Iron World

Café para sobrevivientes

Los corredores de mantenimiento parecían las entrañas moribundas de Prime.

Tuberías calientes cruzaban sobre la cabeza de Frank Miller mientras avanzaba entre luces parpadeantes y vapor saliendo de las rejillas del suelo. A lo lejos seguían escuchando explosiones, disparos y aquellos gruñidos horribles que ahora parecían venir de todas partes.

Pero incluso así… Su cabeza seguía atrapada en la misma voz.

—“Hola Frank.”

Apretó más fuerte el rifle contra el pecho mientras doblaba por otro corredor auxiliar.

—Concéntrate, viejo idiota… —murmuró para sí mismo.

Debía llegar a la armería. Debía conseguir parque para Karla y los demás, debía sobrevivir.

Pero cada vez que cerraba los ojos aunque fuera un segundo… veía a Raquel.

La primera vez que la conoció, dos años atrás.

Prime seguía siendo una estación tranquila en aquel entonces, agotadora, sí, pero tranquila. Los problemas más graves eran retrasos mineros, motores dañados y trabajadores borrachos peleando en las cafeterías.

Frank recordaba perfectamente aquella madrugada.

Había llegado al servicio médico con la mano quemada después de reparar manualmente un regulador térmico averiado. Nada serio, solo otra noche normal, a su lado esperando turno una mujer con el rostro cubierto.

—Si sigues ignorando las quemaduras terminarás sin brazo —había dicho una voz femenina frente a él.

La mujer a su lado se retira la pañoleta del rostro y ve la quemadura — Eso debe doler. Adriana atiendelo primero — Lo observa bien — Mi migraña puede esperar.

Frank levantó la mirada, y ahí estaba ella, Raquel.

Cabello rojizo recogido apresuradamente, uniforme azul grisáceo ligeramente arrugado y expresión cansada de turno nocturno. No parecía impresionada por nada… excepto por el terco ingeniero que se negaba a atender.

—He tenido peores —respondió él.

Ella alzó apenas una ceja mientras limpiaba la quemadura.

—Sí, todos los hombres dicen eso antes de desmayarse.

La sonora carcajada de la enfermera hace que los dos se sonrojan — Muevete Miller.

Frank soltó una pequeña risa nasal y Raquel sonrió apenas. Ahí empezó todo, nada grande, nada dramático, solo pequeños momentos. Cafés compartidos durante cambios de turno. Galletas dejadas discretamente sobre su mesa de trabajo. Herramientas reparadas misteriosamente, medicamentos apareciendo en el taller “por accidente”. Miradas largas. Sonrisas pequeñas, cosas simples. Cosas peligrosas para alguien como Frank, porque enamorarse después del divorcio había sido lo último que pensó que volvería a pasarle.

El sonido de un golpe metálico lo hizo volver al presente inmediatamente, Frank levantó el arma. Silencio. Respiración contenida, nada y continuó avanzando.

Las luces volvieron a fallar por unos segundos y eso le recordó otra escena.

Dean. — Maldito chiquillo entrometido.

Una semana atrás el muchacho había aparecido sonriendo como idiota mientras Frank reparaba un panel hidráulico.

—Te mandaron esto.

Frank ni siquiera levantó la vista.

—¿Quién?

—No sé… una traca bonita que casualmente te mira como si fueras el último hombre decente de Prime. Cosa extraña ¡Digo! soy más guapo que tú.

Eso sí hizo que Frank levantara la mirada, Dean sostenía un pequeño papel doblado y Frank prácticamente se lo arrebató.

“Bonita noche. Te espero para el café. R.”

Dean comenzó a reír inmediatamente.

—¡AY NOOOO! ¡EL VIEJO SE SONROJÓ!

—Cállate o te aviento al reactor.

— No entiendo , te gusta, le gustas ¿Cómo por qué no han tenido una cita? Te la van a ganar.

Frank pone los ojos en blanco en señal de fastidio y vuelve a su asunto con la mecánica, pero las palabras de Dean no lo dejan concretarse y hace que se corte el dedo pulgar izquierdo.

—¡Rayos! — levanta la mano ensangrentada—

— O sea… se que te gusta ir a verla pero no es necesario atentar contra tu vida… Andando a la enfermería.

— Fue un accidente ¡Lo juro!

— Ajá sí, y yo soy dueño de una mina de Terrenio.

—No, pero eres un niño rico y mimado.

— Y tú, un viejo terco que no acepta lo que le pasa. Frank deja el pasado atrás,por eso se llama pasado, vive el ahora.

Esa noche recibió varios puntos y un par de horas libres, horas que no lo dejaron irse de la enfermería.

Por la mañana ambos salieron del turno cada quién por su lado, pero coincidieron en el checador.

— ¿Ya a descansar?

— Si, fue una noche algo … no sé cómo explicarlo angustiante.

— No sé como ayudarte.

Suspira cansada — Un masajito — señala la espalda




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