Ese fue un mal plan. En mi defensa, hice las cosas un poco más interesantes, la cuestión es que, ahora no sé cómo explicar la existencia de «Aquella chica» y mi madre me ha confinado a quedarme en esta habitación hasta que me digné a revelarle la identidad de mi amante por la que dejé a la princesa Melia.
Llevo un mes y poco más encerrado en esta habitación que no es incomoda, es grande, lo suficiente para que quepa un vestidor, un baño, también una mini sala común que remodelé para qué fuera mi lugar de reunión con mis amigos —y con amigos me refiero a Katsuki que ha estado en Osdocia prácticamente desde que volví—, tengo un escritorio desde donde he estado cumpliendo mis deberes como príncipe —nadie tiene conocimiento de que estoy aquí en contra de mi voluntad, he escuchado que me consideran un «Príncipe rebelde»— y un balcón desde el que tengo una maravillosa vista a los jardines, lo que no cambia que esto sea un encierro, me gustaría ir a dar un paseo. Me siento un zombi enclaustrado aquí jugando con una pequeña bola de goma recostado en mi cama.
—Eres un completo idiota —río Katsuki ingresando en mi habitación o cárcel, como sea, es lo mismo.
—Ah, bienvenido a mi humilde morada —deje a un lado la pequeña bola que rebota, que ha sido mi mejor amiga en este mes— ¿Que tal te fue en el reino madre?
—Mejor que a ti aquí encerrado —frunció el ceño— sigo creyendo firmemente que eres una cabeza hueca.
—Pregúntame si me importa —respondí fastidiado.
Katsuki toma la silla de mi escritorio corriéndola al lado de mi cama para sentarse de una manera para nada elegante, dándose aires de villano de cuentos. El estúpido poseía unos ojos rasgados color rojo que sorprendía a todo aquel que lo mirara —y no precisamente porque le causara ternura— su cabello oscuro le daba aires de delincuente y su porte hacía que por muy mala que fuera su reputación, las mujeres anduvieran tras él.
—Bueno idiota, tu madre se creyó tu mentira, pero quiero saber que ocurrió exactamente —su voz grave y rasposa contenía burla, sé de sobra que mi última actuación con Melia dejo mucho que desear, especialmente Katsuki que se burló y me insulto a partes iguales en sus cartas.
—Por alguna razón en específico o solo porque eres un chismoso—enarque una ceja.
—Ambas, además quiero matar el tiempo antes de ir a arreglarme para el baile y que mejor que perderlo contigo.
—Ja ja ja mira que gracioso eres—le hice mala cara, pero suspiré sabiendo que mi mal humor se debe al encierro— muy bien… te contaré todo.
—¿Todo? —hizo una mueca— ¿Es necesario?
—Créeme hay cosas muy interesantes —lo analicé de arriba abajo— para un chismoso como tú.
—Imbécil —frunció el ceño decidido a no darme la razón, cosa que claramente no acepté, cuando no dije nada por más de un minuto entero, me miró de reojo y chasqueó la lengua— ¿Vas a dignarte a decir algo idiota?
Sonreí tomándomelo como una victoria comenzando a matar el tiempo.
ALGUNOS MESES ANTES…
Creo que esta no fue la mejor idea…
Digo, quien querría dejar su tierra para ir a cortejar a una princesa de un reino desconocido, con tradiciones diferentes, abandonando todo lo que es conocido. Además, de que, si llego a comprometerme con ella, deberé de dejar mi hogar, y con ello, el trono de las islas o eso es lo que me ha advertido mi madre desde que salimos de nuestra casa.
Tal vez, las ansias de un viaje me han ganado, es la primera vez que salgo de las islas a conocer los demás reinos o por lo menos el que puede que se convierta en mi nuevo hogar, Osdocia, el reino madre. Ahora que lo pienso, si me quedo aquí haré que mi madre permanezca reinando por mucho más tiempo del debido hasta el momento en que mi hermano menor tenga la edad suficiente para poder reinar.
Confirmado, esta no fue una buena idea.
—Madre aun podríamos regresar.
—Tonterías Kai, ya hemos llegado a la capital —señaló mi madre, la reina Maia.
Hoy va con un vestido amarillo muy sencillo y como no, sus joyas que tintinean con el vaivén de la carroza; ella miraba por la ventana con temple y calma, lo que es extraño, es la primera vez en los últimos años que ella se ve tranquila. Desde que nació mi hermano menor hacia cinco años atrás y mi padre falleció poco después, ella sufrió mucho por sus nervios, en su lugar, habría caído en la locura de solo imaginar el tener que lidiar con un príncipe recién nacido, la muerte de tu esposo y mantener la isla a flote. En ese momento yo era alguien bastante joven, pero me esmeré en poder ayudar a mi madre para solventar la carga que llevaba sobre sus hombros, me alegra que este viaje a pesar de llevar tan poco tiempo la haga sentir en paz.
Visualicé el castillo al final de la colina, el reino lleno de risas y diversión, la gente saludando y vendiendo en sus puestos me distrae un poco de mis pensamientos, que regresan en el momento en que el silencio se asienta en el pequeño tramo en que subimos la colina para llegar al castillo, que abre sus puertas dándonos la bienvenida. Al llegar a la entrada el rey ya nos esperaba algo sorprendido, claro que habíamos enviado a alguien a anunciar nuestra llegada, pero al parecer no sabía el motivo de nuestra visita.
—Reina Maia, que gusto verla por aquí. —saludó cortésmente ayudando a mi madre a bajar de la carroza conmigo bajando detrás.