La armería auxiliar de Prime estaba ubicada entre los niveles inferiores de carga pesada y los antiguos túneles de mantenimiento militar, demasiado lejos del patio central… y demasiado cerca del infierno.
Frank avanzaba respirando con dificultad entre corredores llenos de humo mientras el rifle táctico colgaba de su hombro. La sangre ajena manchaba sus botas y parte de la manga izquierda del uniforme fluorescente.
A lo lejos seguían escuchando explosiones. Prime resistía, apenas.
El viejo panel metálico de la armería apareció finalmente frente a él cubierto de polvo y marcas de impactos. Frank sacó las llaves que Arturo le había lanzado y abrió rápidamente los múltiples seguros mecánicos.
—Vamos… vamos…
El último candado magnético se liberó con un chasquido pesado. La puerta se abrió lentamente. Y entonces sonrió por primera vez en horas.
—Hermosa… condenadamente hermosa.
La armería seguía intacta. Filas completas de rifles de plasma, cajas de parque energético, escopetas tácticas, granadas PEM y equipo antimotines permanecían almacenados detrás de vitrinas blindadas.
El problema era otro. —¿Y ahora cómo demonios saco todo esto yo solo?
Tomó inmediatamente varios cargadores energéticos y comenzó a llenar una vieja carreta industrial de transporte.
Mientras trabajaba, el comunicador volvió a emitir interferencia.
—…Miller… ¿responde?… — La voz era desconocida, grave con fuerte acento fronterizo.
Frank tomó la radio inmediatamente.
—Aquí Miller.
Silencio breve. Luego:
—Convoy Ranger Tlaloc entrando a Prime por acceso minero tres. Necesitamos situación táctica.
Frank se quedó quieto apenas un segundo.
—¿Ya entraron?
—Entramos hace treinta segundos.
Y como si el universo quisiera confirmarlo… Toda la estación tembló violentamente.
No como las explosiones anteriores.
Esto fue distinto, más pesado, más preciso, más brutal. ¡BOOOOM! Las luces del corredor parpadearon violentamente.Frank levantó la vista. Después vino otra detonación, pero ahora acompañadas de algo nuevo:
Disparos de alto calibre, secos, antiguos, potentes. No eran armas federales.
—Oh… llegaron los vaqueros… —murmuró.
…
En el patio ferroviario central, Karla seguía disparando detrás de una barricada improvisada hecha con restos de vagones destruidos.
—¡Último cargador! —gritó uno de sus hombres.
—¡Pues hagan que cuente!
Los Equus Celer seguían avanzando entre humo y cadáveres mientras los infectados comenzaban a mezclarse con los forajidos restantes.
Prime estaba siendo devorada poco a poco. Entonces un sonido atravesó todo el patio, un silbato ferroviario, largo, profundo, antiguo.
Todos levantaron la mirada.
Desde uno de los túneles blindados emergió lentamente una locomotora negra cubierta con placas de acero reforzado y símbolos tribales pintados en color cobre. Las luces azules de las vías iluminaron el enorme emblema sobre la máquina:
TLALOC.
—¿Qué demonios…? —susurró uno de los soldados.
Las compuertas laterales del convoy se abrieron violentamente. Y los Rangers descendieron.
Hombres y mujeres armados con rifles híbridos, revólveres pesados, escopetas de palanca y armaduras ferroviarias modificadas. Nada de uniformes impecables federales, ellos parecían guerreros nacidos del polvo, acero y rutas olvidadas.
Uno de los Rangers giró un viejo revólver cromado antes de dispararle directamente entre los ojos a un infectado que corría hacia ellos.
Otro lanzó una especie de lanza electromagnética que atravesó a un Equus de lado a lado.
Karla observó aquello completamente incrédula.
—No puede ser…
La mujer Ranger que iba al frente sonrió apenas al verla.
—Escuchamos que ocupaban ayuda, capitana.
Entonces comenzó la verdadera masacre. Los Rangers avanzaron como una tormenta.
Disparos precisos, movimientos coordinados sin gritos innecesarios, como si llevaran toda la vida peleando contra monstruos en estaciones abandonadas. Uno de ellos incluso recargaba girando el rifle como si fuera un viejo cowboy terrestre.
—¡Corredor izquierdo limpio!
—¡Dos Equus abajo!
—¡Protejan a los civiles!
—¡No dejen que muerdan a nadie!
Karla volvió a disparar sintiendo por primera vez en horas que quizá Prime todavía tenía oportunidad.
…
En la torre de operaciones, Zafiro observaba las cámaras de seguridad completamente sorprendida.
—Arturo… dime que yo también estoy viendo eso.