Inmortal

57.

Un grupo de soldados se amontonó en la puerta. Trataban de derribarla a patadas, pero la Sombra la mantuvo cerrada con una oleada constante de ráfagas de aire.

Con un ataque similar rompió los barrotes de la ventana. No tenía idea de a dónde daba, pero era la forma más rápida de salir. Asomó la cabeza para asegurarse de que fuera seguro. No había soldados a la vista; se estaban amontonando en la entrada de la mazmorra, en el lado opuesto a su salida.

Deslizó al niño por la apertura de medialuna y luego se arrastró ella misma a través de ella. Le costó salir; la tierra todavía estaba mojada por la tormenta, haciendo que su cuerpo resbalara hacia abajo. Una vez afuera, volvió a alzar en brazos al pequeño y empezó a correr lejos de las paredes. No sabía bien hacia dónde.

La Sombra simplemente corrió y corrió hasta que sintió arder sus pulmones, una sensación que Mavia no había tenido oportunidad de experimentar en mucho tiempo. No se detuvo a pensar por qué podía sentirlo; su mente estaba ocupada en Aren. Pronto llegaron a un muro de piedra de unos tres metros de alto: el límite entre los terrenos del palacio y la ciudad.

—¡Alto! —gritó un soldado a su izquierda.

Probablemente era un centinela haciendo la ronda habitual, pero con la conmoción en la mazmorra no se arriesgaron. La Sombra lanzó una cuchilla de aire directo a su cuello. La cabeza se desprendió del cuerpo; nadie la vio caer al suelo. El ruido de un tumulto acercándose se escuchó más cerca de lo que esperaban. Varias campanas empezaron a sonar en múltiples direcciones. La ciudad entera se puso en alerta.

Arremolinando el aire a sus pies, la Sombra logró elevar el cuerpo de Mavia sobre el muro. Sujetó con más fuerza al niño, que temblaba como una hoja entre sus brazos. Se escucharon gritos indistinguibles seguidos de zumbidos agudos. Las flechas pasaban a su lado con promesas de dolor y muerte. Mavia tuvo miedo de que alguna golpeara a Aren y lo acomodó lo mejor que pudo para cubrirlo. Una de las flechas alcanzó a clavarse en el omóplato de la Suprema.

La Sombra dejó salir un gruñido bajo de dolor. Ella también lo sintió; con la Sombra dentro, podía sentirlo todo. Y no solo eso: ahora percibía la peste que emanaba de su propio cuerpo, consecuencia del baño de inmundicia y los meses sin tocar un jabón. Del otro lado del muro había casas pequeñas y tercianos que miraban consternados a la mujer que parecía volar.

Corrió entre las calles a toda velocidad esquivando personas, carritos, animales y edificios mal ubicados. Era un laberinto. Se detuvo en seco cuando la calle se abrió en cuatro caminos. Miraron cada uno esperando un indicio del destino. Al final, lo dejó al azar y fueron por la izquierda. Cruzaron los dedos para que los llevara fuera de la ciudad.

El camino empezó con barro y charcos, flanqueado por casas pequeñas y descuidadas. Pero a medida que avanzaba, el panorama cambiaba. La tierra se convirtió en piedra y las casas eran más grandes. Todo se veía más cuidado, más limpio y… Mavia terminó por reconocer la zona cuando el camino se cruzó con otro mucho más grande. Habían corrido hacia el centro de la ciudad, hacia la calle principal.

El pánico se apoderó de la Sombra cuando vio a un grupo de soldados correr hacia ellos. Giraron en dirección contraria. La calle principal llegaba hasta la frontera de la ciudad con el bosque; solo tenían que seguirla y estarían fuera.

Las cosas se complicaron cuando más soldados aparecieron desde todas direcciones hasta rodearlos. Los guardias pensaron que con eso se detendrían, pero la Sombra tuvo una mejor idea. Usó la técnica favorita de Mavia, esa que tantas veces la había visto usar contra sus camaradas: las cuchillas de viento. El aire se desprendió de su cuerpo en un círculo perfecto que cortó al medio a una decena de hombres.

No alcanzó para abrir una brecha, así que armó una especie de ráfaga en forma de arco y pasó por encima de los soldados que tenían delante. Tuvo que cubrirse la espalda cuando empezaron a lanzarle flechas mientras se alejaba. De repente, escucharon el traqueteo de caballos que se acercaban a toda velocidad. Eran por lo menos cinco.

Usaron la misma técnica de rodeos, pero esta vez tenían látigos con espinas grandes que se agarraron a la carne de Mavia como garrapatas. La Sombra carraspeó mientras la forzaban a detenerse. Aren gritó de dolor cuando uno de los látigos se afirmó en su pierna. La Sombra ardió de ira junto a Mavia. Un remolino se levantó alrededor de ellos, ensanchándose y ganando velocidad hasta volverse un tornado. Los caballos y sus jinetes salieron volando al tiempo que los demás soldados reculaban.

Dejó el tornado contra ellos, permitiendo que se extendiera libremente. Siguieron la marcha sin detenerse a pensar en cuántos inocentes estarían muriendo con ese hechizo. ¿Cuántas luces danzarían al cielo en ese momento? No se dieron vuelta para averiguarlo.

La visión de la criatura empezaba a borrarse. Sentía una puntada de dolor en la cabeza; había usado una cantidad abismal de magia en un estado físico deplorable, tanto el suyo como el de su huésped. Empezaron a pesarle las piernas. Los brazos le dolían de cargar al niño. Eran las primeras señales del agotamiento. Pronto no podría moverse.

Un momento de alivio llegó al ver los primeros árboles del bosque a lo lejos. Apenas se habían adentrado unos pasos en la arboleda cuando una ráfaga trajo un aroma conocido desde la ciudad. Un escalofrío recorrió la columna de Mavia.

La Suprema Menor se había unido a la cacería.




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