¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 8: Prohibido acercarse a la cocina.

Gravriel.

Lo primero que sentí al despertar fue que alguien me había doblado en cuatro y guardado en un cajón.

Lo segundo, que ese alguien era un sofá de una plaza.

Abrí un ojo. El techo de mi despacho me devolvió una mirada neutra, profesional, la misma que le dedico yo a los informes de gastos. Tenía las rodillas a la altura de las orejas, un pie colgando fuera del sofá, el otro atrapado entre dos cojines, y el cuello torcido en un ángulo que, según mis conocimientos de anatomía, solo se da en las víctimas de accidentes aéreos.

—Gospodi —murmuré, tratando de mover la cabeza.

La cabeza se movió. El resto del cuerpo se negó a colaborar.

Miré el reloj de la pared. Las cinco y cuarenta. En mi vida normal, esa hora es sagrada: me levanto, hago veinte minutos de ejercicio, me ducho, tomo café en silencio, repaso la agenda. Una rutina impecable, ejecutada durante años con la precisión de un reloj suizo.

En mi vida actual, a las cinco y cuarenta se oían voces.

—¡Más sal!

—¡No, menos sal!

—¡Es un caso de emergencia, Ludmila!

—¡Yo opino que lleva eneldo!

—¡No hay eneldo, Raisa!

—Yo traje eneldo —dijo una voz serena, que reconocí como la de Dasha.

—¿Lo trajiste de Moscú?

—Siempre viajo con eneldo.

—¡Qué mujer más previsora!

Me incorporé con un gruñido. La espalda crujió como una puerta de casa encantada. Me pasé la mano por el pelo, que a esa hora tenía la forma de un pájaro en plena tormenta, y caminé arrastrando los pies hasta la puerta del despacho.

Y entonces lo olí.

Era un olor extraño. Una mezcla de mantequilla derretida, de algo dulce y de algo ácido, con un fondo ahumado que no lograba identificar. Un olor que, de golpe, me llevó a una cocina muy lejana, a un invierno muy remoto, a unas manos pequeñas amasando algo sobre una mesa enharinada.

Era el olor de mi infancia.

El corazón me dio un vuelco.

—No —susurré—. No puede ser.

Abrí la puerta con sigilo, asomé la cabeza al pasillo y me pegué a la pared como un espía en una película de la Guerra Fría. La cocina estaba al fondo, al otro lado del salón. Desde allí llegaban los sonidos de una batalla: cacharros, risas, órdenes cruzadas, el chisporroteo de una sartén. Y, sobre todo, una voz que yo conocía muy bien, diciendo con una mezcla de pánico y concentración:

—¡Vale, vale, vale! ¡Ahora dale la vuelta! ¡Con cuidado! ¡Con cuidadoooo!

Nicole.

Recordé la prohibición de mi madre. «Tiene prohibido acercarse a la cocina». Recordé también la advertencia: «Si lo hace, suspende automáticamente».

Pensé en quedarme en el despacho. Pensé en volver al sofá de una plaza. Pensé en mi dignidad de hombre adulto, de director general, de heredero de una estirpe de ucranianos y siberianos que habían sobrevivido a guerras, inviernos y burocracias.

Después pensé en Nicole sola, con ocho rusos hambrientos y una nevera vacía.

Salí al pasillo.

---

Me deslicé por el salón como un ladrón. Boris dormía en el sofá con la boca abierta y un periódico sobre la cara. Pasha y Vanya, en el suelo, abrazados a sus teléfonos como náufragos a un madero, roncaban a dúo. Un cable de cargador se enroscaba alrededor del tobillo de uno de ellos, y el otro tenía la mejilla pegada a una alfombra, con un hilo de baba brillante.

Crucé de puntillas, evitando cada crujido de la madera. Llegué hasta la entrada de la cocina. Me agaché detrás de la isla central, que me llegaba a la cintura y que, en ese momento, representaba mi única esperanza de pasar desapercibido, y asomé un ojo por encima del mármol.

Lo que vi me dejó sin aliento.

La cocina estaba hecha un desastre glorioso. Había harina por todas partes, en la encimera, en el suelo, en el delantal que alguien le había prestado a Nicole, en su pelo, en su nariz, en una de sus mejillas. Había cáscaras de huevo en el fregadero, un bol enorme lleno de una masa pálida, tres sartenes humeando en el fuego, una olla de agua hirviendo, un cuenco con pepinillos y, sobre la mesa, alineados con precisión militar, los yogures caducados, abiertos y probados.

En el centro de todo, descalza, con el moño deshecho y los ojos brillantes, estaba ella.

Giraba de un lado a otro con una energía de torbellino. Removía una sartén, probaba una cucharada, añadía sal, rectificaba, corría hacia otra. Sobre su hombro, Fabio, cubierto de harina como un pequeño fantasma azul, lanzaba comentarios técnicos.

—Más mantequilla, nena.

—¡No hay más mantequilla!

—Entonces más amor.

—¡Eso no es un ingrediente!

—Es el ingrediente secreto.

—Fabio, por favor, concéntrate.

—Estoy concentradísimo.

—Estás sentado en el bol de la masa.

—Estoy supervisando.

Nicole soltó una carcajada, levantó al loro con una mano, lo posó sobre el borde de la nevera y volvió a su tarea. Yo, desde mi escondite, no podía dejar de mirarla. Tenía una mancha de harina justo en la comisura de los labios. Quise limpiársela. Fue un impulso tan fuerte, tan absurdo, que me agarré al borde de la isla con las dos manos para no moverme.

—¿Puedo ayudar? —preguntó una voz a mi derecha.

Di un salto de medio metro. Me golpeé la cabeza contra el mármol. Reprimí un grito que habría despertado a media ciudad.

A mi lado, en cuclillas, con su trenza impecable y una expresión de absoluta serenidad, estaba Dasha.

—¿Qué haces aquí? —susurré.

—Lo mismo que tú.

—Yo no estoy haciendo nada.

—Estás espiando.

—Estoy… supervisando.

—Como el loro.

—Exacto.

Dasha me miró con esos ojos castaños que no dejaban traslucir nada. Hacía tiempo que me preguntaba qué pensaba de todo aquello. Había venido a Nueva York con mi madre, con un violonchelo y un propósito evidente. Y sin embargo, durante las últimas horas, no había hecho ni un solo gesto de coqueteo ni había pronunciado una sola frase seductora. Solo había mirado, escuchado y tocado Shostakovich a medianoche.




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