieron y en su lugar aparecieron las brillantes turmalinas de la Sombra.

Lo último que Mavia alcanzó a pensar, antes de que su conciencia quedara rezagada detrás de su invitada, fue una petición que la Sombra tomó gustosa:

—Si puedes elegir, llama al viento.

Siempre su elemento favorito; el que mejor se llevaba con su cuerpo y el más útil a la hora de pelear con grupos grandes. Rodeando sus brazos con ráfagas cortas pero afiladas, lograron romper los barrotes de la celda. Levantó al pequeño en brazos. Estaba mucho más delgado de lo que Mavia recordaba. Aren pasó los brazos alrededor de su cuello y escondió la cara en su hombro. La Sombra sintió una oleada de ternura y compasión que golpeó a Mavia hasta contagiarla.

—Mantén los ojos cerrados —le pidió con una voz extraña. No era igual a la de Mavia, pero tampoco era tan diferente; parecía hacer eco, como si hubiera varias personas diciendo lo mismo al mismo tiempo.

Aren movió la cabeza delicadamente, aceptando la orden. Mavia notó que había sangre desparramada donde había estado acostado. Cuando estuvieran a salvo, lo llevaría con alguien que pudiera curarlo.

Lo primero era sacarlo vivo de Tercia.




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