Nicole.
Si algún día alguien les propone alojar a ocho rusos en un apartamento de tres dormitorios, les recomiendo que digan que no. Si alguien es una madre llamada Svetlana, les recomiendo que digan que no, desde otro país, con un nombre falso y sin dejar dirección.
Gravriel vive en un ático. Lo supe en cuanto el ascensor se abrió directamente en su salón, porque en los áticos el ascensor no abre a un pasillo, abre a un estilo de vida. El salón era enorme, minimalista, de paredes blancas, suelos de madera clara y ventanales que daban a toda la ciudad. Había un sofá gris que parecía no haber sido usado nunca, una estantería con libros ordenados por tamaño y una cocina de acero inoxidable tan limpia que me dio miedo mirarla.
Era, en resumen, la casa de un hombre que lleva años viviendo solo y le ha cogido cariño al silencio.
Ese silencio duró exactamente once segundos.
—¡Qué horror! —exclamó la tía Raisa, asomándose a la cocina con sus gafas de culo de botella—. ¡No hay nada de comer!
—Hay una nevera —dijo Gravriel.
—¡Está vacía!
—Tiene agua.
—¡El agua no es comida, Gravrielushka!
—Tiene yogures.
—¡Caducados!
—Tienen fecha de caducidad de hace tres días. Es un margen razonable.
—¡Yo me desmayo!
—Siéntese, tía.
Mientras tanto, Ludmila inspeccionaba los armarios con una expresión de agravio personal. Katya se había tumbado en el sofá con los zapatos puestos, en una pose digna de un cuadro de Klimt. Los dos adolescentes, a los que por fin pude ponerles nombre (Pasha y Vanya, sobrinos de no sé quién), se habían sentado en el suelo, pegados a un enchufe, cargando teléfonos con la devoción de unos monjes. El señor del bigote, que se llamaba Boris, miraba los cuadros de las paredes con las manos a la espalda, como un crítico de arte, y soltaba de vez en cuando un «hm» pensativo.
Y en el centro de aquel caos, de pie, con las manos en las caderas y el abrigo marrón colgando de los hombros, Svetlana Smirova pasaba revista a su reino.
—Muy bien —dijo, con esa voz que no necesitaba subir de volumen para hacer vibrar los cristales—. Vamos a repartir las habitaciones.
—Mamá, antes deberíamos…
—Silencio, Gravriel Aleksandrovich.
—Pero…
—Estoy pensando.
Todos nos callamos. Incluso Fabio, que dormitaba en mi hombro, abrió un ojo con respeto reverencial.
—Primera habitación, la principal —anunció Svetlana, señalando una puerta doble—. Para mí.
—Es mi habitación.
—Lo sé, hijo. Por eso te quedas con la del fondo.
—La del fondo es mi despacho.
—Tiene sofá.
—Es un sofá de una plaza.
—Eres joven. Te doblarás.
—Mamá, tengo un metro noventa.
—Entonces doblarás más.
Gravriel abrió la boca. La cerró. Se pasó la mano por el pelo con un gesto de resignación que ya me resultaba entrañable.
—Segunda habitación —continuó Svetlana—. Para Ludmila y Raisa.
—¡Gracias, Sveta! —dijeron las dos, abrazándose con alegría.
—Tercera habitación. Para las muchachas.
—¿Qué muchachas? —preguntó Katya, incorporándose.
—Tú, Dasha y… —se volvió hacia mí, con una sonrisa de tiburón— …Nikol.
Un silencio extraño.
—¿Yo? —pregunté.
—Por supuesto.
—Pero yo vivo en…
—Esta noche duermes aquí.
—Señora Smirova, no quiero ser una molestia. Puedo volver a mi apartamento y…
—No.
—Pero…
—No. Si vas a ser mi nuera, tienes que convivir con la familia. Es parte del examen.
—¿Esto es parte del examen?
—Todo es parte del examen.
—¿Incluso dormir?
—Sobre todo dormir. Una mujer revela su carácter durmiendo.
—¿Cómo se revela el carácter durmiendo?
—Si ronca, si patalea, si habla en sueños, si babea.
—Señora…
—Y si se levanta de mal humor.
Miré a Gravriel con una súplica desesperada. Él me devolvió una mirada de impotencia absoluta. Sabía que oponerse a su madre era como oponerse a un huracán con un paraguas: no solo inútil, sino un poco cómico.
—Está bien —suspiré—. Dormiré aquí.
—¡Excelente! —dijo Svetlana, dando una palmada—. Y los muchachos… Boris, Pasha, Vanya… al salón. Hay un sofá grande y alfombras.
—¿Y yo? —preguntó Gravriel, con un hilo de voz.
—Tú, en el despacho.
—¿Y los novios no duermen juntos?
—¡Por favor, Gravriel! —exclamó su madre, escandalizada—. ¡Todavía no estáis casados!
—Mamá, hace dos horas te contaba a ti, a Ludmila, a Raisa, a Katya y a Dasha que Nicole me había pedido un hijo.
—¡Eso es distinto!
—¿Cómo va a ser distinto?
—Un hijo es un hijo. Pero dormir bajo el mismo techo sin el sacramento es una indecencia.
Un grito ahogado salió del salón. Era Boris, que se había atragantado con su propia saliva. Fabio, en mi hombro, soltó un susurro delicado:
—Qué país tan complicado.
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La tercera habitación, que Gravriel utilizaba como cuarto de invitados y que probablemente no había sido ocupada desde la época de los dinosaurios, tenía una cama de matrimonio, un armario empotrado y una cama supletoria que alguien había sacado de un trastero, con el colchón fino como una tortilla.
Éramos tres mujeres para dos camas.
—Yo dormiré en la grande —dijo Katya, sin esperar opinión.
—Yo en la supletoria —dijo Dasha, con una calma gélida.
—Yo… —empecé.
—Tú, con Katya —dijo Dasha, sin mirarme.
—¿Con Katya?
—Para que te conozca mejor.
Katya sonrió. Era una sonrisa deslumbrante, de dentífrico, con una pizca de maldad.
—No ocupo mucho sitio —dijo—. Solo un poco más de la mitad.
—¿Un poco más?
—Dos tercios.
—Eso es mucho más que la mitad.
—Soy artista.
—¿Artista de qué?
—Del espacio vital.
Me quité los zapatos. Me metí en la cama con el vestido azul, porque no tenía pijama y no me atrevía a preguntar. Fabio se acomodó en el respaldo de una silla, con las plumas ahuecadas y la expresión de un caballero que sufre estoicamente las incomodidades de un viaje diplomático.