Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 39: Pequeños visitantes

Alea y Zen

Una vez, solo una vez, Alea se atrevió a desear ver a su hermanito, y fue el día en que su pequeño hermano Leslie cumplía tres años; le pidió a su tía volver a la capital, la cual aceptó con dudas. Con un regalo en mano comprado con sus ahorros, se armó de valor y, aunque su corazón golpeaba tan fuerte en su pecho que dolía, bajó del taxi; pero al tener frente a él la que antes fue su casa, su mente se cerró, su cuerpo comenzó a temblar de puro terror y ni siquiera logró cruzar la calle.

Colapsó en la acera en un ataque de pánico nada más ver aparecer a sus padres a través de la ventana. La imagen que vio antes de que sus ojos se cerraran permanece con él aún ahora: una familia de tres, perfecta, sin defectos, sin el hijo defectuoso al que echaron de casa. Fue entonces cuando decidió desaparecer de la vida de Leslie y dejar que creciera feliz dentro de la familia donde él no pertenecía.

Sin embargo, nunca se imaginó que el destino podía ser tan caprichoso: encontrarse de repente a su hermano menor, ver esa carita que en sus recuerdos estaba más rechoncha, esa figura pequeñita y frágil, los ojos verdes que él recordaba, tan brillantes e inocentes.

Tuvo que huir, tenía que huir, porque si llegaba a tocarlo no querría dejarlo ir jamás, si llegaba a hablarle y de repente le prohibieran verlo de nuevo... no creía poder tener la fuerza suficiente para levantarse una vez más, y eso le daba miedo. Quería volver al colegio, regresar a su lugar seguro, al lado de sus amigos, donde Leslie no podía encontrarlo. Se levantó de la banca en la que se encontraba sentado y caminó hasta donde estaba Azariel revisando las fotos que había tomado, lo cogió de su camiseta y tiró de ella para llamar su atención.

Azariel lo miró y sus ojos se pusieron tristes, le acarició la mejilla de forma cariñosa, caricia que él recibió con agrado; el dolor disminuía un poco, pero la ansiedad persistía. Deseaba silencio, calor humano, los gestos de cariño sincero que solo sus amigos podían darle.

—¿Qué quiere el pequeño unicornio? —preguntó Azariel con voz suave.

Alea intentó formular la frase una y otra vez, pero era como si las palabras se le quedaran atoradas en su garganta y se negaban a salir; tragó saliva e intentó una vez más.

—Quiero regresar —musitó lo más alto que pudo.

—De acuerdo, solo dame un momento.

El torneo estaba a punto de terminar y solo hacían falta las fotografías grupales de cada equipo; cualquiera podía encargarse de ello. Azariel llamó a uno de sus compañeros de club para entregar la cámara, cogió la mochila de Alea y le envió un mensaje de texto a su hermano mayor, mientras se comunicaba con su abuelo para que enviara un transporte para él, pues Pegasus quedaba a solo unas cuadras del colegio mixto.

—Bien —al recibir la respuesta de su abuelo Azai, se agachó para subir a Alea a su espalda—. Llegaremos más rápido si te llevo, sube.

Alea no se hizo de rogar, subió a la espalda de su amigo y fue llevado por él todo el camino; una tranquilidad lo invadió al sentir el calor del cuerpo de Azariel, e incluso cerró los ojos para dejar descansar su mente y olvidar una vez más esos miles de recuerdos que le lastimaban el corazón.

No se dio cuenta de que habían llegado al vehículo hasta que su amigo lo bajó al suelo; entraron al auto y el chofer les cerró la puerta. Sin preguntar o decir palabra, Azariel lo abrazó, y durante todo el camino de regreso se la pasó dándole pequeñas palmaditas de consuelo.

&

Cuando el torneo finalizó, Zen estaba más que listo para volver. El día había sido más duro de lo que había pensado. Le dolía la mandíbula, la rodilla donde acababa de recibir una patada le palpitaba y sentía el estómago revuelto luego del codazo intencional que le dio su oponente. Lo único bueno de toda esa paliza fue ganar el torneo y ver cómo los del equipo de la escuela mixta arrugaban sus caras de disgusto.

Ahora solo quería regresar a su dormitorio, darse una ducha y acostarse en su cama a descansar.

Mientras ayudaba a Cedric a llevar unas bolsas con equipo de filmación, se dio cuenta de que desde hacía rato no veía rastro de Alea y Azariel. Al principio pensó que quizá algún profesor los había enviado a hacer algo. Sin embargo, al ver al club recoger todo y que ellos aún no habían vuelto, se alarmó de inmediato, pues había visto el rostro de Alea luego del descanso y no se veía nada bien.

—¿Dónde están Azariel y Alea? —preguntó a Cedric, que se encontraba a unos pasos de él.

—No se te olvide que tenemos que ir a dejar el documento a la oficina del director —le gritaba a un chico rubio y corpulento—. Alea no se sentía bien y regresaron al colegio.

—¿Qué le sucedió?

—Sólo... —la pausa del castaño lo alertó y lo hizo preocuparse más— se sentía enfermo.

Zen guardó silencio, ya no preguntó más, pero eso no quería decir que se sintiera tranquilo. Levantó los maletines y se dirigió al autobús. Tardaron casi una hora en salir rumbo al internado luego de guardar todo, y la ansiedad de Zen crecía cada vez más; suficiente había tenido con escapar de su ex todo el día...

Algo en su mente conectó la advertencia de Azariel y su ex, y la preocupación creció una vez más; la idea de que esa chica le hubiera dicho algo hiriente a Alea pasó por su mente. «¿Podría ser que lo golpeara? No, imposible, Azariel no dejaría que le pusieran un dedo encima a su amigo».




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