Iron World

La Caldera

La Caldera era el corazón oculto de Prime.

No aparecía en mapas civiles ni en los recorridos ferroviarios públicos. Oficialmente era solo un complejo técnico de soporte… pero en realidad controlaba dos cosas que mantenían vivo al planetoide entero: La energía y las comunicaciones.

Si La Caldera caía, Prime quedaría ciega y muerta. El enorme complejo subterráneo vibraba constantemente por culpa de los reactores térmicos. Tuberías gigantescas cruzaban paredes cubiertas de vapor mientras enormes transformadores liberaban descargas azules que iluminaban la oscuridad industrial.

Y esa noche…

Todo estaba colapsando.

—¡La línea siete acaba de caer! —gritó un técnico mientras intentaba estabilizar un panel incendiándose.

—¡Desvía carga al núcleo auxiliar antes de que explote el condensador! —respondió otra voz con fuerte acento ruso.

Konstantin Volkov, jefe de energía de Prime, parecía una locomotora humana gigante, tosco. y canoso. Con manos capaces de romper una llave inglesa accidentalmente. El viejo ingeniero ruso llevaba la camisa completamente empapada de sudor mientras manipulaba manualmente parte del sistema eléctrico.

—¡No me miren! ¡Trabajen! —rugió golpeando un panel—. ¡Si el reactor explota todos morimos igual! —Nadie discutía con Volkov, nadie era tan estúpido.

Muy cerca del núcleo energético, separado apenas por enormes cristales blindados, estaba el centro de comunicaciones.

El Conmutador Central.

Ahí era donde Raquel respiraba intentando controlar el miedo. La chica llevaba todavía parte del uniforme bajo una vieja chaqueta técnica que alguien le había prestado.Porque hacía una hora dejó de ser solamente una técnica en comunicaciones .

Ahora era una enfermera improvisada.

Y probablemente una de las pocas personas capaces de mantener conectados los sectores sobrevivientes de Prime. Justo en la posición que Frank le indicó a Raquel, la chica carga con ella su pesada caja de transmisiones…

“Aquí servicio médico… el área de urgencias … ya no hay servicio de urgencias, no hay … casi todos están muerto…por favor…vengan por nosotros “

Raquel recarga la cabeza en el frió metal, cierra los ojos intentando no llorar, siente como aprietan su mano izquierda, no abre los ojos sabe que es Adriana.

— Bonita guardia ¿Cierto? — Adriana le seca una traidora lágrima a su compañera y amiga—

— Hermosa diría yo… se supone que comería con Frank, hice …hice … o no, olvide su postre de fresas.

— ¿Ya te confesó su amor?

— … No , él y yo….

— Ese hombre…si salimos de esta prometo meterle un termómetro por el recto.

Silencio…sonrisas dando paso a las carcajadas.

…

Caldera

—Canal cuatro recuperado.

—Sector norte sigue caído.

—Taller mecánico sigue funcionando y esperando indicaciones.

—Patio central aún sigue en combate activo.

Las voces entraban y salían entre estáticas. La súplica de Raquel escribía rápidamente fue escuchada por Frank aunque por el momento él no podía hacer nada sobre.

Los paneles holográficos daban clara visión del estado actual de casi todo el complejo. Un hombre alto, delgado y elegantemente despeinado revisaba varias pantallas simultáneamente mientras sostenía una taza de té completamente fuera de lugar en medio del desastre.

—Esta es oficialmente la peor noche de mi carrera… —murmuró con marcado acento británico.

El jefe de comunicaciones de Prime, Thomas Whitmore, parecía más profesor universitario que jefe técnico orbital. Cabello oscuro parcialmente gris, su camisa impecable incluso en medio del caos. Y una capacidad absurda para mantener la calma o fingirla.

—Señor Whitmore —dijo Raquel —. ¿Puede escucharme?

— La escucho señorita y permítame decirle que me alegra saber que sigue con vida, supimos de la tragedia.

— Seguimos escondidas, pero recuperé parcialmente las líneas del sector médico que a su vez está conectado con el mecánico.

—Excelente, señorita Raquel. Significa que aún no estamos condenados del todo.

Otra explosión hizo vibrar a toda La Caldera. Varias luces se apagaron.

Volkov golpeó violentamente una consola.

—¡NO! ¡No hagan eso! ¡Malditas máquinas viejas soviéticas nunca fallaban así!

Thomas ni siquiera levantó la vista.

—Konstantin, querido amigo, llevas veinte años diciendo que todo era mejor en la Tierra.

—Porque era verdad.

—Sí, sí, ya te escuchamos.

Raquel no pudo evitar una pequeña risa nerviosa, y honestamente… Necesitaba reír.

Porque llevaba demasiado tiempo pensando en Frank y cada disparo que escuchaba la hacía imaginarlo solo en esos corredores infernales. Y eso la estaba destruyendo lentamente.




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