Estaba sumergida en un sueño profundo cuando un ruido, como si algo se rompiera y se estrellara contra una pared, me despertó. Abrí los ojos asustada y me incorporé en la cama. Por fin, mis oídos captaron los gritos de mi padre, que estaba fuera de sí. De fondo, se escuchaba la voz de mi madre, que trataba de tranquilizarlo:
—Cariño, baja la voz; los niños aún duermen.
En ese instante, se me cruzó un pensamiento: ojalá no hubiera despertado nunca de mi sueño, así no tendría que enfrentarme a la realidad de todos los días. Los demás nos veían como una familia ensamblada y perfecta, con los hijos aplicados que todos los padres quisieran tener. Pero, detrás de toda esa fachada, había gritos, golpes y maltrato psicológico por parte de un padre al que ninguno de nosotros se atrevía a enfrentar. Y no solo eso: mi padre también le había inculcado esa conducta al otro monstruo, como me gusta llamarlo: mi hermano, James Blackwood.
Ah, por cierto, ese es nuestro apellido: Blackwood. El apellido que desearía no llevar sobre mis hombros. Como mi padre me inculcó, yo soy la princesa de la familia y debo comportarme como tal. Si eso significa mantener las apariencias, lo haré. Al fin y al cabo, soy descendiente de una de las familias más ricas de nuestra ciudad. Me enseñaron que puedo conseguir lo que quiera con solo chasquear los dedos.
Todos menos él…
Erik Morales.
Llevo profundamente enamorada de él desde que ingresó en noveno grado al instituto de élite al que todas las familias adineradas mandan a sus hijos: el Instituto Bellmont, ubicado en Boston, Massachusetts. Allí se notaban las diferencias de clase social: si eras becado, automáticamente te convertías en un marginado; en cambio, los hijos de familias ricas recibían un trato privilegiado. Cuanto más rico eras, más alto subías en el estatus social de la institución.
Por desgracia, yo estaba en la cima gracias a mi apellido y a que mi padre era uno de los grandes colaboradores del instituto. Donaba millones de dólares solo para demostrarles a los demás que era un alma caritativa y que le importaban las obras benéficas. Con sus donaciones ayudaba a que chicos de familias humildes pudieran asistir a la institución más prestigiosa de la ciudad, una cuya cuota —y hasta el uniforme— sus padres no podrían pagar ni trabajando en tres empleos. Por más crudo que parezca, uno de esos becados a los que mi padre ayudaba era Erik. Obviamente, no bastaba con recibir esa ayuda: los becados tenían que sobresalir en clase y obtener buenas notas para seguir conservándola.
Erik era el mejor de la clase. Yo lo observaba desde lejos, sentada dos pupitres detrás, como una loca. Podía verlo a él y a su grupo de amigos. Vergonzosamente, sabía cómo se llamaban porque lo había averiguado fingiendo desinterés y preguntándole a mi amiga Trina.
—No sabía que teníamos que compartir clase con la peste —dijo Trina, riéndose mientras miraba al grupito, que parecía estar haciendo bromas entre ellos mientras esperaba al profesor.
—Guau, es impresionante cómo logró hacer amigos tan rápido desde que ingresó al instituto hace dos días —dije mientras me retocaba el brillo labial.
En ese instante, giré la cabeza hacia mi amiga al percibir su silencio y noté que me estaba fulminando con la mirada.
—¿Qué? ¿Me manché? —pregunté mientras agarraba el espejo de cartera para volver a mirarme los labios.
—No, pero no seas ilusa, Sam. La peste se junta con la peste. ¿Qué esperabas? Son todos unos becados a los que tu padre hizo entrar mediante sus donaciones a nuestra institución. Deberían darte las gracias, amiga.
—Ay, no exageres —dije mientras bajaba la mirada, avergonzada—. Cambiando de tema, ¿quiénes son los nuevos amigos de Erik?
—Amiga… No me digas que sabés sus nombres.
—Eh, sí… —empecé a moverme incómoda en mi pupitre, tratando de no parecer alguien a quien acababan de descubrir—. Megan ingresó hace dos días. Escuché su nombre cuando se presentó frente a todos en la clase del señor Killman, antes de que empezaran a murmurar cosas como «otro becado» y a reírse disimuladamente —pensé.
—Mi parte favorita fue cuando se fue a sentar a su pupitre, avergonzado. Su cara fue un poema —dijo Trina, tapándose la boca para no soltar una carcajada.
—Megan… No seas así —dije, adoptando un semblante serio.
—¿Así cómo, Sam? Ellos ni siquiera pertenecen aquí; son solo intrusos que tendrían que estar en un instituto de su nivel. Aquí son un estorbo. ¿Lo recordás? —dijo mientras se miraba las uñas—. Sé que tenés un corazón enorme, amiga, pero, por favor, no caigas tan bajo. O sea, míralos.
