Iron World

Estación Prime.

Las sirenas comenzaron a sonar a las veintiún horas con cuarenta y siete minutos.

. . .

En la estación orbital Ferroworld Prime, el cambio de turno avanzaba con la rutina cansada de siempre: botas resonando sobre los andenes metálicos, operadores bostezando frente a pantallas holográficas y el olor constante a café recalentado mezclado con aceite industrial.

Nadie esperaba un convoy de emergencia, mucho menos que apareciera uno ardiendo.

Las enormes vías de luz atravesaban el vacío del espacio como ríos eléctricos cuando la locomotora apareció entre la tormenta solar, a pesar de la oscura noche y las tenues luces la locomotora se veía dañada. El blindaje frontal estaba perforado por impactos de plasma y uno de los vagones traseros soltaba humo negro mientras las ruedas magnéticas chirriaban al entrar a la estación.

—¿Qué demonios…? —murmuró un técnico de patio que veía todo desde sus monitores holográficos.

De inmediato las alarmas cambiaron de amarillo a rojo, haciendo que todo el personal se pusiera en alerta. En la torre de operaciones, Artur Contreras dejó lentamente su taza de café sobre el escritorio.

El veterano jefe de operaciones había visto descarrilamientos, motines mineros y ataques piratas, pero aquello era distinto. Muy distinto.

—Cierren los accesos del andén tres —ordenó con voz grave—. Nadie entra ni sale sin autorización. ¡Zafiro informes!

A varios niveles debajo de la torre, Zafiro Galaneana ya caminaba hacia el patio ferroviario con el abrigo industrial ondeando detrás de ella, la jefa de patio parecía avanzar más rápido que las propias alarmas.—¡Muevan esos contenedores! ¡Despejen la línea central! ¡Ahora! - se lleva su mano derecha a su oído haciendo click a su aparato – ¿Informes? ¿Cuáles? No sé nada solo lo que mis ojos ven — ¿¡Qué ven!? grita Arturo— vagones destruidos…

Menestras los ojos de la jefa iban de un lado a otro los trabajadores obedecieron sin discutir, Nadie discutía con Zafiro.

El convoy terminó de detenerse con un rugido metálico que hizo vibrar toda la estación, los trabajadores cercanos tuvieron que cubrir sus oídos y entonces las puertas laterales se abrieron. Primero bajó un garrotero tambaleándose, su rostro reflejaba miedo y medio rostro cubierto de hollín, sangre seca en el uniforme y la respiración entrecortada.

—¡Nos emboscaron…! —gritó apenas logró tocar el andén—. ¡Les cortaron las comunicaciones con el segundo convoy!

Zafiro logró atraparlo antes de que él perdiera el conocimiento y detrás de él comenzaron a descender soldados armados, algunos cargaban tripulantes heridos sobre los hombros. Otros arrastraban compañeros cubiertos de sangre, haciendo que el caos explotara de inmediato, en sus quince años de servicio es la primera vez que Zafiro enfrentaba una contingencia de esa magnitud.

—¡Servicio médico! - Grita con su voz temblando- ¡MÉDICO!

La alarma que continuaba encendida llegó hasta el servicio médico, los doctores ahí presentes no la tomaron en serio, la alarma no siempre era para ellos y la alarma blanca que les correspondía no se había encendido.

—¡Traigan camillas! - Se escuchó la voz de Artur por los altavoces-—¡Tenemos quemaduras de plasma! ¡Muévanse!

En la enfermería central el turno vespertino ya estaba listo para irse, pero nadie salió, las enfermeras comenzaron a correr apenas escucharon las alarmas, mientras los médicos tomaban sus maletines y corrían hacia el andén.

Las enfermeras con sus uniformes mezclaban telas industriales con detalles antiguos: faldas largas reforzadas para trabajo pesado, corsés médicos ajustados bajo chaquetas oscuras y botas de cuero resistentes al metal caliente de los andenes.

El doctor Ramírez aventó una carpeta sobre la mesa. —¿Cuántos vienen?

—¡No sabemos todavía! —respondió alguien desde la entrada.

Los del turno nocturno eran personal nuevo, esa era su primera guardia tanto enfermeras como doctores, apenas estaban entrando y ya parecían rebasados.

Una enfermera joven observó paralizada cómo un soldado se desplomaba frente a ella dejando un rastro de sangre sobre el piso metálico.

—¡Muévete o renuncia! —le gritó otra enfermera empujándole los suministros médicos al pecho.

Las camillas comenzaron a llenar los pasillos, la joven dejó caer los instrumentos paralizada por el miedo. Gritos, órdenes, sangre metal y el olor a pólvora llegó incluso hasta el pequeño quirófano.

Y entonces apareció ella… Karla.

Descendió del convoy junto al último grupo de soldados, alta. Cubierta con un abrigo táctico oscuro lleno de rasgaduras y manchas de hollín. Bajo la tela endurecida por el combate sobresalía un encaje negro roto cerca del cuello de la camisa, apenas visible entre correas militares y placas protectoras era como si hubiera quedado atrapado entre la guerra y algo que alguna vez fue elegante.

Un rifle colgaba de su hombro, su mirada parecía más peligrosa que el arma, tenía sangre ajena marcada sobre la mandíbula y las manos aún temblaban ligeramente por la adrenalina.

Karla recorrió el andén observándolo todo.

Los heridos, los soldados, el humo, las luces rojas. Y después levantó la vista hacia Arturo Contreras, lo saludo como lo que son viejos conocidos.




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