Nicole.
Caminar hacia el despacho de Gravriel Smirov fue, sin exagerar, el trayecto más largo de mi vida. Ocho metros. Los medí después con una cinta métrica, por pura curiosidad científica. Ocho metros que me parecieron ocho kilómetros, cuesta arriba, descalza y con un loro maldiciéndome desde el bolso.
—Fabio —susurré entre dientes, sin mover los labios como una ventrílocua en apuros—. Si dices una sola palabra más, te regalo a la señora de la tintorería.
—Ohhh, mami…
—Y ella te va a poner telenovelas coreanas las veinticuatro horas.
Fabio guardó silencio. Un silencio breve, muy digno, de loro ofendido. Después, en voz baja, casi imperceptible, murmuró:
—Saranghae.
No sé de dónde sacó eso. Prefiero no preguntarlo.
Detrás de mí, la oficina entera había dejado de fingir que trabajaba. Sentía ochenta pares de ojos clavados en mi nuca, y entre ellos, sin duda, los de Margaret, la contable de la planta nueve, que había subido a «traer unos papeles» con una sincronización de documental de la naturaleza. Hay depredadores que esperan semanas junto a una charca. Margaret solo necesitaba un loro con voz de galán.
Crucé el umbral del despacho. Gravriel estaba sentado tras su escritorio inmenso, con las manos entrelazadas, la espalda recta y esa cara de granito tallado por un escultor con malos recuerdos. Ni siquiera levantó la vista. Miraba algo sobre la mesa, algo pequeño y blanco que no alcancé a distinguir.
—Cierre la puerta, señorita Hathaway.
Su voz. Esa voz grave, con la erre rodando como una piedra por una pendiente, que convertía hasta un «cierre la puerta» en una amenaza de nivel diplomático.
Cerré la puerta. El clic sonó como la tapa de un ataúd.
—Siéntese.
Me senté. La silla frente a su escritorio es baja. No sé si es un diseño deliberado o un accidente, pero hace que cualquiera que se siente allí parezca un niño en el despacho del director. Yo, con mi bolso en el regazo, mis rodillas juntas y mi cara de tomate maduro, tenía un aspecto francamente lamentable.
Gravriel seguía sin mirarme. Tomó un bolígrafo. Lo dejó. Tomó otro. Lo dejó. Se pasó la mano por el pelo.
Y yo pensé: me va a despedir. Lo sabía. Lo veía venir. Cuatro años, dos meses y once días de servicio, y todo para terminar en una caja de cartón con una planta de plástico y una taza de «Mejor secretaria del mundo» que no iba a ser cierta nunca más.
—Señor Smirov —dije, con una voz que no reconocí como mía—, antes de que diga nada, quiero explicarle que…
—Silencio.
—Pero es que…
—Silencio, señorita Hathaway.
Callé. Del bolso, muy bajito, salió un susurro grave:
—Uy, qué mandón.
Apreté el bolso contra mi estómago con tanta fuerza que creo que Fabio perdió una pluma.
Gravriel alzó, por fin, la mirada. Esos ojos de hielo me atravesaron como dos linternas en un sótano. Tardó un siglo en hablar. Cuando lo hizo, su tono era tan neutro, tan plano, tan desprovisto de emoción, que me recordó a esos locutores del tiempo que anuncian un huracán como si fuera una ligera brisa.
—¿Sabe usted qué es esto?
Giró la mano. Sobre el escritorio, planchado y alisado con una precisión casi religiosa, había un trozo de papel blanco con marcas de dobleces. Un avión de papel desplegado. Mi nota.
Me quise morir. No lo digo como expresión. Hice un cálculo mental rápido de las ventanas más cercanas.
—Es… un papel.
—Es una nota.
—Sí.
—Una nota que cayó del cielo.
—Fue un accidente, señor. Un accidente completamente involuntario, un error de manipulación causado por una ráfaga de viento que…
—Cayó sobre mi hombro.
—Sí, y lo lamento muchísimo, de verdad, no era mi intención que…
—Mientras yo estaba en la terraza.
—Sí.
—Rezando.
Me quedé callada. Parpadeé.
—¿Rezando?
—Rezando —confirmó Gravriel, sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
—No… no sabía que usted rezara.
—Casi nunca.
—Ah.
—Pero hoy tenía motivos.
Algo en esa respuesta me heló la sangre. Y al mismo tiempo, no sé por qué, me dio un vuelco el corazón. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula tensa y las manos entrelazadas como un jurado a punto de dictar sentencia. Pero había algo en su mirada, un brillo muy pequeño, casi invisible, que no encajaba con la cara de verdugo.
Sentí un cosquilleo extraño. Lo ignoré.
—Señorita Hathaway —continuó él, tomando la nota con dos dedos—. Voy a leerle algo.
—No hace falta, señor. Sé lo que dice.
—Voy a leérselo igualmente.
Se aclaró la garganta. Se enderezó. Y con la solemnidad de un notario leyendo un testamento, con ese acento ruso que hacía que cada palabra sonara como una declaración de guerra, empezó:
—«Jefe, concédame un deseo. Hágame un hijo».
Un silencio sepulcral. Escuché, a lo lejos, una mosca. Una sola mosca, volando por el despacho con la tranquilidad de quien no tiene problemas en la vida.
—«Atentamente, Nicole».
Quise decir algo. Quise desaparecer. Quise que el suelo me tragara como en las películas de terror. No me tragó.
—«Posdata: no es una broma».
Del bolso, entre susurros: «Ay, qué fuerte».
—«Posdata dos: tampoco es acoso».
—Señor, por favor…
—«Posdata tres: estoy sana, tengo seguro médico y no fumo».
Terminó de leer. Dejó el papel sobre el escritorio con una delicadeza obscena. Y me miró.
Yo estaba, literalmente, a punto de llorar. Notaba las lágrimas formándose en el borde de los ojos como dos charcos de vergüenza pura. Respiré hondo. Intenté hablar. Me salió una especie de graznido.
—Lo siento —logré decir—. Lo siento muchísimo. Fue una locura. Fue una estupidez. Una noche sin dormir, un mal momento, una crisis de… de reloj biológico, o algo así. No debí escribirlo. No debí ni pensarlo. Si quiere mi renuncia, se la doy ahora mismo. Puedo recoger mis cosas en cinco minutos. Soy muy rápida recogiendo cosas. Tengo pocas. Una taza, un calendario, un tarro de…