Giré la cabeza y, en ese momento, Erik dejó de reírse con su amigo. Nuestras miradas se cruzaron. Sentí cómo mis mejillas se ponían coloradas y las manos me empezaban a sudar. Entonces, Megan me sacó de mi burbuja.
—Por lo que sé, sus amigos son de la misma calaña que él.
—Él es panadero. Su familia tiene una panadería y apenas les alcanza para mantener el pequeño negocio familiar, donde él trabaja cuando sale de aquí… Patético, ¿no? —dijo Megan, mirándolo con una risa maliciosa.
Ian tiene una madre fallecida y un padre que arregla autos en un pequeño taller de la ciudad. Después tenemos a Megan, la dulce e inocente Lisa: ella es hija del profesor Richerson. Por eso, cuando el maestro le rogó al director que le diera una beca para su hija, se la concedieron. Por último, está Erik. No pude averiguar mucho sobre él, aunque tampoco me esforcé demasiado. Por lo que sé, su padre lo abandonó cuando era pequeño y vive con su madre y sus hermanos.
Me giré hacia ella, desconcertada.
—¿Cómo sabés todo eso?
—Mark lo averiguó. Ya sabés que, para atormentar a sus víctimas, les gusta conocer sus vidas y descubrir sus puntos débiles.
—Qué cruel… —murmuré mientras veía cómo el profesor llamaba la atención a la clase.
—¿Qué?
—Nada —respondí con una sonrisa fingida, mientras volvía a concentrarme en la nuca y el cabello sedoso de Erik, que alguna vez deseaba poder tocar con mis propias manos.
Volviendo a mi atormentada realidad, me encontraba en el comedor con mis padres y mi hermano, desayunando como una familia feliz, mientras repetía esa frase irónicamente en mi cabeza.
De reojo, veía cómo las empleadas de la casa limpiaban el jarrón que mi padre había roto durante uno de sus ataques de ira, provocado por una inversión fallida en la empresa. Pero el jarrón no había sido el único en pagar las consecuencias: debajo de la bufanda de mi madre se escondían las marcas que intentaba disimular. Había salido corriendo a su habitación para ponérsela cuando vio que mi hermano y yo bajábamos por las escaleras. Como siempre, todos preferían fingir demencia. Pero yo ya no. Ya no era la niña sumisa que mi madre quería que fuera. Estaba cansada, agotada de todo aquello, de toda esa farsa.
—¿En qué estás pensando, cariño? —preguntó mi mamá mientras me tomaba la mano por encima de la mesa—. ¿No tocaste tu desayuno? ¿Querés que le diga a Gloria que te prepare otra cosa?
—No, mamá, lo siento. No tengo hambre.
—Debe de estar pensando en el bicho raro de la escuela —dijo mi hermano, sin dejar de mirar su celular mientras tomaba su taza de café.
—¿Qué? —Mi padre me miró fijamente, dejó de escribir en su computadora y la cerró de manera poco delicada.
—Nada, papá. James tiene ideas locas —respondí mientras le daba una patada por debajo de la mesa.
—Si eso explica tu cara de boba cada vez que lo ves… —dijo James, dejando el celular y alzando una ceja.
—¿Quién es? Acuérdate de que tengo planes para vos y no necesito estúpidas distracciones en este momento —dijo mi padre. Luego me tomó la mano de forma «cariñosa» y la apretó con demasiada fuerza.
—No es nada, papá. Ya te lo dije —respondí mientras me levantaba de la mesa—. ¿Puedo ir a cambiarme? Se me hace tarde para ir al instituto.
—Sí, cariño. Le diré al chofer que esté listo para llevarlos.
Subí rápidamente la escalera y, cuando llegué a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé contra ella mientras respiraba agitadamente. Una lágrima traicionera me cayó por la mejilla.
Lamentablemente, mis intentos de disimular mi enamoramiento por Erik no habían funcionado. Mi hermano había encontrado notas en mi cuaderno en las que escribía su nombre unas cien veces y marcaba la hoja con besos pintados con mi labial. Sí, ya lo sé, es ridículo… pero no me culpen. Me gustaba desde noveno grado y ahora estábamos en el último año del instituto, el último antes de graduarnos. Aunque mi amor era platónico, nunca me había acercado a hablarle y él tampoco lo había intentado. Todo el instituto lo había hecho sentir como un marginado, como alguien que ni siquiera merecía que le dirigiéramos la palabra. Así que, durante todos esos años, su único apoyo había sido su grupo de amigos.
