Capítulo 1: «La muda»
No tengo el menor recuerdo de cuándo nació Irene. Yo soy la mayor de los seis hermanos y le llevo apenas diecisiete meses de diferencia, así que, para mi estructura mental, ella siempre ha estado ahí. La cuarta de nosotros nació cuando yo tenía cinco años, por lo que nunca experimenté la sensación de ser hija única.
Mi madre solía describir a Irene de una manera muy particular en sus primeros meses: decía que era mucho más gritona que yo y que solía alborotar las noches con su llanto. Sin embargo, aseguraba que en cuanto empezó a articular palabras, ya lo sabía absolutamente todo. Antes de eso, solo se comunicaba mediante chillidos.
El misterio de «la muda»
Nuestros padres ya habían aceptado con resignación el hecho de que su segunda hija era muda. Irene lloraba y gritaba todo el santo día, pero a los dos años de edad aún no había pronunciado ni una sola palabra.
Un día, mi mamá la estaba sacando del baño. Harta de escuchar tanto chillido sin sentido, la miró y exclamó con frustración: «¡Por qué llorarás tanto, Irene!». En ese mismísimo instante, la niña dejó de gritar, clavó sus ojos en ella y le contestó con total parsimonia:
—¿Tú sabés, mamita, por qué yo lloro? Porque tengo hambre, tengo sueño y tengo frío.
A mi madre se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse de inmediato en el piso; la impresión de escuchar hablar por primera vez a su hija —y con semejante nivel de elocuencia— la dejó completamente paralizada.
Durante muchos años pensé que aquella historia era una de las tantas exageraciones de mamá. Sin embargo, décadas más tarde, leyendo e investigando sobre el tema, descubrí que ese comportamiento es uno de los indicadores más fascinantes de la Alta Capacidad intelectual. Algunos niños superdotados no hablan en absoluto hasta que sienten que pueden hacerlo de corrido y mediante frases completas. No ensayan a medias; se preparan en un silencio absoluto hasta que están listos.
(Nota del autor: Si le interesa profundizar en este fascinante rasgo del desarrollo, pronto podrás buscar mi libro independiente titulado justamente «Alta Capacidad» en mi perfil).
Peleando en las sillas
Otra de las andanzas que mi madre recordaba con gracia ocurrió el día en que Irene y yo nos agarramos en una de nuestras típicas peleas de hermanas. Para cortar por lo sano, mamá nos sentó en dos sillas, una frente a la otra, imagino que con la intención de que reflexionáramos sobre nuestros actos de cara al futuro.
Según el testimonio de mi madre, yo miraba a mi hermana fija y severamente desde mi penalidad y le repetía con total dramatismo infantil:
—No te voy a querer más como te quería antes, cuando eras una hermanita buenita.
Ese retazo me resulta sumamente divertido y pinta nuestra complicidad desde la raíz. Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de la siguiente postal que guardo en la memoria.
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alta capacidad, humor infantil, historias divertidas y de las otras
Editado: 17.10.2026