—Tvam svatantrah asi.
La Sombra salió expulsada del cuerpo de Mavia en el instante en que las palabras resonaron en el fondo de su mente.
—¿Qué estás haciendo? —Su voz sonaba cansada. El cuerpo se materializó rápido frente a ella. Respiraba por la boca, generando un silbido agudo.
Mavia le entregó al niño en brazos. Ninguno de los dos se había dado cuenta de que estaba inconsciente; tampoco se frenaron a discutirlo. La Sombra lo sujetó en un abrazo protector.
—Llévatelo. Ponlo a salvo —le pidió Mavia.
—Eso intentaba. ¿Por qué me expulsaste? Lo estábamos haciendo bien.
—Mi hermana viene por nosotros. Lo hiciste bien hasta aquí, pero si viene a pelear, no hay forma de que le podamos ganar.
La Sombra miró en todas direcciones. No se veía nadie cerca.
—Todavía está lejos; no va a alcanzarnos si seguimos a este ritmo.
Mavia negó con la cabeza.
—Seguimos corriendo, ¿y luego qué? ¿A dónde vamos? Tú estás agotado y mi cuerpo no está en condiciones de afrontar más peleas. —Se arrancó la flecha del omóplato mientras hablaba. Le costó un poco porque se había clavado hasta el hueso, pero la movilidad del brazo no se vio afectada—. Olvídalo. Solo vete, llévalo a un lugar seguro.
La criatura movió la cabeza, nerviosa. Las hojas de los árboles se mecían bajo el roce de una brisa veraniega. En el horizonte rugía una tormenta cuyos rayos pronto estremecerían la tierra.
—Tal vez Lara venga a ayudarnos —dijo la Sombra. Mavia hizo una mueca ante la idea—. Arturo está muerto —se apresuró a añadir—. Ella debe ser libre de su control.
La Suprema sonrió suavemente.
—Mírame a los ojos y dime que realmente crees que la tenía hechizada. —La Sombra bajó la cabeza—. Yo tampoco lo creo. Ya no.
—Lo pondré a salvo y volveré por ti —le prometió.
Mavia asintió.
—Vete.
Se quedó viendo cómo la Sombra desaparecía en la espesura del bosque. Esperaba no haberse equivocado al confiarle la vida de Aren. Estaba segura de que no volverían a verse, pero no le importaba mientras el niño estuviera a salvo.
No supo cuánto tiempo estuvo de pie mirando el bosque. Escuchó el ruido del viento entre las ramas y el canto de las aves en sus nidos. Vio pasar un par de mariposas volando en espirales. Una serpiente tuvo el atrevimiento de arrastrarse entre sus pies. Fue un momento de paz; el único que había podido disfrutar en siglos. Tener de vuelta el corazón le facilitaba experimentar las emociones que había estado tratando de desbloquear. No llegó a decidir si le gustaba o no; simplemente era diferente. Sin la Sombra, el olfato y la sensibilidad al dolor la volvieron a abandonar.
—Hermana —escuchó la voz de Lara a su espalda—. Hueles a mierda.
La Suprema Menor había llegado sola. Estaba confiada en que Mavia no representaba ninguna amenaza.
—Tuve que ser creativa para escapar.
El rostro de Lara estaba endurecido. No había tristeza, ni dolor, ni enfado. Era una piedra. Miraba a Mavia con la indiferencia con la que se observa a una mosca. Su vestido blanco, sin mangas, ondeaba como una bandera.
—Vuelve a faltarte un brazo —señaló Mavia con una sonrisa tranquila. Recordaba perfectamente el día que su hermana negó haberlo perdido. Sin embargo, ahí estaba, parada frente a ella con un muñón perfectamente cicatrizado. Lara torció el gesto y mostró los dientes en un gruñido sin sonido.
Con un movimiento rápido, Lara desprendió un látigo de agua desde la punta de sus dedos. Lo cerró sobre el cuello de su hermana y tiró de él hasta arrojarla al piso. Por mucho que Mavia se resistió y trató de aflojar el agarre, no hubo forma de zafarse.
—Si te hubieras dejado llevar un poquito, podríamos habernos ayudado mutuamente, hermana —Lara se agachó para acariciarle la cabeza—. Pero mataste al rey y tendrás que pagar por eso.
Empezó a arrastrarla por el pasto a un paso suave pero constante. El látigo le cortaba la respiración. Mavia quedó inconsciente mucho antes de que Lara la arrastrara por las calles de la ciudad.
Los tercianos miraban consternados cómo la Suprema Mayor era tratada como una criminal de segunda. Aunque eran leales a Lara, ninguno olvidaba cómo Mavia los había salvado de las Sombras durante la guerra. Muchos tuvieron que apartar la mirada y secarse las lágrimas. Nadie amagó con ayudarla.
La llevó a la plaza. Un grupo de soldados la subió a una plataforma de madera. La estructura pronto se vio rodeada por ojos curiosos. El instrumento estaba hecho de maderas gruesas y rojizas, talladas para formar agujeros: uno para la cabeza y otros dos para las muñecas. Quién sabe cuántos reos habían encontrado su fin debajo de la afilada cuchilla que ahora colgaba sobre la nuca de Mavia.
Lara quería una ejecución formal. Debían esperar al verdugo real y al lector de sentencias antes de cortarle la cabeza. Mientras tanto, ella se había retirado al palacio para prepararse para la ocasión. Eligió un vestido azul marino con mangas abultadas y una falda recta. Se trenzó el pelo en forma de corona y lo adornó con broches de oro y diamantes.
El rugido de los rayos hizo que Mavia recobrara la conciencia. Se golpeó el borde de la nuca al despertar. Su corazón se descontroló mientras movía frenéticamente cada músculo del cuerpo. Se desesperó por salir del cepo. ¿Podría sobrevivir sin cabeza? Probablemente no, y tampoco quería averiguarlo.
El verdugo ya estaba parado frente a la palanca y el lector de sentencias estaba en el palco con el pergamino apretado debajo del brazo. Ambos llevaban la cara tapada por una tela roja. Esperaban a Lara para iniciar la ejecución. Las maderas de la plataforma vibraban a la vez que un sonido familiar se esparcía por el cielo. Era sutil y se perdía entre los truenos, pero lo escuchó.
Lara ya estaba subiendo las escaleras cuando un batir de alas la hizo mirar hacia arriba.
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Editado: 21.10.2026