Irene

El misterio de las estrellas de mar y el hotel de la discordia

Entre mis de juventud y niñez, el balneario de La Paloma ocupa un espacio entrañable, aunque no siempre exento de travesuras memorables . Recuerdo patente una tarde, creo que en plena época de otoño, en que fuimos a la playa junto a mi hermana. La costa estaba salpicada por miles de estrellas de mar que la marea había dejado sobre la arena. En aquellos años lejanos, nos estábamos quedando en el Hotel Cabo de La Paloma, una edificación señorial que en esa parte del año se encontraba prácticamente vacía.

Cuando yo era una niña pequeña, admito que no me gustaba para nada ver a La Paloma tan solitaria y despojada de gente; me transmitía una cierta melancolía. Sin embargo, con los años y la madurez, me di cuenta de que es precisamente en esos meses de baja temporada cuando el balneario está en su mejor momento. En las épocas de veraneo estival, el pueblo se satura por completo: todo el mundo desborda los locales, se vuelve una misión matemáticamente imposible estacionar un auto a varias cuadras a la redonda del centro y casi no se puede ni caminar por la avenida principal debido a la marea de turistas. El otoño, en cambio, nos regalaba la playa entera para nosotras.

De la administración y el cuidado del hotel se ocupaban formalmente la cuñada del nuevo dueño, Celia, y su esposo Fabricio. Ellos residían de forma permanente en las instalaciones junto a sus dos hijas chiquitas, y con un gran cariño habían destinado una de las habitaciones del edificio exclusivamente para el cuarto de juegos infantiles de las gurisas.

Entusiasmadas con un interesante hallazgo playero, mi hermana y yo recogimos una cantidad enorme de estrellas de mar, metiéndolas en baldes. Fuimos al hotel, muy contentas con nuestro botín. Armadas cde mucha paciencia, nos metimos en la habitación de juegos y empezamos a clavar las estrellas una por una en las paredes, decorando el cuarto según nuestros parámetros estéticos de la infancia. Como hacía un frío otoñal bastante rústico, la estufa a leña del local estaba prendida a pleno, y así la dejamos, tirando calor, al retirarnos a dormir en santa paz.

¡Al día siguiente la realidad nos dio un cachetazo inolvidable! El calor de la estufa cerrada aceleró de forma científica la descomposición de los organismos marinos y no se podía ni arrimar la nariz a la puerta del cuarto debido al olor a podrido espantoso y nauseabundo que emanaba de las paredes. ¡Aquello apestaba!

Ni que hablar que ese día nuestros padres, Celia y Fabricio casi nos matan por la ocurrencia artística. Una anécdota desopilante que hoy me hace reír a carcajadas y que demuestra que la inocencia infantil a veces no calcula la química de la naturaleza.

Curiosamente, por el año 2013, un compañero de mi segundo esposo, Doug, que manejaba un sitio web en inglés llamado «Old Enough to Remember», llamado Terry Alexander, leyó la versión traducida de esta historia. Le gustó tanto el traqueteo del relato que me pidió autorización para subirlo a su página, a lo que le contesté que claro. Es lindo saber que nuestras andanzas en Rocha terminaron divirtiendo a lectores del otro lado del mapa.




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