Irene

El mito de las mellizas

Durante toda nuestra infancia y juventud, Irene y yo tuvimos que cargar con una pregunta constante y repetitiva que nos hacían a cada paso: la gente siempre nos preguntaba si éramos mellizas. Lo más curioso era que el mismo fenómeno les ocurría a Andrea y a Mona.

En nuestro caso, la confusión nacía de una costumbre muy de la época: mi madre Isabel nos vestía exactamente igual y nos hacía el mismo corte de pelo. Nos enfundaba en lo que en ese tiempo se solía llamar "vestidos bobos": unas prendas sumamente cortitas que venían acompañadas por una especie de shortcito hecho de la misma tela abajo, pensado para que las gurisas no anduviéramos mostrando nada en los traqueteos del juego.

Luego de años de protestar y patalear, finalmente logré que me dejara crecer la cabellera; pero antes de conseguir esa victoria, de forma sagrada todos los años al comenzar las clases, me lo cortaba cortito.

Por su parte, Andrea era más bien baja y Mona era muy alta; ellas jamás hubieran podido pasar por mellizas por una cuestión evidente de estatura, tal como se puede apreciar en una fotografía antigua que sacamos en un terreno baldío de La Paloma, donde solo falta Isa, que aún no había nacido. En esa imagen, Nico está en brazos de mi padre, Irene aparece a la derecha, Andrea y Mona están adelante de mi madre (Andrea a la izquierda) y yo estoy parada atrás, justo en el medio de mis padres.

A mi criterio, la diferencia física con Irene es completamente apreciable en la foto, pero la gente de afuera, caprichosamente, no la veía.

Ni en el blanco del ojo

Hartas de que nos repitieran el mismo cliché de las mellizas, un buen día Irene y yo tomamos la decisión de plantarnos juntas frente al espejo del baño para buscar las diferencias. Empezamos a escudriñar facción por facción y notamos de inmediato que su frente era angosta, mientras que la mía era bien ancha. Ella tenía el pelo completamente lacio y yo, en cambio, lleno de rulos indomables; y así seguimos sumando detalles.

En el Uruguay existe un dicho popular muy arraigado para referirse a dos personas que no tienen ningún punto de contacto físico: «Se parecen en el blanco del ojo». Algunos, para completar la frase de forma pícara, le agregan la extensión de «...la vuelta del codo y la raya del c…». El dicho es un poco grosero, no lo voy a negar, pero a mí me resulta sumamente divertido.

Aquella tarde frente al espejo descubrimos que la sabiduría popular se aplicaba a nosotras de forma literal: ¡ni siquiera teníamos igual el blanco del ojo! El de Irene tenía un matiz bastante más amarillento que el mío. Éramos el agua y el aceite.

Sin embargo, el destino nos tenía guardada una lección de humildad y una paradoja maravillosa que ocurrió varios años después.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.