Itori: Recuerdos Perdidos

Arañas

Una araña colgaba del techo a solo unos centímetros de mi cara, eso fue lo primero que vi cuando abrí los ojos; retrocedí asustada, grité, al tiempo que trataba de apartarla con un cojín que estaba al lado de mi cama; escuché la voz preocupada de la señora Sara en el fondo, así que tuve que ir a tranquilizarla un momento, luego me alisté para mi primer día de trabajo, me despedí de ella, pero una sensación de intranquilidad se mantuvo en mi pecho.

El miedo a las arañas fue algo que surgió a través de un accidente. Josefina odiaba cualquier tipo de insecto o similar, bichos, era como ella los llamaba despectivamente, yo por otro lado los adoraba y casi siempre tenía uno en mi mano o los dejaba caminar por mi brazo, pero había un animal que ella odiaba por encima de todos: las arañas; llegando incluso a considerarlas de mala suerte.

Josefina podía pegar un salto por la impresión de ver una araña, un día después de ver tan curiosa reacción decidí jugarle una broma, encontré una en un rincón del jardín debajo de una piedra, era pequeña como de unos tres centímetros, de color negro y con unas patas largas y finas, no era la primera vez que veía una, pero si la primera que me animaba a agarrarla, al principio tuve problemas para cogerla con las manos, pero lo logré después de varios intentos. Una vez contenta por mi hazaña me propuse buscar a Josefina, apenas había entrado a la casa cuando sentí la punzada de un aguijón, de inmediato sacudí la mano y la araña cayó al piso, entonces aún no era consciente de lo que vendría, al cabo de unos minutos el dolor se sintió más fuerte en el lugar de la mordida, y los síntomas no hicieron más que empeorar con el transcurrir del tiempo.

Por suerte Josefina llegó a mi rescate unos minutos después, me llevó al hospital en donde me dieron a beber una poción de antídoto. Desde entonces cualquier tipo de curiosidad que hubiera sentido por dicho animal desapareció, y al igual que mi tía evitaba cruzar camino con alguna de ellas.

Debido a aquel recuerdo aun vagando por mi mente perdí mucho tiempo distraída, y para colmo no podía tomar mi camino habitual por la plaza principal debido al incidente relacionado con Gia, por lo que estaba obligada a tomar una desviación de varias calles; sentía la presión del tiempo sobre mí, no quería llegar tarde a mi primer día de trabajo. Apresuré el paso casi al punto de correr, pero repentinamente choqué con una mujer que venía del lado izquierdo de la acera.

—Discúlpeme —me apresuré a decir, mientras me agachaba a recoger un amuleto de cornalinas que había rodado unos metros.

—¡Era un amuleto de buena suerte! —se lamenta la mujer. Con la prisa que llevaba no me fije en un detalle importante sino hasta que ella me lo arrebató de las manos, un pequeño dije de un león hecho de bronce.

¿Un león? No podía ser "ese" león, no imposible, además se trataba de cornalinas no zafiros.

—Veo que le llamó mucho la atención mi amuleto. Se lo vendo, por solo cincuenta Zircs —ofrece la mujer, acercándolos a mi cara.

—No, no estoy interesada, pero le reitero mis disculpas —me inclino ligeramente y continuó mi paso sintiéndome un poco conmocionada. Entonces siento un agarre algo brusco sobre mi brazo. —¿Está segura de que no lo quiere, señorita? Nunca se sabe cuándo se pueda necesitar de uno —insiste mirándome directamente, sus grandes ojos azules me escudriñan sin ningún miramiento, y por un momento me siento incapaz de apartar la mirada de ella, era como si una fuerza invisible me lo impidiera.

—Está bien, entiendo, no la molestaré más —dice la extraña mujer, que por fin libera mi brazo. —Que tenga un buen día— se despide con una sonrisa que está lejos de sentirse agradable, un escalofrío recorre mi cuerpo antes de continuar con mi camino.

Mi día no podía ser más extraño, y apenas acababa de empezar. Por fortuna conseguí llegar al banco a tiempo, divisé a lo lejos la figura de la misma mujer de la entrevista, se la veía ansiosa caminando de un lado a otro.

—Casi, solo dos minutos más y te habría despedido —dice ella con frialdad.

Estoy a punto de reprocharle, cuando un grito se oye a lo lejos, una joven esta siendo arrastrada por un hombre, quien rápidamente se apresura a taparle la boca; camino hacia ellos con la intención de ayudarla, pero la voz de la examinadora me detiene.

—Déjalo, no es asunto tuyo. Ven, tengo que mostrarte que es lo que vas a hacer.

—Se la están llevando a la fuerza, ¿acaso no vamos hacer nada?

—No es asunto tuyo —recalca en un tono autoritario y algo enojado— ¿Ahora eres una heroína?  —dice con sarcasmo.

—Pero ella...

—Ven conmigo si no quieres perder tu trabajo —amenaza lanzándome una mirada inflexible. Me congelo por un momento, pero al final agacho la cabeza y la sigo en silencio. Siento un poco de culpa, pero al mismo tiempo no puedo perder este trabajo, necesito ese dinero.

El primer día transcurrió en relativa tranquilidad. Tal como lo preveía, aunque fue un poco confuso al inicio, para el final del día ya había entendido la mayoría de la dinámica básica en el banco. Había cuatro oficinas, dos de ellas estaban destinadas atender al público en general, la tercera servía solo a clientes especiales y la última estaba separada para el director del banco, se suponía que yo había sido contratada como asistente del director, pero debido a que él se encontraba de viaje, ayudaba en todo lo que me pidieran.



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En el texto hay: reencarnaciones, drama, promesas

Editado: 29.04.2024

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