Nicole.
Hay momentos en la vida de una mujer en los que se detiene frente al espejo del baño de la oficina, se mira a los ojos y se dice: «Nicole Hathaway, estás a punto de cometer la estupidez más grande de tu carrera profesional».
Yo llevaba cuarenta minutos en ese baño.
—Es una locura —le dije a mi reflejo.
Mi reflejo, que siempre ha sido más valiente que yo, me devolvió una mirada que decía: «Hazlo, cobarde».
Déjenme explicarles cómo llegué hasta ahí, porque estas cosas nunca empiezan con una nota. Empiezan con una cadena de pequeñas decisiones razonables que, sumadas, te dejan escondida en un baño con un papel doblado en el bolsillo y el pulso de una liebre en plena persecución.
Me llamo Nicole Hathaway, tengo veintiocho años y soy la asistente ejecutiva de Gravriel Smirov, director general de Smirov Industrial, que ocupa desde hace nueve años la doceava planta de este edificio. Nueve años de él, quiero decir. Yo llevo cuatro. Cuatro años, dos meses y once días sirviéndole café que jamás agradece, agendando reuniones que siempre odia y recibiendo gruñidos que, según mis cálculos, equivalen a unos treinta y dos idiomas diferentes de la misma queja.
Gravriel Smirov mide casi uno noventa. Tiene los hombros de un hombre que, en otra vida, cargó vacas por deporte. Tiene el cabello oscuro, siempre un poco despeinado por esa costumbre suya de pasarse la mano cuando algo le sale mal, que es siempre. Tiene los ojos del color del hielo en una fotografía en blanco y negro. Y tiene un acento ruso que convierte cada reunión en una escena de película de espías en la que yo soy la secretaria que muere en el primer acto.
También tiene un humor de perros.
También, y esto lo digo solo entre nosotros, tiene unas manos que me han hecho perder el hilo de una conversación en al menos setenta ocasiones.
Pero eso no viene al caso.
Bueno, sí viene al caso, pero lo negaré bajo juramento.
—Nicole —me dije otra vez, apoyando la frente en el espejo—. Piensa. Piensa como una adulta.
Una adulta, estaba claro, no estaba escondida en un baño. Una adulta estaría en su escritorio revisando la agenda del día. Una adulta no estaría planeando pedirle a su jefe lo que yo estaba a punto de pedirle.
Pero es que yo tenía un plan. Un plan de verdad. Con pasos.
Paso uno: era martes. Los martes Gravriel está de mal humor, pero de un mal humor predecible, que es mejor que el mal humor del lunes, que es caótico, o el del jueves, que es filosófico.
Paso dos: tenía la nota escrita. La había redactado catorce veces. Había descartado versiones como «Estimado señor Smirov, tras un detenido análisis de mi situación personal…» y «Querido jefe, esto no es un acoso, es una propuesta de negocios…». Al final, a las tres de la madrugada, con medio paquete de galletas en el estómago y un loro mirándome desde su percha, había escrito la versión definitiva.
Y ahí es donde tengo que hablarles de Fabio.
Fabio es mi loro.
Es un guacamayo de pecho azul que, según el vendedor de la tienda de mascotas, «tiene mucha personalidad». Lo que el vendedor omitió es que la personalidad de Fabio estaba formada, en su totalidad, por los gemidos y las frases de la telenovela que ponía el anterior dueño. Fabio no dice «hola» ni «buenos días». Fabio dice cosas como «Ay, mi amor, no pares» y «¿Quién es el guapo de mamá?», con una voz grave, aterciopelada y profundamente inapropiada.
Tengo que pedir disculpas a las visitas, a los vecinos y a la señora de la tintorería, que una vez lo escuchó por teléfono y me miró distinto durante tres semanas.
Esa madrugada, mientras yo escribía mi nota fatídica, Fabio se había posado sobre mi hombro y me había susurrado al oído, con ese tono de galán de culebrón:
—Hazlo, nena. Hazlo ya.
—No me ayudas, Fabio.
—Ohhh, sí —respondió el loro—. Así, así.
—¡FABIO!
Le tapé el pico con un trapo de cocina y volví a mi tarea. Pero esa es la razón por la que, esa mañana de martes, Fabio estaba en mi bolso, dentro de una bolsa de tela con agujeritos, porque no tenía con quién dejarlo y porque, siendo honesta, necesitaba apoyo moral. Aunque fuera apoyo moral de dudosa reputación.
Volví a mirarme en el espejo.
—Estás loca —me dije.
—Mmmm, qué rico —dijo mi bolso.
—Cállate, Fabio.
Lo que me llevó a este punto, para ser justa con mi propia cordura, no fue un capricho. Fue una sucesión de eventos.
Primero, la boda de mi prima Alice, hace seis meses. Fue preciosa. Hubo flores, hubo música, hubo un pastel de cuatro pisos. Y hubo una tía lejana que me agarró de las manos en plena pista de baile y me dijo con lástima:
—Ay, Nicole, hija, el tiempo pasa y tú sola como un hongo.
—Tía, no soy un hongo.
—Ya, ya, no te preocupes, siempre hay tiempo —dijo, con la mirada de quien está redactando mi obituario romántico.
Segundo, el nacimiento del bebé de mi mejor amiga, Rebecca. Fui al hospital con un oso de peluche enorme y salí con el corazón hecho un nudo. Porque cuando sostuve a ese bultito arrugado y calentito, con su olor a leche y a cosa nueva, sentí algo que no sé explicar. Fue como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de mí que yo ni sabía que existía.
Y tercero, mi cumpleaños número veintiocho, que pasé sola, en mi departamento, con una porción de tarta de zanahoria, una vela y un loro que me cantó «Cumpleaños feliz» con la entonación de un seductor de bar de carretera.
Ahí lo vi claro.
Yo quería ser madre. No «algún día». No «cuando encuentre al hombre ideal». Quería serlo ya, con todas mis ganas, con todo mi corazón. Y llevaba años esperando que apareciera el hombre perfecto, ese que supuestamente llegaría a mi vida en un caballo blanco o, en su defecto, en una cita de aplicación que no terminara con él hablándome de su exnovia o de su proyecto de criptomonedas.
Pero el hombre perfecto no llegaba. Lo que llegaba eran hombres como Craig, que me dejó plantada porque «necesitaba encontrarse a sí mismo», o como Dave, que me dijo en la tercera cita que sus tres gatos eran «la prioridad de su vida», o como el señor de la aplicación que se presentó con una chaqueta de cuero y una serpiente enrollada al cuello, y que me confesó que la serpiente se llamaba Karen y que era su mejor amiga.