Insomnia Planetaria

Reinúr Selson. Little Moments

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Hay pensamientos que llegan a la mente sin pedir permiso.

Al principio parecen pequeños.

Una idea.
Una imagen.
Una sensación.

Pero la mente ansiosa tiene una extraña manera de volver sobre ellos.

Los toca.

Los mira.

Los vuelve a tocar.

Y cada vez que regresa, el pensamiento parece crecer un poco más.

Entonces ocupa la mañana.

Después la tarde.

Y cuando llega la noche, todavía está allí.

Qué cansancio.

Qué tristeza sentir que la propia cabeza no sabe descansar.

A veces uno quisiera abrir una ventana y decirle:

ya basta.

Pero los pensamientos no se van porque uno les grite.

Se van cuando dejamos de alimentarlos.

Por eso, aquella noche, una mente cansada decidió hacer algo diferente.

Cuando el pensamiento apareció, no intentó expulsarlo.

Tampoco quiso entenderlo.

No buscó una explicación.

No lo siguió.

Solamente lo miró y dijo:

“Sé que estás aquí. Pero no voy a caminar con vos.”

Y siguió con su noche.

El pensamiento volvió.

La mente volvió a decir:

“Sé que estás aquí. Pero no voy a caminar con vos.”

Volvió una tercera vez.

Y otra.

Y otra.

Porque los pensamientos persistentes no siempre desaparecen de inmediato.

A veces necesitan comprobar que ya no encuentran alimento.

Entonces comenzaron a suceder pequeñas cosas.

El pensamiento seguía llegando, pero permanecía menos tiempo.

Después llegaba más tarde.

Después aparecía solamente de vez en cuando.

Y un día llegó tan débil que la mente casi no lo reconoció.

Entonces comprendió algo hermoso:

no todo pensamiento que permanece mucho tiempo merece permanecer para siempre.

Algunos solamente necesitan que dejemos de darles nuestra vida.

Y así, sin pelea, sin miedo y sin despedida, aquel pensamiento comenzó a morir.

No murió de golpe.

Murió de hambre.

Cada vez que apareció y no fue alimentado, perdió un poco de fuerza.

Cada vez que la mente eligió otra cosa, perdió un poco de espacio.

Cada vez que llegó la ansiedad y aun así hubo calma, perdió un poco de poder.

Hasta que una noche volvió a aparecer...

y ya no dolía.

Otra noche apareció...

y ya no importaba.

Después pasó un día entero sin aparecer.

Y nadie se dio cuenta.

Porque para entonces la mente había vuelto a llenarse de otras cosas:

del viento,

de la lluvia,

de una canción,

de la luna,

de las luces de los edificios,

de una taza caliente,

de la vida.

Y aquel pensamiento, que alguna vez parecía interminable, se había convertido en algo diminuto.

Tan diminuto que finalmente desapareció.

No porque hubiera sido arrancado.

No porque hubiera sido vencido.

Sino porque la mente dejó de necesitarlo.

Y cuando la ansiedad vuelva a decir:

“Aquí está otra vez.”




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