Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 40: Alea

Alea y Zen

Cuando Alea y Leslie terminaron de hablar, ya era la hora de la cena. No podían enviarlos de regreso a sus casas, así que hicieron planes para dejarlos dormir en el dormitorio y enviarlos a sus hogares al día siguiente.

—Esta ropa me queda enorme —se quejó Leslie con una camiseta de Alea puesta.

—Es la ropa más pequeña que tengo —confesó el rubio—. ¿Por qué tu cuerpo es tan pequeño?

—Voy a crecer y seré más alto que tú —soltó el niño con confianza.

—Yo de verdad creí que tenía cinco años —admitió Johan.

—Tengo nueve —corrigió Leslie con el ceño fruncido.

—Todavía no —desmintió Luka—; los cumples en agosto.

El niño hizo un puchero de disgusto.

—¿No es más raro que a los otros niños les quede tu ropa? —alegó Elyan.

Los demás observaron a Luka y Denis, que eran casi de la misma estatura y que sobrepasaban por mucho al pequeño Leslie. Aunque la ropa era una talla más grande que la que solían usar, no les quedaba holgada como al pequeño rubio.

—Es ropa que usaba cuando estaba en primero de secundaria —se defendió Alea.

—¿Por qué tienes ropa de secundaria en tu armario? —cuestionó Zen.

Alea no contestó.

—Es que todavía le quedan —expuso Cedric, ganándose una mirada afilada de su amigo.

—¿Sabes?, deberías tomar más leche para crecer alto —le aconsejó Johan—, no quedarte como tu hermano.

—Bebo leche —reveló, arreglándose la camisa que se le caía por el hombro—, mucha leche, mañana, tarde y noche.

—Tus padres deberían de comprarte suplementos para crecimiento —aconsejó Elyan.

—Es genético. ¿No has visto a la tía Ivonne? Es menuda y pequeña —informó Cedric—. A veces la confunden con una adolescente o una universitaria.

—¿Tía Ivonne? —preguntó Leslie confundida.

—La tía Ivonne es la hermana pequeña de mamá —explicó Alea—; ella me adoptó cuando me abandonaron y desde entonces vivo con ella.

Leslie había asistido a cenas familiares, pero jamás había visto a alguna tía. «Nunca la he visto, ni en casa de la abuela».

—Es porque a ella también la echaron cuando decidió adoptarme —mencionó el rubio—. No querían tener cerca a alguien que aceptara a esa clase de personas. Algún día te la presentaré.

Luego de terminar de vestir a los niños, observaron a Leslie, al que todavía se le caía la ropa.

—¿Por qué no le pones esa pijama de oso panda que te dejó de quedar hace mucho tiempo? —sugirió Azariel—. Aún te niegas a tirarlo, seguro ese le queda.

—¡Es verdad! —recordó Alea, yendo a buscar la pijama que le gustaba tanto, pero cuando creció un poco más dejó de quedarse y ya no se la pudo poner; le tenía un gran aprecio, pues fue el primer regalo que su tía le dio cuando se fue a vivir con ella. Llevó a Leslie de nuevo al baño y le ayudó a ponerse la pijama, que le quedó perfecta—. Te ves bien.

Leslie salió del baño contento con su pijama de panda, solo porque era un traje que a su hermano le gustaba. Debido a que no podían dejar a los niños solos y sin cenar, por unanimidad decidieron pedir a domicilio; entonces descubrieron que los gustos de Leslie eran muy diferentes a los de Alea, pues al niño le gustaba la comida sana y balanceada.

Nadie podía defenderse contra la ternura de Leslie, y Azariel mucho menos, que terminó abrazando al niño como si fuera un oso de peluche.

—Oye, cloncito —llamó Johan—, ¿cómo hicieron para venir hasta aquí?

Era la pregunta que todos se hacían: ¿cómo esos tres niños de apenas nueve y ocho años habían llegado a su colegio? El internado quedaba en la cima de la montaña, los autobuses solo subían dos veces al día, una en la mañana y otra en la tarde. Podías llegar en taxi, pero eran costosos; además, ¿no estarían sus padres preocupados de enviarlos solos?, porque hasta ahora, nadie les había comunicado sobre un adulto acompañándolos.

—Preguntamos —respondió Denis.

—Mi hermana nos dijo las rutas y los horarios —reveló Luka.

—Después de salir de la escuela, corrimos a la parada de autobuses, le dijimos al señor conductor que íbamos a visitar a mi hermano al internado, así que amablemente nos sentó en los asientos de enfrente y, cuando llegamos aquí, esperó hasta que entráramos a la institución antes de marcharse —contó Leslie.

—¿Por qué no los trajo su hermana o alguna de sus madres? —cuestionó Zen.

—No les dijimos —confesó Denis—; mentimos para poder venir.

—Leslie quería venir solo, pero nos preocupó que le pasara algo en el camino, así que decidimos acompañarlo —siguió Luka.

—Le dije a mamá que me quedaría en la casa de Luka hasta mañana por la tarde para hacer una tarea —explicó Leslie—. Luka le dijo a su madre que se quedaría en casa de Denis, y Denis, que se quedaría en mi casa. ¿Buena idea, no?

No, no era una buena idea en lo absoluto. ¿Cuántas cosas pudieron salir mal el día de hoy? Además, si sus madres se llamaban la una a la otra para preguntar por ellos... ¿no sería un desastre?




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