Itori: Recuerdos Perdidos

Ojos rojos

Daniel era como un enigma para mí, frio y taciturno la mayor parte del tiempo, pero extrañamente cálido a la vez; reinaba en él una mirada melancólica que en ocasiones rompía con una leve sonrisa; con frecuencia se perdía en sus propios pensamientos, más a pesar de esa aparente distracción reparaba en cosas que yo no, escuchaba todo con paciencia incluso cuando solo me quejaba y soportaba mi mal humor, pero a pesar de todo existía una brecha entre nosotros, una pregunta que rondaba en mi cabeza desde hacía un tiempo; muchas veces me sentí tentada a preguntárselo, pero tenía miedo de que eso lo apartara de mí. Entonces simplemente ocurrió, cuando me di cuenta la pregunta ya había abandonado mis labios, él se estremeció y se encogió sobre su asiento, sus manos temblaban ligeramente al igual que sus labios con los cuales luchaba por liberar sus palabras.

—Mi abuelo estaba obsesionado con comprar uno de esos automóviles­ —dice en un murmullo tembloroso—. Durante meses no hablaba de nada que no fuera eso, pero cuando al fin lo consiguió, enfermó y murió antes de poder usarlo, entonces le dejó el auto a mi papá como herencia. Papá era un mentiroso, dijo que no le gustaba a pesar de que sonrió la primera vez que vio el auto, dijo que lo mejor sería venderlo, así que, él...

Daniel se congela de repente, su mirada se enfoca en sus pies, pero su mente esta atrapada en otro lugar, balbucea algo que no entiendo y lágrimas empiezan a correr por sus mejillas.

La culpa me ahoga, casi lo había obligado a contarme algo que le aterraba, maldita hipocresía. ¿Cómo podía exigirle algo que ni yo misma había hecho? Se suponía que éramos amigos, pero incluso yo también le escondía secretos. Soy una mala amiga.

—Está bien —digo sujetando sus manos—. No tienes que decírmelo si no puedes —intento consolarlo poniendo un brazo alrededor de su hombro, pero él me aparta con un movimiento rápido.

—¡No! Yo, yo puedo hacerlo —exclama decidido.

—¿De verdad? —le pregunto preocupada. Daniel asiente con convicción.

—Puedo hacerlo —se susurra a sí mismo y cierra los ojos.

­—Íbamos en el auto, yo estaba recostado en las piernas de mamá, ella me cantaba mientras dormía. Todo pasó muy rápido, escuché la voz de papá gritando preocupado y enseguida sentí un golpe que envolvió todo en silencio.

»Desperté después de un rato, me retumbaba la cabeza y me costaba abrir los ojos, la mano de mamá me rosaba los mofletes pero la calidez habitual en ellas se había desvanecido; cuando finalmente abrí los ojos estaba confundido y adolorido. Entonces los vi: rojos, enormes y rojos, llenos de furia que recorrían mi cuerpo provocándome escalofríos.

Ellos están en todos, en todos los que me observan. Sus ojos rojos me persiguen con una furia que nunca se apaga...

­—¡Hey! ¿Estás bien? ¿Daniel? ¿Me estás escuchando? ­

—No recuerdo mucho después de eso supongo que vinieron ayudarnos, pero fue demasiado tarde, ellos ya se habían ido ­—continúa su relato con una aparente calma, al tiempo que lentamente empieza a pestañear y clava su mirada en un punto fijo en medio de la oscuridad.

Intento mantenerme fuerte, pero me resulta prácticamente imposible después de verlo, sus ojos se mantienen en la oscuridad y eso me aterra, parecía como si algo lo estuviera consumiendo y alejando de mí; me recuesto sobre su hombro con timidez, él lo nota en seguida y se tensa.

—¿Sabes qué? No creo que tu mamá te odiara —comento en un susurro tratando de camuflar la tensión acumulada de mi voz.

—¿Cómo lo sabes? ¿Y si tus ojos se vuelven rojos como los de ella y terminas odiándome también? —pregunta con ansiedad.

—¿Eres un idiota? ¿por qué te odiaría? ­­—Daniel no contesta y encoje los hombros.

­—Nunca conocí a mi padre, pero mi tía Josefina decía que era un desgraciado. Ella solía quejarse de cualquier cosa, no importaba qué, siempre encontraba una razón para hacerlo, lo hacía incluso con mamá, a ella si la conocí, pero solo es un recuerdo lejano. Cuando ella se fue, Josefina siempre renegaba de mamá, fingía que no le importaba, pero cuando estaba sola y pensaba que nadie la estaba observando lloraba frente a su fotografía. A veces las personas dicen que se odian, pero mienten. ¿Alguna vez ella dijo que te odiaba?

Daniel niega con la cabeza.

—Entonces no te odia, tonto.

—Pero, sus ojos, no puedo olvidarme de ellos. Es raro, ¿cierto? ni siquiera puedo mirarte, lo siento —dice apenado escondiendo la cabeza.

­—Olvídalo, no tienes que hacerlo si no puedes, no voy a obligarte, incluso si nunca lo haces no me molestaré contigo.

—Entonces, puedo preguntarte algo —añade Daniel nervioso—. ¿La extrañas? A tu madre.

Lo miro confundida, ¿mi madre?

­—No lo sé —respondo después de pensarlo durante varios segundos— casi no la recuerdo, sé que trabajaba de cantante y bailarina en un teatro, Josefina decía que me parecía mucho a ella; pero eso ya no importa, después de todo no creo que ella regrese algún día.

­—¿Y tu tía?

Un nudo se atora en mi garganta era una pregunta difícil de responder, prefería no pensar en ella, me sentía tonta cada vez que lo hacía; incluso después de cuatro años aun miraba hacia la puerta con cierta esperanza de que volviera, pero disipaba ese pensamiento rápido tan pronto como aparecía.

—Ella se fue, no hay nada más que decir —sentencio rápidamente.

—Lo siento —se disculpa Daniel en un susurro.

Creo que fui demasiado dura.

—No tienes que disculparte, tú me has contado mucho de ti hoy, y yo sigo ocultándote secretos . Ella se fue, me dejó en este orfanato prometiendo volver, pero nunca lo hizo. Al final es así todos se irán.

—¡Yo no me iré! —declara Daniel con firmeza.

—No deberías decir ese tipo de cosas, terminarás por arrepentirte­ —comento con molestia.

­­­—Por supuesto que no. ¡Estaremos juntos siempre! ­—afirma efusivamente.



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En el texto hay: reencarnaciones, drama, promesas

Editado: 29.04.2024

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