¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 4: Cláusulas, contratos y un loro negociador.

Gravriel.

He negociado con ministros, con sindicalistas, con un oligarca que me recibió en bata y con una delegación china que me hizo beber un licor de serpiente para cerrar un trato. Jamás, en toda mi carrera, un silencio me había parecido tan largo como el que siguió a mi propuesta de matrimonio.

Nicole me miraba desde su silla baja con los ojos como platos, la boca entreabierta y las manos aferradas al bolso. Tenía el color de una sábana recién planchada. Yo, agachado frente a ella, con una mano en el reposabrazos y la dignidad de un hombre que acaba de lanzarse a una piscina vacía, empecé a sospechar que quizá, solo quizá, había saltado un par de pasos.

Había preparado un plan. De verdad que sí. Un plan con fases, con calendarios y con una estrategia de aproximación gradual que, en teoría, debía durar semanas. La fase uno era «Mostrarse receptivo». La fase dos, «Aumentar la presencia en su vida cotidiana». La fase tres, «Introducir el concepto de compromiso de manera sutil». Y la fase cuatro, «Anillo».

Me había saltado de la uno a la cuatro en cuarenta segundos.

—Nicole —dije—. Respire.

—Estoy respirando.

—No lo parece.

—Es que he olvidado cómo se hace.

Del bolso salió una vocecita:

—Inhala, exhala. Inhala, exhala. Así, mami.

Nicole cerró los ojos.

—Gracias, Fabio.

—Un placer.

Debo reconocer que ese loro tenía mejor instinto que la mayoría de mis ejecutivos.

—¿Me ha pedido… matrimonio? —preguntó ella, con un hilo de voz.

—No exactamente.

—¿No?

—Le he planteado una condición.

—Una condición de matrimonio.

—Una condición contractual.

—¿Contractual?

—Con carácter vinculante.

Nicole parpadeó. Una vez. Dos veces. Tres veces. Tuve la sensación de que su cerebro intentaba arrancar un coche viejo en pleno invierno.

—Señor Smirov…

—Gravriel.

—¿Perdón?

—Si va a casarse conmigo, creo que puede llamarme Gravriel.

—¡Pero si todavía no he dicho que sí!

—Es cierto. Disculpe. Me he adelantado.

Me incorporé con toda la elegancia de que fui capaz, que no fue mucha, porque se me había dormido una pierna. Rodeé el escritorio, me senté y entrelacé las manos, tratando de recuperar el aire de autoridad que, dos minutos antes, me había parecido tan natural.

—Déjeme explicarme —dije.

—Se lo agradecería muchísimo.

—Es una cuestión de lógica.

—Me encanta la lógica.

—Usted quiere un hijo.

—Sí.

—Yo puedo dárselo.

—Eso… eso ha quedado claro.

—Pero un hijo necesita estabilidad. Un hogar. Un apellido. Una estructura familiar sólida. Usted misma lo ha dicho: una casa llena de ruido, juguetes por el suelo, cuentos antes de dormir.

—Lo he dicho.

—Y yo no soy partidario de los proyectos a medias.

—Ya.

—Si hay hijo, hay familia. Si hay familia, hay matrimonio. Es un razonamiento impecable.

—Es un razonamiento que tiene una trampa de dos kilómetros, señor Smirov.

—Gravriel.

—Gravriel.

—¿Dónde ve usted la trampa?

—¡En que usted ha pasado de «sí a la propuesta» a «cásate conmigo» sin una sola escala!

Tuve que reconocer, para mis adentros, que tenía razón. Pero en mi familia no se reconocen errores en voz alta. Se reconocen en privado, a las tres de la madrugada, mirando el techo.

—Hay otra razón —dije.

—¿Cuál?

Aquí tenía dos caminos. El primero era decirle la verdad: que llevaba años observándola desde mi escritorio como quien observa una ventana abierta en pleno invierno, que sabía exactamente cuántas cucharadas de azúcar le ponía a su té, que me había aprendido de memoria el sonido de sus pasos por el pasillo, que su nota me había caído del cielo y que, al leerla, algo en mi pecho se había movido como una placa tectónica.

El segundo camino era la excusa de mi madre.

Elegí el segundo.

—Mi madre —dije— llega la semana que viene.

—¿Su madre?

—Con una delegación.

—¿Una delegación?

—Cinco personas. Quizá seis. Entre ellas, una violonchelista con caderas de tradición.

Nicole me miró con una expresión que no supe descifrar.

—¿Caderas de tradición?

—Es un concepto familiar.

—Ya veo.

—Mi madre cree que debo casarme. Lleva meses insistiendo. Y esta semana, ha decidido tomar medidas.

—¿Y usted quiere…?

—Quiero ganar tiempo.

—¿Con una esposa?

—Con una prometida. Por ahora.

Nicole se quedó callada. Después, muy despacio, empezó a sonreír. No una sonrisa grande. Una de esas sonrisas pequeñitas y sorprendidas que se te escapan cuando descubres algo gracioso y no sabes si reír o llorar.

—Es decir —dijo—, que usted necesita una novia falsa.

—No.

—¿No?

—Necesito una prometida verdadera.

—Pero acaba de decir que quería ganar tiempo.

—Quiero ganar tiempo para convertirla en verdadera.

—Gravriel…

—Es un plan a largo plazo.

—Esto ya no es un plan —dijo Nicole, llevándose una mano a la frente—. Esto es una novela rusa.

—Las novelas rusas suelen acabar mal.

—Precisamente.

—Pero tienen un mérito: son largas.

Del bolso salió una carcajada. Una carcajada de loro, que es una cosa distinta a la risa humana y que suena a gato asfixiándose en una cacerola. Nicole sacó a Fabio con resignación y lo posó sobre mi escritorio, sin pedirme permiso. El animal avanzó por la madera con sus patitas escamosas, con la dignidad de un diplomático que entra a una sala de negociaciones, y se detuvo a medio metro de mi taza de café.

Me miró. Ladeó la cabeza.

—Ven aquí, papi —dijo.

—No.

—Ay, qué frío.

—Soy ruso.

—Brrr —respondió el loro, como si lo entendiera.

—Fabio, por favor —suspiró Nicole—. Compórtate.

—Este señor tiene unas manos…

—¡FABIO!

—Preciosas —concluyó el ave, satisfecha.

Me miré las manos. Eran las mismas de siempre: grandes, de nudillos marcados, con un pequeño corte en el pulgar de cuando me había peleado con una caja de grapas. Nada especial. Pero sentí un calor subirme por las orejas, y me alegré de estar sentado.




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