Gravriel.
Hay situaciones en la vida de un hombre que exigen una respuesta rápida, y hay situaciones que exigen una respuesta rápida mientras un camarero de setenta años te mira desde la barra con una copa en alto, como quien presencia un naufragio desde la orilla.
Yo estaba en la segunda.
—¿Un anillo? —repitió Nicole, con los ojos muy abiertos y la mano todavía debajo de la mía—. ¿Quiere comprar un anillo ahora? ¿A las nueve y diez de la noche?
—Quiero evitar un genocidio sentimental.
—Gravriel, las joyerías están cerradas.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo…?
Y ahí, lo confieso, mi cerebro, ese órgano brillante que ha resuelto fusiones, litigios y una crisis con una refinería, me traicionó. Porque en lugar de inventar una excusa elegante, mi mano libre se fue sola al bolsillo interior de la chaqueta, sacó un estuche de terciopelo azul y lo dejó sobre el mantel de cuadros.
Silencio.
Nicole miró el estuche. Yo miré el estuche. El tío Misha, desde la barra, soltó un «oh» muy suave, de aficionado a la ópera ante una cadencia perfecta.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Un anillo.
—Eso lo veo.
—Es una casualidad.
—¿Una casualidad?
—Lo compré hoy.
—¿Hoy?
—Durante el almuerzo.
Nicole alargó la mano, tomó el estuche y lo abrió. Dentro, el pequeño diamante brillaba con la luz ámbar del restaurante. Después pasó un dedo por el terciopelo, con la delicadeza de una arqueóloga, y examinó la tapa.
—Está llena de polvo.
—Es el polvo de la joyería.
—Está descolorida.
—Es la luz.
—Y huele a oficina. A su cajón, concretamente. Huele a papel, a menta y a tres años de expedientes.
—Es… un olor muy general.
—Gravriel.
—¿Sí?
—Es la peor mentira que he oído en mi vida.
—Es una mentira en desarrollo.
—Es un desastre.
Me pasé la mano por el pelo. Tenía las orejas ardiendo. Nicole me miraba con una mezcla de diversión y ternura que me desarmó por completo.
—Es una historia larga —admití.
—¿Cuánto de larga?
—Tres años, aproximadamente.
El diamante resplandeció. Nicole abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez.
—¿Usted compró un anillo hace tres años?
—Un día de lluvia.
—¿Para quién?
—Para nadie.
—¿Para nadie?
—Para… una persona abstracta.
—¿Una persona abstracta?
—Una persona hipotética con cierto parecido a alguien.
—¿A quién?
—Ahora no es el momento, Nicole.
—¿Por qué?
—Porque mi madre aterriza en cuarenta y cinco minutos.
Fue una jugada sucia, lo reconozco. Pero funcionó. Nicole parpadeó, miró el reloj, miró el anillo, y su rostro pasó, en cuestión de segundos, de la emoción a la logística.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
—Tenemos que preparar una historia.
—Sí.
—¿Cómo nos conocimos?
—En el trabajo.
—¿Cuándo empezó todo?
—Hace… tiempo.
—¿Cuánto es tiempo?
—Tres años —dije, sin pensar.
—¿Tres años?
—Es el número que he tenido en la cabeza todo el día.
Nicole se puso colorada hasta las raíces del pelo. Pero no dijo nada. Cerró el estuche, lo guardó en su bolso de mano, se levantó y me miró con el mentón levantado.
—Vamos —dijo—. Pero primero tenemos que pasar por mi casa.
—¿Por qué?
—Porque hay un testigo clave que no podemos dejar fuera.
—Nicole, no tenemos tiempo para…
—Cláusula nueve.
Suspiré.
—Cláusula nueve —admití.
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Quiero que quede constancia de que ese fue el trayecto en taxi más surrealista de mi vida, y he viajado en un camión de ganado por la estepa kazaja.
El taxista, un hombre con acento de algún lugar de los Cárpatos, conducía con una mano en el volante y la otra en un rosario. Nicole, a mi lado, iba tomando notas a toda velocidad en la libreta que había sacado del bolso. Yo, en el otro extremo del asiento, repasaba mentalmente los puntos débiles de nuestro plan. Eran todos.
—Punto uno —dijo ella—. Nos conocimos hace cuatro años, cuando empecé a trabajar para usted.
—Para ti.
—¿Qué?
—Para ti. Somos novios. No me hables de usted.
—Ah. Sí. Disculpa.
—No hay nada que disculpar.
—Punto dos —continuó, sonrojada—. Nos enamoramos poco a poco, sin darnos cuenta, durante tres años de miradas furtivas y tensión en la sala de reuniones.
—Eso es bastante cercano a la verdad.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Sigue.
—Punto tres. Nos declaramos esta semana, tras un… incidente.
—¿Qué incidente?
—Un… —se detuvo—. Una nota.
—¿Cae del cielo?
—Es una excentricidad que ayuda a la credibilidad.
—Mi madre ya sabe que hay una nota.
—¿Qué?
—Se lo conté por teléfono.
—¡Gravriel!
—Fue un momento de debilidad.
Nicole se llevó las manos a la cara con un gemido de agonía. Yo, sinceramente, empecé a preguntarme si no había sido un error revelar demasiados detalles a una mujer que pasaba la mitad de su vida pensando que los hombres de mi familia éramos criaturas incapaces de una conversación normal. Pero al mismo tiempo, no podía apartar los ojos de ella. De su perfil sereno bajo las luces de la ciudad, de sus pestañas largas, de ese gesto suyo de morderse el labio cuando algo la preocupaba.
—Nicole —dije.
—¿Sí?
—No tienes por qué hacer esto.
—Lo sé.
—Si no quieres, lo entenderé. Puedo decirle a mi madre que fue un malentendido.
—No.
—¿No?
—Ya le dije que quiero conocerla.
—Es una mujer difícil.
—Lo he deducido.
—Es una mujer… extremadamente rusa.
—Eso también.
—Puede ser dura contigo.
Nicole levantó la mirada y sonrió. Una sonrisa muy pequeña, muy valiente.
—Soy asistente ejecutiva de Gravriel Smirov —dijo—. He sobrevivido a cuatro años de tus reuniones de los lunes. Creo que puedo con una abuela rusa.
—No es abuela todavía.