¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 2: ¡Jefe, concédeme un deseo!

Gravriel.

En Rusia hay un dicho que dice que, cuando la vida te da limones, tu madre te pregunta por qué no son manzanas, por qué no te has casado y por qué no tienes todavía tres hijos.

Este no es un dicho real. Lo acabo de inventar. Pero podría serlo, porque describe con precisión quirúrgica mi existencia desde hace dos semanas.

Me llamo Gravriel Smirov. Tengo treinta y cuatro años, dirijo una empresa con más de ochocientos empleados y una facturación que haría llorar de emoción a un contable suizo. He cerrado contratos en tres continentes. He sobrevivido a una auditoría fiscal, a una huelga de transportistas y a un invierno en Novosibirsk sin calefacción.

Y nada, absolutamente nada, me ha aterrorizado tanto como el teléfono sonando con el nombre «Mamá» en la pantalla.

—Gravriel Aleksandrovich —había dicho esa mañana la voz de Svetlana Smirova, a seis mil kilómetros de distancia pero con la potencia de quien está pegada a mi oreja—. Hoy hablé con Ludmila, la vecina.

—Mamá, estoy trabajando.

—Ludmila tiene una hija.

—Todas las vecinas tienen una hija, mamá.

—Se llama Dasha. Toca el violonchelo. Cocina un borscht que hace llorar a los hombres. Tiene caderas.

—¿Caderas?

—De parir, Gravriel. De parir. Caderas de tradición.

Me pasé la mano por el pelo. Es un hábito malo, lo sé. Mi secretaria dice que si sigo así me quedaré calvo a los cuarenta. Nunca se lo he confirmado, pero llevo la cuenta de cada mechón.

—Mamá, no voy a casarme con Dasha.

—No te digo que te cases mañana. Te digo que la conozcas. Vendrá conmigo la semana que viene.

—¿Conmigo? ¿Adónde?

—Adonde tú estás, hijo. Ya compré los billetes.

Me quedé en silencio, con el teléfono en la mano y la sensación de que una pared invisible se cerraba a mi alrededor.

—Mamá.

—Y Ludmila también viene. Y la prima Katya, que está divorciada y es muy simpática. Y tu tía Raisa, que tiene un amigo con un sobrino que es dentista y tiene una hermana…

—Mamá.

—Ay, Gravriel, me estoy haciendo vieja. Quiero ver a mis nietos antes de morir.

—Tienes cincuenta y ocho años.

—Una madre sabe cuando se acerca el final.

—Hace tres semanas fuiste a bailar al club de jubilados.

—Bailar cansa. Es un síntoma.

—Mamá, bailaste tres horas seguidas y desmayaste a un hombre.

—Era un hombre débil.

Había colgado entonces, o más bien me había colgado ella, porque Svetlana Smirova nunca termina una llamada: la suspende hasta nuevo aviso, como quien cierra un capítulo para abrir otro peor.

Me quedé mirando el despacho. Cristal, madera oscura, un escritorio inmenso, estanterías con libros que jamás he leído y un diploma enmarcado de una universidad cuyo nombre aún me cuesta pronunciar en inglés. Todo en orden. Todo bajo control. Todo, menos mi vida.

Porque mi vida, a los treinta y cuatro años, tenía una carencia que ningún balance financiero podía arreglar.

No tenía nadie con quien llegar a casa.

Pero eso no se lo iba a decir a mi madre. Ni a nadie. Ni siquiera a mí mismo, en voz alta, que es el interlocutor más peligroso.

Me levanté, tomé mi taza de café, ya frío, y caminé hacia la terraza. El despacho tiene una pequeña terraza que casi nunca uso. Tiene plantas, dos sillones y una vista de la ciudad que, en teoría, debería calmarme. En la práctica, solo me recuerda lo pequeños que son los problemas de los demás vistos desde la doceava planta, y lo grandes que son los míos.

Salí al aire fresco. Me pasé la mano por el pelo. Miré al cielo.

—Dios mío —dije en ruso, porque a Dios hay que hablarle en el idioma de la infancia—. Si existes, necesito una solución. No pido mucho. Solo una mujer inteligente, tranquila, que no hable de caderas, que no toque el violonchelo y que no sea prima de Katya. ¿Es mucho pedir?

El cielo no respondió.

El cielo, al parecer, estaba ocupado.

Pero justo cuando me disponía a dar un sorbo al café frío, algo blanco y ligero se posó con suavidad sobre mi hombro derecho.

Pensé que era una hoja. O un pájaro. O una paloma con muy mala puntería.

Era un avión de papel.

Lo tomé con dos dedos, con cautela, porque en mi experiencia los aviones de papel solo traen problemas: o son de la oficina de abajo, o son de algún niño malcriado, o son la advertencia de un empleado que quiere renunciar sin dar la cara.

Lo desdoblé.

Había una letra pequeña, redonda, que conocía muy bien. La conocía porque llevaba cuatro años leyéndola en agendas, informes, notas adhesivas y listas de compras que, secretamente, yo guardaba en un cajón.

Era la letra de Nicole.

Leí:

*Jefe, concédame un deseo. Hágame un hijo.*
*Atentamente, Nicole.*
*P.D.: No es una broma. P.D. 2: Tampoco es acoso. P.D. 3: Estoy sana, tengo seguro médico y no fumo.*

Parpadeé.

Volví a leer.

Parpadeé otra vez.

La leí una tercera vez, moviendo los labios como un niño que aprende a leer. Y cuando llegué al final, a esa tercera postdata tan absurda, tan seria, tan profundamente de ella, algo se me movió por dentro.

Era una cosa extraña. Una especie de calor en el pecho. Algo parecido a lo que debieron sentir los marineros cuando divisaron tierra tras meses de mar.

Alcé la cabeza hacia el cielo, con la nota en la mano y la taza a medio camino de la boca, y dije en ruso, con la voz entrecortada:

—Gospodi… ya prosil zhenshchinu. No ty prislal ee s neba.

Que, para quien no hable ruso, significa: «Señor, yo pedí una mujer. Pero tú la mandaste desde el cielo».

Y creo que ahí me quedé un buen rato, con el corazón desbocado, mirando las nubes con una gratitud tan profunda que casi me da vergüenza.

Después, poco a poco, la lógica empezó a regresar.

Porque soy un hombre racional. Un hombre que calcula, que mide riesgos, que analiza cada decisión con un criterio frío. Y mi cerebro de empresario empezó a hacer un balance.




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