⚠️ Advertencia de contenido: Este capítulo contiene descripciones explícitas de violencia infantil. La lectura puede resultar perturbadora o sensible para algunas personas. Se recomienda discreción.
Alea y Zen
Las calamidades vienen acompañadas de señales, pero nosotros no las vemos o, simplemente, queremos hacernos los ciegos por nuestro propio bien. Creemos en falsas seguridades, nos mentimos a nosotros mismos diciendo: «Todo estará bien», pero... ¿y si no lo está? ¿Y si solo es un vestigio del horror que viene? ¿Quién tiene la culpa? Sí, él. Eso creía Alea. Lo que estaba sucediendo era, sin duda, culpa suya.
«¿Por qué todo es así? ¡¿Por qué?! ¿Por qué? ¿Por qué?! Debí alejarme, debí evitarlo, debí haber dicho que se fuera, ser fuerte y no acercarme como me lo habían pedido». Su mente nadaba en acusaciones autoinfligidas por su propia ingenuidad.
—¡Alea! —El grito de Azariel lo sobresaltó, sacándolo de sus pensamientos turbulentos. En cuanto vio los ojos celestes y cristalinos de su mejor amigo, sus rodillas perdieron fuerza. Azariel trató de sostenerlo y hacerlo reaccionar—. Alea, ¿qué pasó? —preguntó preocupado.
Su corazón latía con fuerza, sentía que se estaba ahogando. La presión en sus pulmones no lo dejaba respirar. Tenía que hacer algo, debía hacer algo.
—Ayúdame, por favor —susurró, casi sin voz, con un nudo en la garganta y sollozando con fuerza—. Por favor, haz algo, por favor —pidió desesperado.
—Está bien, está bien, ¿en qué quieres que te ayude? Explícame —pidió el pelinegro, pero Alea solo repetía las mismas palabras una y otra vez.
Cedric rápidamente vio el móvil de Alea en el suelo y lo levantó. Había una llamada finalizada: "Leslie" se leía en el destinatario. Entonces, el castaño comprendió por qué su amigo estaba así. Con manos temblorosas se dio cuenta de que había una grabación en curso. Le dio a guardar y luego a reproducir. Solo fueron unos segundos, pero el grito que se escuchó al final y luego sonidos de golpes le helaron la sangre.
—Riel, llama al tío Kei —ordenó Cedric con la voz a punto de quebrarse.
—¿Qué? —exclamó Azariel, confundido, tratando de hacer reaccionar a Alea.
—Llama al tío Keitan y dile que vamos en dirección a la casa de los padres de Al, que lleve a la tía Ivonne y al abogado. —Luego le enseñó el nombre de la llamada en el móvil, y los ojos de Azariel se volvieron fríos—. Yo llamaré a la policía.
Cedric se alejó para cambiarse el pijama por ropa más adecuada y sacar una muda para los chicos. Mientras tanto, Azariel sacó su móvil y marcó a su padre. Ya era casi medianoche, pero su padre contestó al segundo timbre.
—Dime, cariño.
—Papá, recoge a la tía Ivonne y ve a la casa de los padres de Alea. Leslie acaba de llamar a Al, y no estoy seguro de qué sucedió, pero se ha puesto muy mal. Creo que le hicieron algo a su hermanito. También llévate al abogado.
—Entiendo, voy enseguida —dijo su padre antes de cortar la llamada.
—Al, escúchame, papá ya viene, y la tía Ivonne. Cedric ya le avisó a la policía. —Azariel observó con preocupación al pequeño rubio que lloraba desconsolado. Su mirada llena de reproche se instaló sobre las camas de los más altos que en ese momento estaban vacías. «¿Por qué esos grandulones no están cuando los necesitan?» —Vamos, Al, levántate, hay que ir a rescatar a Leslie.
Al escuchar esto último, el rubio reaccionó, trató de controlarse y, poco a poco, se puso de pie. Azariel le alcanzó el medicamento y le dio una pastilla. Ahora no había tiempo para esto, debía mantenerse sobrio y no desmayarse. Cedric, que en ese momento estaba hablando por el móvil, se acercó con una muda de ropa.
—La dirección es...
—Avenida Remin, primera calle, pasaje cuatro, casa número 12 —recitó con voz temblorosa.
Leslie le había dado la dirección por si acaso, alguna vez, quería ir a visitarlo, aunque Alea estaba seguro de que jamás podría ni llegar a la puerta, pero ahora eso no importaba. Cedric repitió la dirección al operador. Alea tenía las manos temblorosas, por lo que Azariel tuvo que ayudarlo a vestirse.
—Bajen despacio —indicó el pelinegro—. Yo iré a buscar a mi hermano. Si vamos solos no nos dejarán salir porque ya son pasadas las doce, pero si Declan nos acompaña no dirán nada.
Azariel se calzó los zapatos, cogió una chaqueta y salió del dormitorio lo más rápido que pudo. Corrió por todo el campus hasta llegar al edificio de dormitorios donde estaba su hermano. Al llegar frente a la puerta, golpeó con desesperación intentando medir su fuerza para no tirarla al suelo. Un estudiante del dormitorio de al lado abrió la puerta alertado por el ruido y miró a Azariel con molestia.
—Lo siento —se disculpó con vergüenza. En ese momento, la puerta frente a Azariel se abrió de golpe. Su hermano salió con el ceño fruncido y el cabello alborotado, pero cuando se dio cuenta de la presencia de su hermano menor, su rostro cambió a uno más tranquilo—. Hermano, tenemos que salir, el hermano de Alea está en peligro.
—¿Qué? —se sobresaltó un poco confundido.
—No hay tiempo, te explicaré en el camino, cámbiate de ropa rápido —gritó desesperado.
Declan no lo pensó dos veces. Se puso las deportivas que tenía al alcance, cogió su móvil y las llaves, agarró la mano de Azariel y ambos salieron en dirección al edificio rojo de primer año. Allí ya los estaban esperando Alea y Cedric. El rubio había dejado de llorar, pero su cuerpo temblaba con miedo.
#1077 en Joven Adulto
#3177 en Otros
amor puro reencarnaciones, violencia amor dolor tristeza y vida, romance +16
Editado: 20.10.2026