Irene se había encargado formalmente de la dirección general del coro de la parroquia cuando el antiguo director, el entonces hermano Gabriel, se vio obligado a marcharse para continuar con sus estudios eclesiásticos y ordenarse finalmente como sacerdote.
Luego de su partida y al no estar ella disponible en el mostrador, los integrantes del coro se arrimaron a hablar conmigo para proponerme que tomara su lugar al frente de la dirección. Aquella propuesta me causó una tremenda sorpresa en el fuero interno, pero debo reconocer que me agradó muchísimo el hecho de que confiaran de esa manera en mis condiciones musicales.
Hasta ese instante, la realidad es que yo había estado yendo de forma muy salteada a cantar en los ensayos por un largo período de tiempo, ya fuera por la falta crónica detiempo debido a las exigencias de la Facultad de Química, por cansancio físico o por simple desidia. Probablemente debí apoyar más a mi hermana, pero en ese momento la vida diaria me superaba y tampoco lo pensé de esa manera hasta que no me tocó a mí hacerme cargo de esa tarea.
El horario del coro nos exigía reunirnos los domingos exactamente a las 10:00 de la mañana para ensayar las piezas, y posteriormente cantábamos en la misa principal de las 11:00. A esto se sumaba la complicación de que yo tenía que tomar un ómnibus de línea de forma obligatoria, puesto que ya hacía varios años que vivía bastante lejos de la parroquia. Levantarme un domingo por la mañana a las 9:00 y algo para poder cumplir con el traqueteo del viaje y llegar a tiempo al mostrador se me hacía una tarea sumamente difícil de digerir.
Sin embargo, a partir de ese nombramiento y de la confianza de los muchachos, la responsabilidad me obligó a cambiar la postura: me lo tuve que tomar tan en serio como me fue humanamente posible.
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Editado: 17.10.2026