¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 5: Rebecca opina, Fabio vota y yo tiemblo.

Nicole.

Hay llamadas telefónicas que cambian la vida, y hay llamadas telefónicas como la que le hice a mi mejor amiga, Rebecca, a los cinco minutos de salir del despacho de Gravriel, que simplemente la acortan.

—Rebecca —susurré, encorvada sobre mi escritorio y con la mano en forma de concha alrededor del auricular—. Necesito que te sientes.

—Ya estoy sentada. Estoy dando de comer a Oliver. Tiene puré de calabaza hasta en las orejas.

—Pues deja la cuchara.

—Si dejo la cuchara, llora.

—Entonces que llore. Esto es más importante.

Hubo un silencio. Después, el sonido inconfundible de una cuchara cayendo en un plato y de un bebé de once meses protestando con un «¡GAAAH!» de tenor de ópera.

—Estoy lista —dijo Rebecca—. Dispara.

Le conté todo. La nota, la azotea, el viento, el avión, la terraza, el despacho, el interrogatorio, el «sí», la condición, el matrimonio. Se lo conté en orden cronológico, con la precisión de un testigo en un juicio por asesinato, y sin respirar. Cuando terminé, a Rebecca solo se le oía la respiración, y de fondo, muy lejos, el murmullo de un dibujo animado con canción incluida.

—Nicole —dijo, al fin.

—¿Sí?

—¿Me estás diciendo que le dejaste una nota a tu jefe pidiéndole un hijo, que la nota le cayó del cielo literalmente, y que él te ha propuesto matrimonio con un contrato de veintiocho cláusulas?

—Exacto.

—Eso no es una comedia romántica. Eso es una película de Netflix con un presupuesto absurdo.

—Rebecca.

—Y el hombre es el que parece que te va a despedir cada vez que te mira.

—Ese mismo.

—El ruso.

—El ruso.

—El de las manos.

—¡Rebecca!

—Perdona, es que lo has mencionado tres veces en cuatro años. Una vez por año. Tengo estadísticas.

Me froté la cara con la mano libre.

—¿Qué hago?

—¿Quieres la respuesta de amiga o la respuesta de adulta responsable?

—La de adulta.

—Huye. Rápido. Cambia de nombre y de continente.

—¿Y la de amiga?

—Cásate con él, hija. Que está buenísimo.

—Rebecca…

—¡Y que tiene dinero!

—No me importa su dinero.

—A mí sí. Yo quiero ser la tía rica del bebé.

Del bolso, que descansaba junto al teclado, salió un murmullo aprobador:

—Esa mujer sabe.

—¿Eso era Fabio? —preguntó Rebecca.

—Eso era Fabio.

—Dile que le mando un beso.

—No le des alas.

—¡Fabio, te quiero!

—Ay, nena —respondió el loro, con ese tono aterciopelado de cantante de bolero que ya me había costado dos amistades y una cita con un fontanero—. Yo también.

Colgué diez minutos después, más tranquila, o más bien más resignada, que viene a ser lo mismo. Rebecca me había dado tres consejos. Primero, que no firmara nada sin consultarlo con un abogado «que no fuera el abogado de él». Segundo, que no me dejara intimidar. Tercero, que le preguntara por sus manías antes de comprometerme.

—Las manías son lo más importante —había dicho—. Los grandes amores se rompen por cosas pequeñas. Por el tubo de la pasta de dientes. Por el volumen de la tele. Por cómo se dobla la ropa.

—Gravriel dobla la ropa con regla.

—Hay que saberlo antes de la boda, cariño.

Y así, con tres consejos, un loro, una carpeta azul y una taza de «Mejor secretaria del mundo», comenzó mi primera semana como candidata a esposa de Gravriel Smirov.

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Debo reconocer que, durante las siguientes veinticuatro horas, la oficina se comportó como un hormiguero al que alguien ha pisado.

Nadie dijo nada, claro. Nadie dijo nada, pero todos miraban. Miraban cuando yo llevaba el café al despacho, cuando entraba con la agenda, cuando salía con los informes, cuando iba al baño, cuando volvía del baño. La becaria me miraba con una admiración casi religiosa. Los de contabilidad me miraban con suspicacia. Los de recursos humanos, con una especie de espanto burocrático, como quien ve un expediente que no encaja en ninguna casilla. Y Margaret, desde la planta nueve, aprovechaba cada oportunidad para subir con papeles que no necesitaba.

—Nicole, querida —me dijo el miércoles por la mañana, con una sonrisa de tiburón—. ¿Tu aplicación de meditación sigue funcionando?

—Perfectamente, gracias.

—Me gustaría descargármela.

—Es una versión beta.

—¿Cómo se llama?

—Fabio.

—¿Fabio?

—Es un nombre de desarrollador.

—Ah. —Margaret entrecerró los ojos—. ¿Y tiene versión para Android?

—No, solo para… bolsos.

Se fue con una expresión de profunda reflexión. Yo me quedé sentada, con la sensación de haber cometido un error estratégico, y Fabio, desde su bolso, soltó un largo suspiro de loro intelectual.

—Qué mal mientes, nena.

—Cállate, Fabio.

Aquel día, el despacho de Gravriel permaneció cerrado hasta las doce y media. Cuando por fin salió, llevaba el traje gris oscuro, la corbata azul marino y la expresión de quien se dispone a embarcarse en una misión de rescate en territorio hostil. Se detuvo delante de mi escritorio. Se aclaró la garganta. Se pasó la mano por el pelo.

—Señorita Hathaway.

—Señor Smirov.

—Nicole.

—Gravriel.

—Esta tarde —dijo, con una voz solemne y dura que me hizo pensar en cuando anunció los despidos del año pasado— tenemos una cita.

Dejé de teclear.

—¿Una… cita?

—A las ocho.

—¿Una cita… de verdad?

—Usted ha pedido citas. Yo, en cumplimiento del acuerdo, las programo.

—No hay acuerdo todavía.

—Hay un borrador.

—Un borrador no obliga.

—Un borrador moral, sí.

Estaba a punto de responderle cuando noté que algo temblaba en su mandíbula, un músculo pequeño, tenso, que yo había aprendido a reconocer como signo de pánico absoluto. Y entonces me di cuenta de que estaba nervioso. Gravriel Smirov, el terror de la doceava planta, estaba nervioso por una cita conmigo.

La ternura me llegó como un golpe.




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