Irene

Las consecuencias de los viajes y el asombro del correo electrónico

Los viajes de Irene lógicamente tuvieron algunas consecuencias directas en nuestra rutina y en mí,en particular.

Dado que en aquellos años el correo postal tradicional tardaba tanto en cruzar el océano y se caracterizaba por ser muy informal, ella buscaba la manera de llamarnos por teléfono cada vez que le era posible. Las cartas tardaban unos tres meses sólo en ir y llegaban, o no, y luego había que ver si uno recibía respuesta sin siquiera saber si la persona había recibido el envío, carta, postal o paquete.

A veces, cuando alguien iba parar el mismo lado, se le pedía de favor que llevara algo. Pero era muy poco frecuente que algo así sucediera.

Algunos de los aparatos públicos funcionaban estrictamente con monedas; sin embargo, cada tanto, ella se topaba en las calles europeas con lo que popularmente denominaban un teléfono "pinchado". Aquellos aparatos funcionaban mal a nivel técnico y le permitían a la gente hablar durante muchísimo rato de forma totalmente gratuita, por lo que se armaba una cola inmensa de usuarios enseguida.

Todos los ciudadanos que habían emigrado se agolpaban desesperados por comunicarse con sus respectivas familias en el pago, ya que en esa época cada minuto de una llamada internacional resultaba sumamente caro para el bolsillo de un estudiante.

Cuando ella se marchó por primera vez durante varios meses en el año 1982, la fuerza de la costumbre hizo que mi mente se habituara a que ella ya no estuviera de forma constante en la casa. La distancia, de manera invisible, me fue preparando psicológicamente para afrontar sus siguientes viajes internacionales y, eventualmente, su emigración definitiva hacia Europa.

En los años sucesivos, verla en persona se convirtiera en un acontecimiento sumamente ocasional.

Por mi parte, yo jamás había utilizado una computadora en mi vida hasta 1992, según creo recordar, y al principio su uso estuvo ligado exclusivamente a las obligaciones de mi trabajo, admitiendo que en las etapas iniciales no sabía ni cómo prenderla o usarla de forma correcta. Previamente había realizado algún curso básico de computación, pero la realidad es que nunca había logrado aprender demasiado debido a que contraje hepatitis y perdí muchísimas clases durante ese curso que, para mí, era extracurricular.

Además, ya eran completamente obsoletos para cuando empecé a trabajar en la Intendencia Municipal de Montevideo

También realicé un curso de dactilografía que me otorgó una velocidad excelente para usar en el teclado sin tener que verlo.

Más o menos por esos mismos años de la década de los noventa, conocí por primera vez la existencia de los emails. Para mi mente analítica resultaba algo sencillamente increíble el constatar que un texto escrito lograba viajar casi instantáneamente de un punto geográfico a otro del planeta, ocurriendo lo mismo con el goteo de algunas fotografías. Las casillas de correo electrónico de aquella época dorada de internet contaban con una capacidad de almacenamiento máxima de apenas 2 Megabytes, disponiendo algunas plataformas de 4 o 6 megas a lo sumo. Visto con los ojos del presente en mi Mac, parece una fantasía increíble: ¡hoy en día una sola fotografía digital rústica pesa exactamente eso!

Los emails y las llamadas por Skype me permitieron poder estar en contacto con Irene y, luego de mi propia emigación a EEUU y la de Isa a Canadá, con mi familia internacional.




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