Sí, habíamos cruzado miradas un par de veces, pero parecía que él no estaba interesado. Y mucho menos después de que, antes de irnos de vacaciones y terminar el penúltimo año, lo viera a él y a Lisa apoyados en los casilleros, en medio de un beso apasionado. Para mi mala suerte, el pasillo estaba completamente desolado, excepto por ellos y por mí, que había salido de la clase de ciencias para ir al baño por una emergencia de chicas. Al doblar por el pasillo, el sonido de mis tacones resonó y ellos se giraron, asustados, para mirarme. Yo, presa del pánico, solo atiné a decir:
—Eh… yo… lo siento. Solo…
Entré en pánico, me di vuelta y me fui.
Patética.
Pero no solo fueron el sonido de ese beso y el de mis tacones los que resonaron en aquel pasillo que habría deseado no cruzar nunca. También se oyó el sonido de un corazón rompiéndose en ese instante. Y ese corazón era el mío…
Basta de recuerdos tristes y dolorosos, me dije mientras terminaba de ponerme el uniforme, que constaba de una camisa, una chaqueta elegante y una falda que se amoldaba perfectamente a mis caderas.
Sinceramente, sabía que era linda. No solo por mi autoestima, sino porque era igual a mi mamá cuando era joven: rubia, alta y con unos hermosos ojos azules que yo había heredado. Sin embargo, los ojos de ella ya no tenían el brillo de antes; mi padre se lo había apagado.
—Estoy lista —dije mientras bajaba las escaleras con el bolso al hombro.
—Al fin —dijo mi hermano, poniendo los ojos en blanco antes de dirigirse al lujoso auto donde nos esperaba el chofer.
Mi mamá me lanzó una mirada tierna mientras se acercaba para acariciarme el pelo y la mejilla.
—¡Cómo creciste, mi vida! —dijo con voz suave.
—¡Mamá! —protesté, avergonzada.
—Te dejo ir, mi niña. Espero que este año en el instituto te vaya bien y puedas graduarte con honores.
—¿De qué sirve? ¿Para después casarme con el hijo de uno de los socios de papá, como él quiere? —pregunté mientras apartaba suavemente su mano de mi mejilla.
—Tu papá quiere lo mejor para nosotros, mi amor —respondió con tono suave.
—¿Y qué hay de lo que yo quiero, mamá? ¿Eso importa? —pregunté. Mi tono había sonado brusco.
Antes de que pudiera contestarme, escuché la bocina del auto que esperaba afuera. Mi hermano, que me conocía bien, debía de estar bastante molesto por mi tardanza.
—Nos vemos después, mamá. Tengo que irme.
Pasé a su lado y corrí afuera de la mansión para subir al auto.
Mi hermano me dedicó una mirada molesta y chasqueó los dedos para que el chofer arrancara rumbo al instituto.
Idiota, pensé.
Le dediqué una mirada de disculpa a nuestro amable chofer, Óscar, de sesenta y cinco años, por las estupideces de mi hermano.
Él me devolvió la mirada y asintió con la cabeza, como diciendo que no importaba. Lamentablemente, ya estaba acostumbrado a las humillaciones de mi padre y de mi hermano.
Suspiré y me dediqué a mirar por la ventana, tragándome la impotencia de no poder hacer nada.
Cuando llegamos, mi hermano fue el primero en salir en silencio y azotó la puerta. Yo me quedé un momento, le pasé una mano por el hombro a Óscar y le dije:
—Nos vemos después, Óscar. Gracias —añadí, dedicándole una sonrisa.
—Nos vemos después, señorita Sam —respondió él, devolviéndome la sonrisa.
Una vez fuera del auto, llegó la hora de hacer mi falsa entrada como la abeja reina de la escuela. Lamentablemente, ese había sido mi escudo para sobrevivir todos estos años allí.
De repente, escuché unos gritos y sentí unos brazos rodeándome el cuello.
—¡Amiga, te extrañé demasiado! —dijo mi amiga Alisson, que no dejaba de abrazarme como un panda a su cuidador.
—Yo también te extrañé —respondí, devolviéndole el abrazo. Luego nos separamos y vi que Megan y Trina también se acercaban.
—Hola, chicas. Las extrañé —dijo Megan mientras nos saludaba con un beso fingido en la mejilla, sin apartar en ningún momento la mirada de su celular.
Resoplé por lo bajo, ya que las actitudes de Megan me ponían de mal humor. Sin dudas, ella era todo lo que yo nunca quería ser como persona. Pero, como ya éramos el grupo ensamblado del instituto y todos pensaban que éramos iguales a ella, resultaba difícil salir de aquello.
Mientras las chicas se entretenían hablando de las cosas que habían comprado durante las vacaciones y de los destinos que habían visitado, yo observaba a lo lejos a Erik, que llegaba de la mano de Lisa junto a sus amigos…
Qué linda manera de empezar el último año de instituto, ¿no?