La paradoja de las credenciales
Cuando llegó el momento, yo tramité mi credencial cívica —el documento indispensable que precisaba presentar para poder ingresar formalmente a la universidad—, pero por pura dejadez nunca había ido hasta la oficina pública a levantar el plástico. Al año siguiente le tocó el turno a Irene de sacar su documento. Aprovechando el viaje, le pedí el favor de que, ya que iba a buscar la suya, recogiera también la mía. Ella cumplió con el trámite, regresó a la casa y me dejó el documento apoyado sobre mi cama.
Al llegar a mi cuarto por la tarde, agarré el librito, miré la foto carné y pensé para mis adentros: «Qué distraída Irene, se equivocó y me dejó su propia credencial sobre las sábanas».
A la mañana siguiente, fui a su cuarto y se lo comenté de forma natural y ella, extrañada, fue a su cartera y me dio la otra credencial que traía guardada.
¡Grande fue mi absoluto asombro cuando abrí el segundo documento y vi que la de la foto era, indiscutiblemente, Irene!
En ese segundo exacto en la cocina entendí que la gente de afuera no estaba tan loca como nosotras creíamos. Obviamente nos parecíamos de una forma impresionante, al punto extremo de que yo misma, mirando fijamente mi propia fotografía impresa, ¡había pensado que estaba contemplando el rostro de mi hermana!
Con el correr de los años, las dinámicas y las confusiones con los nombres siguieron floreciendo en la casa. Mi hermana menor, Isa, tenía una teoría desopilante y maravillosa sobre nosotras: decía con total firmeza que yo me llamaba en realidad "Anabel Irene" pero que todos me decían simplemente Anabel, mientras que mi hermana se llamaba "Irene Anabel" y le llamaban Irene. Mirando hoy sus ocurrencias en retrospectiva en mi Mac, entiendo que aquella simetría inventada era su tierna manera infantil de procesar que nos confundía un poco. Algo totalmente lógico y normal, considerando que ella era apenas una niña chica en el hogar mientras nosotras dos andábamos ya entreveradas con los libros de la facultad.
Ese sutil "entrevero" de identidades y ese parecido tan nuestro terminaron desafiando el paso del tiempo, al punto de saltar de generación en generación con nuestros propios nietos. Mi nieta, que me llama cariñosamente "Chachi" o "Abuela Chachi", tuvo la oportunidad de conocer a Irene y, tras analizarla un segundo con su lógica implacable, decretó con total naturalidad que ella era, sin lugar a dudas, la «Abuela Chachi 2».
El colmo de esta hermosa confusión simétrica lo viví con el nieto de Irene. Un buen día el gurí me vio, se le iluminó la cara y me estiró los brazos con una confianza total, como si me conociera de toda la vida. Sin embargo, en el mismísimo instante en que lo alcancé a upa y me miró bien de cerca, sus ojitos registraron que yo no era su abuela Irene: ¡el pobre reculó de apuro y con una cara de desconcierto que todavía hoy me hace descostillar de la risa frente a la pantalla! Una prueba maravillosa de que, aunque pasen las décadas, los continentes y los almanaques, Irene y yo seguimos estando hechas con el mismo molde cariñoso ante los ojos de nuestra descendencia
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alta capacidad, humor infantil, historias divertidas y de las otras
Editado: 17.10.2026